El minotauro anda suelto

Daouda Thiam en la Facultad de Derecho de la Complutense.

La primera vez que vi a Daouda Thiam fue en el salón de actos de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, en el marco de una rueda de prensa sobre inmigración. La sala estaba llena de público y de medios de comunicación. En la mesa, una catedrática de Derecho Penal, un letrado del Tribunal Constitucional, un representante de Pueblos Unidos y Daouda.

Tuve la suerte de encontrar sitio al lado de Badara, amigo de Daouda y miembro como él de la Asociación de Sin Papeles de Madrid. Eran los dos únicos inmigrantes sin papeles de la sala. Cuando Daouda empezó a hablar Badara se emocionó un poco. Me miró y me dijo orgulloso: “Es amigo mío”. El discurso de Daouda fue contundente. Se hizo un silencio absoluto a medida que iba explicando su postura.

“Soy inmigrante sin papeles y por ello no tengo derecho a nada”, dijo. Habló de racismo, de injusticia, de esperanza. Pidió al gobierno español que garantice los derechos de todos, que actúe contra la discriminación. “Ya es hora de que destapemos el velo del silencio”, señaló. Recibió un aplauso largo. Badara sonreía satisfecho. Los dos jóvenes, uno entre el público, el otro en la tribuna, se miraron con complicidad. No es frecuente que un inmigrante sin papeles tenga oportunidad de hablar en un foro público.

Desde aquél día he quedado varias veces con Daouda y así me ha contado retazos de su vida.

EL VIAJE

Daouda tiene 25 años y es de Senegal. De Dakar. Allí vivía con su padre y sus hermanos. Su madre murió hace ocho años. “Era una madre para todo el barrio, no solo para nosotros”, me cuenta. “Los domingos preparaba comida para todo el vecindario, y no había niño que no viniera a probarla”.

Daouda tenía su propio taller de ebanistería. No le iba mal, pero tampoco demasiado bien. Cada vez sentía más ganas de irse, de conocer otros mundos. “Desde niño soñaba con viajar”, explica.

Si un senegalés quiere viajar a Europa como turista necesita tener una cuenta bancaria con al menos 10.000 euros para conseguir un visado. Daouda no disponía de semejante cantidad. Así que pospuso la idea de venir a España. Pero en 2006 Senegal alcanzó un acuerdo con el gobierno español para repatriar a un millar de senegaleses y reforzar la vigilancia en las costas. Muchos jóvenes entendieron que aquello dificultaba enormemente sus posibilidades para instalarse en Europa, y concluyeron que debían reaccionar con rapidez antes de que la vigilancia policial aumentara.

“Mi padre no quería que yo me fuera. En aquella época varios vecinos de mi calle murieron en una patera, y los padres del barrio tenían aquello muy presente. Pero en 2007 el control policial aumentó y yo me dije: Si no lo hago ahora puede que ya no pueda hacerlo nunca”.

Así que Daouda se fue de casa diciendo que iba a comprar madera a la costa de Gambia, pero en realidad se desplazó al sur de Senegal.

“Había muchos militares en esa área. Estuve semanas allí hasta que encontré un modo de irme. Pagué mil euros para obtener un hueco en una patera. Salí de allí en 15 de mayo de 2007. Viajábamos 96 personas, cuatro de ellas menores de edad. Tardamos diez días en llegar a las costas españolas. Murieron tres personas en la travesía”.

Daouda se resiste a dar más detalles de aquél viaje. Dice que le resulta doloroso recordarlo.

Es una experiencia límite. Hay un antes y un después de la patera, añade.

Los 93 supervivientes de la travesía llegaron a la Isla de Hierro el 25 de mayo de 2007. Dos días después fueron trasladados por las autoridades a Fuerteventura. Allí Daouda estuvo retenido 38 días en un centro de internamiento para extranjeros, un CIE. Los CIEs son en realidad cárceles exclusivas para inmigrantes encerrados por el simple hecho de no tener papeles.

MADRID

“Después nos soltaron y a mí me trajeron en avión a Madrid, el propio gobierno español nos trae y paga ese viaje, si lo hacen es porque no quieren que nos acumulemos en la isla, o porque quizá sí que necesitan mano de obra joven, no?”.

