El minotauro anda suelto

Hotel Palestine (AP Photo)

Leo el auto del juez Santiago Pedraz -riguroso, profesional, contundente, eficaz- y no puedo evitar, como testigo directo del caso, rememorar lo ocurrido aquél 8 de abril de 2003 en Bagdad, cuando en el plazo de menos de tres horas el Ejército estadounidense atacó las tres sedes de la prensa independiente de Bagdad -el hotel Palestine, la sede de Abu Dhabi tv y la sede de Al Jazeera tv-, matando a 3 periodistas e hiriendo de gravedad a otros tres.

Una de las principales novedades del auto es que, además de los tres militares de EEUU ya procesados con anterioridad, ahora son imputados otros dos militares con cargos superiores y que, dada la cadena de mando, tuvieron que ordenar o al menos estar informados de lo que estaba ocurriendo.

El juez Pedraz durante su investigación en Bagdad (Olga Rodríguez)

Además el juez, basándose en las pruebas y hechos acaecidos, indica que “una de las misiones encomendadas a la citada División era evitar que los medios de comunicación internacionales informaran sobre las operaciones militares en curso en la toma de Bagdad”.

Y así fue. Consiguieron que no informáramos.

No hay imágenes de Bagdad en las horas siguientes a los ataques, porque estábamos atendiendo a nuestros heridos, llorando a nuestros muertos, barajando lugares en los que refugiarnos.

Como señala el juez, “no hubo, ante el miedo provocado, una sola cámara dispuesta a asomarse a las ventanas del hotel”.

Hay más novedades en el auto: la inclusión de las conclusiones efectuadas tras el viaje a Bagdad que el juez Pedraz realizó en enero de este año encabezando la comisión judicial en la que cuatro periodistas viajamos integrados como testigos directos de lo sucedido.

En ese desplazamiento a la capital iraquí Pedraz pudo certificar las localizaciones de las tres sedes periodísticas atacadas, así como del puente desde donde disparó el tanque que mató a Couso y al periodista de Reuters Taras Prosyuk.

También pudo comprobar que no hay ninguna construcción que obstaculice la visión entre el hotel Palestine y el puente Al Jumuriya, así como la gran cercanía entre el puente y las sedes atacadas de Abu Dhabi tv y Al Jazeera tv.

Así mismo, el juez constató que desde el puente se ve con claridad el rótulo identificativo del hotel Palestine.

Y, a través de las pruebas periciales, Pedraz confirmó que con los elementos de visión del tanque se podía ver perfectamente no sólo a las personas que estábamos en los balcones del hotel Palestine, sino incluso los objetos que portábamos.

El auto ofrece argumentos precisos y exhaustivos sobre los hechos acontecidos el 8 de abril de 2003, recuerda que el Pentágono sabía dónde nos alojábamos los periodistas, que el propio gobierno estadounidense se declaró públicamente conocedor de la ubicación del hotel Palestine como sede de la prensa internacional, y explica con detalle -basándose en los Convenios de Ginebra, Protocolos y Convenio de La Haya- cómo no cabe duda de que José Couso, como civil y como periodista, era persona protegida.

Es decir, alguien a quien ningún Ejército puede, por ley, atacar; en caso contrario, el agresor será, por ley, castigado.

Por último, el auto pide a los procesados una fianza de un millón de euros. “No verificándolo a las 24 horas siguientes embárgueseles bienes bastantes a cubrir la indicada suma, acreditándose legalmente, caso de no poseerlos, su insolvencia total o parcial”, señala.

No he podido evitar acordarme de aquellos que en 2003 decían que era inútil iniciar la vía judicial, que lo mejor era dejarlo estar.

Hay cierta tendencia a estigmatizar a los que exigen Justicia. “Olvídalo, hombre, estás obsesionado”, dicen.

O peor aún: “Algo habría ocurrido para que le mataran”. Es lo que en Argentina llaman la “teoría del doble demonio”: la victimización de la víctima.

Lo saben bien las madres y abuelas de plaza de Mayo, a las que algunos llamaron locas por manifestarse todos los jueves pidiendo Justicia, un concepto que, cuando ellas iniciaron su lucha, parecía casi inalcanzable. Y ahí están ahora, presenciando, las que aún viven, los juicios contra algunos de los criminales de la dictadura.

Argentina es criticable en muchas cosas, pero reconozcamos que en materia de derechos humanos llevan la delantera. Lo saben en Egipto, donde estos meses decenas de activistas que piden Justicia -contra Mubarak y todos los mini-Mubarak- han mencionado el caso argentino como ejemplo a seguir.

En fin.

Aquí la familia Couso ha estado muy acompañada en sus triunfos y quizá demasiado sola cuando el caso se estancaba. No se han amedrantado por ello.

