El minotauro anda suelto

El Estado israelí es experto en propaganda, en la creación de terminologías adaptadas a sus intereses, en eufemismos.

Así, habla de asesinatos selectivos para referirse a crímenes de Estado; de respuesta militar para nombrar masacres como la de Gaza, en la que murieron 1.400 personas; de daños colaterales para señalar a las víctimas palestinas asesinadas por fuego israelí; de defensa propia para mencionar la ocupación ilegal de un barco y el asesinato de diez personas; de arrestos para referirse a secuestros.

Ahora habla también de deportaciones. Según la ley, para que alguien pueda ser deportado antes ha tenido que entrar de manera ilegal en un país, sin papeles, sin permiso. Pero los casi 700 activistas que viajaban en la flotilla de la libertad no accedieron a Israel por voluntad propia, no son inmigrantes sin papeles, a pesar de que Tel Aviv los trata como tales. Entraron en territorio israelí obligados, secuestrados a punta de pistola por el Ejército hebreo.

Hace unas horas el ministro de Exteriores israelí, Avigdor Lieberman, conocido por sus comentarios racistas sobre los palestinos -”ahogaremos a los palestinos en el mar”, es una de sus célebres frases- y por su defensa a ultranza de la ocupación de los territorios palestinos, decía que la comunidad internacional, al condenar la acción de Israel, está mostrando que “tiene dos caras“. Quién me iba a decir a mí que por una vez iba a estar de acuerdo con este señor.

Ya que la comunidad internacional no suspende sus relaciones comerciales con Israel a pesar de que este país vulnera de manera sistemática los derechos humanos, quizá al menos pueda exigir a Israel que llame las cosas por su nombre. ¿O tampoco?