“En Madrid fui acogido por CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado), me llevaron a un hostal para inmigrantes gestionado por la Cruz Roja”.

Ese hostal se llama Welcome, un nombre que no deja de encerrar una cierta paradoja, no porque los trabajadores de Cruz Roja no pongan la voluntad necesaria para asistir a quienes se alojan allí, sino porque las leyes de nuestro país no dan precisamente la bienvenida a los sin papeles. El Welcome es un lugar al que llegan hombres y mujeres aún en estado de shock tras haber vivido experiencias traumáticas, tras haber arriesgado al límite su vida, tras haber entregado todo su dinero para recibir a cambio una orden de expulsión inmediata del país al que acaban de llegar.

En el Welcome cada hora es eterna; cada minuto parece una hora, cada hora, un día; cada día una eternidad. Hay un espacio comunal con sala de estar, juegos para los niños y una gran televisión que sirve para aliviar la espera, la incertidumbre, la falta de opciones. Muchos de los que pasan por allí terminan siendo deportados. Otros buscan alojamientos alternativos mientras aguardan la respuesta oficial a su petición de asilo.

Daouda no estuvo allí mucho tiempo. Decidió aceptar la invitación de su primo, con casa en Madrid. “Y me quedé seis meses en su casa, pero no podía estar allí eternamente. Así que me apunté a clases de castellano en una asociación, y empecé a vender en el top manta, la única alternativa que tenemos los inmigrantes sin papeles”.

Hasta que llegué a España no sabía que si no tienes papeles no puedes trabajar. Nadie en Senegal sabía eso, yo creo.

Daouda Thiam en Madrid

SIN TRABAJO
Al poco tiempo la policía arrestó a Daouda mientras vendía cd´s. Ser mantero está tipificado como delito en nuestro país. Quienes venden copias ilegales de cd´s o dvd´s se enfrentan a penas de prisión y a multas. Además no pueden acogerse al arraigo social.

“Se considera arraigo social al de las personas que llevan tres años en España -explica Daouda, que se sabe al dedillo todas las leyes- pero quienes tienen causas pendientes pueden llevar hasta siete años en el país y no tener papeles. Nos consideran delincuentes.”

Ahora Daouda está en un piso de acogida de CEAR, donde podrá permanecer seis meses. No trabaja, porque no tiene permiso para ello. La organización le da de comer y le paga el bonometro.

“Es un círculo vicioso. Si no vendo, no tengo de qué vivir, pero si vendo y me pillan me arriesgo a no conseguir nunca los papeles. Así que estoy de brazos cruzados”.

LAS PERSONAS Y LOS PAPELES

“Tengo ganas de hacer muchas cosas, quiero trabajar como ebanista, pero no puedo hacer nada por no tener papeles. No quiero perder el tiempo en mi vida y ahora lo estoy perdiendo. Hay gente que piensa que por ser inmigrantes somos discapacitados, que no somos normales, que no podemos hacer nada.

Y yo lo que digo es que las personas son más importantes que los papeles.

“Me duele no poder enviar nada a mi familia. Allí todos pensamos que Europa es perfecta, que es un paraíso, que si sabes un oficio te van a valorar. Es muy difícil explicar que no te dejan trabajar, allí no se entiende.”

“Cuando llegué a España llamé desde un locutorio a mi padre para explicarle dónde estaba, lo que había hecho. No se me olvida esa conversación. Mi padre me contestó esto: “No hagas nada malo. Lleva tu dedicación allá donde estés. Sé como eras en Senegal, no cambies, sigue siendo mismo.” Se pensaba que aquí me iba a convertir en rico, yo creo. No le puedo contar mis dificultades, él piensa que aquí me va bien, yo tomé la decisión de venir y tengo que asumir en soledad las consecuencias”.

Daouda es uno de los miembros fundadores de la Asociación sin papeles de Madrid. Como todos sus integrantes, lleva un carné que dice así:

“El titular de esta tarjeta participa tanto de la actividad social como asociativa de Madrid y tiene arraigo social. En caso de detención se ruega a la autoridad competente que facilite que esta persona se ponga en contacto con miembros de la asociación. Gracias por su colaboración”.

El día que me enseñó ese carné estábamos tomando un café en una plaza céntrica de Madrid. Al cabo de un rato entró una mujer, ví que Daouda la miraba mucho: “¿No sabes quién es?”, me preguntó. Contesté: “Ni idea”. Me susurró al oído, con cierto entusiasmo: “Es la que ha ganado el concurso de televisión Pasapalabra, soy fan de ella, es muy buena, acertaba todo, no sabes lo buena que es”. Para arraigo social, el de Daouda.

Daouda con la ganadora del concurso de televisión

Terminamos abordando a la mujer que, efectivamente, era la ganadora del concurso -obtuvo más de 222.000 euros- y que se mostró encantada de hacerse una foto con nosotros, mientras Daouda le explicaba que había aprendido muchas palabras nuevas en castellano viéndola en la tele.

Tras ello, proseguimos nuestra conversación.

“No tengo derecho a hacer cursos de desempleado tampoco -me contó Daouda- Hace unos meses una ONG me permitió hacer uno, pero tenía que ser de electricista. Entre los alumnos había españoles, extranjeros con papeles y algunos sin papeles. El curso duraba seis meses. Cuando llevábamos un mes a los sin papeles nos dijeron que no podíamos seguir y nos dieron el título de ayudante de electricista. Yo dije: “pero quiero el de electricista! No puedes, porque no tienes papeles”.

YA’PALANTE

Daouda es bilingüe, habla francés y wolof, idioma que se usa en Senegal y Gambia. Además, domina el castellano. Va a clases todas las semanas en la asociación y en breve colaborará como profesor en el curso de iniciación.

“Si me quedo en España será mi tercer idioma. Si no, quizá lo olvide”, dice riéndose.

Hay una palabra en wolof que significa solidaridad y que se pronuncia así: “Yapalante”. Daouda dice que es como “venga, pa adelante”. Una casualidad hermosa.

“Con solidaridad se avanza, ese es mi lema. La gente olvida rápido. Ojalá que yo salga adelante y no olvide, porque si lo olvido no tendré sentimientos para los demás.La gente que no tiene nada es más generosa, tiene un sentido más desarrollado de la colectividad, sabe compartir. Cuanta más riqueza hay, menos sentimientos. Hay gente a la que no le importa si el vecino está sufriendo, y es porque no entienden qué es sufrir y así nunca sabrán ayudar. Hay que saber actuar en colectividad, acercar a las personas”.

Y concluye: “Cuando estoy solo en casa pienso en mi vida, en mi familia, en mi futuro, a veces me siento muy solo aquí, pienso que nadie me quiere y no puedo dormir, pero luego me acuerdo de que tengo amigos españoles que me apoyan, y eso me da fuerza”.


*Algunos de los nombres que aquí se mencionan han sido modificados a petición expresa de las personas que aparecen en este reportaje.

Hay un local en Madrid donde todas las semanas se reúnen decenas de inmigrantes, integrantes de la Asociación de Sin Papeles de Madrid, una de las primeras organizaciones de España liderada, formada y gestionada en su totalidad por extranjeros sin documentos. Es un espacio pequeño pero agradable, con una mesa, unas cuantas sillas y una pizarra donde los miembros de la asociación apuntan las actividades semanales:

Lunes, asamblea; miércoles y viernes, clases de castellano; jueves, ensayo de teatro y reunión para organizar la manifestación;  lunes, de nuevo asamblea”.

Y una nota: “Los jueves, asesoría jurídica en la ODS” (oficina de derechos sociales).

No suele faltar mucha gente, porque la asociación se ha convertido en el nexo de unión de personas que, de otro modo, estarían completamente solas y no dispondrían de recursos para hacer frente a su indefensión jurídica y social.

LOS PROTAGONISTAS

Hoy es día de encuentro. La cita es a las siete en punto, pero unos cuantos jóvenes llegan antes de tiempo. Se saludan, se abrazan, chocan sus manos en lo alto y sonríen.

-Siempre es bonito encontrarse con amigos, saber que los tienes, explica Basiru, un joven senegalés.

Algunos llegan con camisetas de la asociación, con grandes letras en las que se lee Mbolo Moye Doole, que significa “la unión hace la fuerza” en la lengua wólof, que se habla en Senegal y Gambia principalmente. De la venta de esas camisetas, así como del pago de una cuota mensual, procede buena parte del dinero de la caja de resistencia de la asociación.

-Con ese dinero pagamos las fianzas de los compañeros arrestados por no tener papeles o por vender copias de cds en la calle. Es un colchón de seguridad, indica Daouda, otro de sus miembros.

La asociación nació en 2008 precisamente como reacción al encarcelamiento de varios jóvenes cuyo único delito había sido vender en el top manta. Desde el inicio contó con el respaldo de ciudadanos españoles anónimos y de juristas españoles que consideran absolutamente excesivas las penas impuestas a los manteros, quienes constituyen el eslabón más bajo y desamparado del negocio de la piratería de cds y dvs.

Junto con otras asociaciones crearon la plataforma Ni un mantero en prisión y lograron impulsar un debate social, hasta tal punto que el Gobierno ha suavizado las penas para que la venta ambulante de copias ilegales no se considere delito si el material que se le incauta al mantero es inferior a los 400 euros.

-Basiru, ¿cuánto puedes ganar al día por la venta de cds?, pregunta en la reunión Alcira Aldín, una española integrante de Ferrocarril Clandestino, que colabora con la asociación de sin papeles y que desde el inicio ha estado involucrada en la campaña contra la despenalización del top manta.

-No sé, depende del día; muy poco. Cuatrocientos euros nunca, no los gano ni al mes, contesta.

-Pero sin embargo el valor comercial de la mercancía que lleva Basiru y todos los demás suele ser siempre superior a cuatrocientos -explica Alcira- Así que en la práctica esta reforma de la normativa no sirve de mucho. Los manteros seguirán yendo a la cárcel. Los más indefensos son los que pagan con penas de prisión mientras el resto se lava las manos. Por eso nuestra campaña sigue adelante, pedimos indultos para el centenar de manteros encarcelados, y pedimos una reforma de la normativa que en la práctica suponga cambios reales.

Siguen llegando miembros de la asociación del local. Algunos comentan que un compañero, Houmad*, acaba de salir de un centro de internamiento para extranjeros, una prisión exclusiva para inmigrantes sin papeles que no han cometido delito alguno pero que aún así son privados de libertad hasta un máximo de sesenta días, solo por no tener documentos.

Al cabo de unos minutos asoma por la puerta el propio Houmad, sonriente, con la mirada cansada. Varios compañeros le rodean, le agasajan, le abrazan, le dan la bienvenida. Él se lleva la mano al corazón en señal de agradecimiento.

-Bueno, venga, vamos a empezar la reunión, dice Daouda.

-No quieren hacer un drama de todo, porque si no cundiría el desánimo -me explica Antonio, un profesor de secundaria que colabora en la asociación dando clases de castellano dos días a la semana- Todo es duro. Las redadas, por ejemplo. Algunos tienen historias terribles, no solo historias que les han ocurrido aquí, sino también en sus países de origen. Pero tienen fuerza, son luchadores.

La mayor parte de los integrantes de la asociación son senegaleses. El primero en tomar la palabra es un joven alto, espigado, elegante. Esconde su mirada bajo la sombra del ala del sombrero que lleva en la cabeza. Habla en wólof. Sus compañeros le escuchan con atención. Cuando termina, otro resume en castellano su intervención, para que los españoles que colaboran en la asociación sepan de qué ha hablado.

-Estamos pensando en organizar nuevas manifestaciones pronto, tenemos que hacernos oír, me susurra un chico que está a mi derecha. Y añade:

Tenemos oficios, y no son el de ser mantero. No nos gusta ser manteros, pero no tenemos otro remedio si queremos sobrevivir.

La asamblea dura más de una hora. En ella se tocan temas como la organización de nuevas movilizaciones, el horario de las clases de castellano o la incorporación de nuevos miembros recién llegados. Se habla también de las últimas redadas que ha habido en la zona; alguien protesta porque una vez más la policía ha pedido la documentación a un grupo de negros por el simple hecho de serlo.

Cuando termina el debate, los alumnos de castellano avanzado, cámara de vídeo en mano, entrevistan a algunos de sus compañeros. Les preguntan cuál es su nombre, su origen, el porqué de su viaje a Europa, su situación actual, sus sueños, sus deseos. Es un ejercicio más para practicar el castellano y conocerse mejor.

Me detengo a hablar con Antonio, el profesor de un instituto de secundaria que da clases de castellano en la asociación.

-Los españoles estamos en segundo plano en esta asociación – explica- Echamos una mano, pero quienes toman las decisiones son ellos. Si no, no sería una asociación de inmigrantes sin papeles, sino una asociación de ayuda a los inmigrantes sin papeles, algo muy diferente.

LOS QUE COLABORAN

Antonio conoció la asociación a través de una compañera de trabajo, María, profesora como él.

-El año anterior yo había tenido un aula de enlace en el instituto, una clase para chicos y chicas inmigrantes que acaban de llegar. Fue una experiencia que me enganchó y que eché de menos cuando terminó. María me habló de esta asociación y a la vuelta del verano nos pusimos manos a la obra. Diseñamos el programa educativo y así empecé.

Y prosigue:

-Al cabo de un mes me había enamorado por completo. No fue algo racional. Es una actividad que me aporta humanidad, amigos, relaciones humanas, es un trabajo que me satisface y enriquece.

Nuestra sociedad tiene un discurso muy autosuficiente, yo habitaba ese discurso, pero a través de esta experiencia me di cuenta de que que todos tenemos precariedades afectivas, humanas o laborales, y que los demás pueden ayudarnos a completarnos.

La comisión de educación de la asociación ha establecido dos niveles para las clases de castellano. En ellas se leen poemas y cuentos y se pide a los alumnos que relaten historias sobre sus abuelos, sus países, sus familias. Han llegado a alfabetizar a chicos adolescentes.

-El objetivo es que ellos mismos terminen siendo profesores- indica Antonio- De hecho ya hay algunos que imparten clases. Hay que tener en cuenta que tienen una preparación académica bastante buena, porque a pesar de que el tópico es otro, la realidad es que muchos de los inmigrantes que llegan a nuestro país tienen estudios de secundaria, y algunos incluso estudios universitarios.

Antonio habla de manera pausada, reflexiva. Cuando le pregunto de qué modo piensa que se podrían modificar las políticas de inmigración para conseguir sociedades más justas y solidarias, esboza un gesto de duda.

-Eso es muy difícil -contesta- A nivel macro no sé si tengo una respuesta, otras personas sí la tienen, pero mi militancia no es tan larga. Yo te puedo contestar en lo que respecta al nivel micro: Hay que extender el trabajo que estamos haciendo en las ODS (oficinas de derechos sociales), una asesoría jurídica y apoyo asumidas como algo que forma parte de tu tiempo y de tu vida. Hay que hacerle un hueco a tu barrio, potenciar el tejido social que en una ciudad como Madrid apenas existe, porque hay pocos espacios de participación.

EL RESPETO

-Y ahora añado una opinión muy personal -prosigue Antonio- Nosotros, como integrantes de una sociedad, debemos entender que una clave para la convivencia es el respeto de los procesos. Cada persona tiene un proceso, no intentemos apropiarnos de esos procesos, no intentemos diseñarlos, no digamos “hay que ir por aquí o por allá”, creo que lo que tenemos que hacer es compartir esos procesos, los intereses conjuntos, la precariedad, la identidad y su construcción.

Eso es lo que hacen los españoles que colaboran con la asociación de sin papeles. Acompañan y respetan. Los verdaderos protagonistas son los inmigrantes: ellos gestionan la asociación, ellos la lideran, ellos la organizan, ellos la integran. Es un proceso casi pionero en España. El hecho de no tener papeles no les frena. Saben que la unión hace la fuerza, que tienen derechos y derecho a exigirlos. Por ello luchan cada día.