Los tres militares acusados.

Javier, David, Maribel, Sabela, Bárbara y el resto de la familia saben bien que hay luchas que hay que emprender aunque parezcan abocadas al fracaso. Lamentablemente esto es algo difícil de entender en estas sociedades en las que el triunfo, incluso el más corrupto, es un valor al alza.

Puede que el caso vuelva a estancarse, puede que no; quizá los militares estadounidenses nunca sean juzgados o quizá sí, quién sabe las vueltas que dan las cosas en este siglo XXI en el que la Historia circula a más velocidad que nunca.

De lo que no cabe duda es de que esta batalla no merecía ni olvido, ni desprecio, ni oportunismo. Solo defensa.

La Justicia no es sinónimo de deseo de venganza. Es un pilar básico de las sociedades libres y democráticas. Tiene como objetivo ofrecer reparo a las víctimas y ejemplo a los verdugos. Sin ella la impunidad se perpetúa. Lo sabemos bien en este país, que tiene más de 100.000 cadáveres en cunetas y descampados. Quizá por ello pedir Justicia sea interpretado aún por algunos como un gesto políticamente incorrecto o incluso anti-sistema.

Con un sistema judicial dispuesto a hacer frente a los crímenes de guerra es posible que los ejércitos de todo el mundo se lo pensaran dos veces antes de incumplir la ley, de atacar a civiles, periodistas, inocentes.

El caso Couso no es el caso de un periodista, sin más.

José Couso

El caso Couso es la defensa de la Justicia universal, del cumplimiento de la ley y de la libertad de la información.

Es el caso de los millones de civiles que mueren en las guerras a manos de ejércitos impunes.

Por cierto, hoy José Couso habría cumplido 46 años.


SAFA

“Estoy muy envejecido”, me advirtió Safa Yasin, el guía iraquí de José Couso, cuando hablé con él por teléfono unos días antes de mi viaje a Irak.

Safa, en Bagdad el pasado viernes

“No será para tanto”, contesté al mismo tiempo que recordaba a tantos amigos iraquíes en cuyo rostro la dureza de la guerra ha dejado una huella indeleble.

Pude comprobar que Safa no exageraba el 28 de enero, cuando nos encontramos en la puerta del hotel Palestine de Bagdad.

Yo iba como testigo de la muerte de Couso, como integrante de la comisión judicial encabezada por el juez Santiago Pedraz, con la misión de participar en la primera inspección ocular realizada por una comisión judicial española en suelo extranjero.

Safa aguardaba nuestra llegada con un traje de chaqueta mal planchado, una sonrisa melancólica y unos ojos hundidos en un pozo de tristeza.

Nos abrazamos y rompió a llorar. “La vida aquí es durísima”, musitó mientras se enjuagaba las lágrimas con cierto pudor.

Desde la invasión de 2003 hasta ahora ha ido acumulando achaques en su salud: es diabético desde hace cuatro años, tiene la presión muy alta pero por más que lo intenta no logra dejar de fumar, sufre insomnio y está deprimido. Toma seis pastillas diarias. Al igual que tantos otros compatriotas, no tiene trabajo.

En 2006, cuando la guerra vivió su momento más crudo, recibió varias amenazas de muerte por parte de algunos grupos armados.

“Tuve la mala fortuna de vivir junto a una casa a la que todos los días llegaban hombres encapuchados con rehenes a los que disparaban en el jardín. Algunas víctimas no morían en el acto, pero no podíamos llamar a un médico porque nos tenían vigilados. Colocaban carteles en los que la advertencia era clara: si denunciábamos, moríamos.”

Imagen de previsualización de YouTubeFinalmente decidió huir a Siria, adonde llegaron exiliados dos millones y medio de iraquíes de los 26 millones que tenía el país. Otros dos millones y medio se desplazaron dentro de las fronteras de Irak huyendo de la violencia.

Fueron tiempos de absoluto desastre. Acnur lanzaba un S.O.S. diario en busca de ayuda para atender a uno de los grupos de refugiados más grande del planeta.

Pero en Siria, a pesar de ser el país más hospitalario con los iraquíes, no hay trabajo para tantos. Así que cuando las cosas se calmaron algo, Safa decidió volver a Bagdad para estar más cerca de sus hermanos.

Pasó el tiempo y siguió sin encontrar un empleo, a pesar de tener experiencia y buen dominio del inglés. Ahora su esposa ha tenido que instalarse en casa de sus padres para asegurarse la comida diaria.

Safa estaba con Couso en el momento del ataque en 2003. Como tantos otros, se libró por los pelos -un par de centímetros- de la muerte o de heridas graves. “Qué bueno sería que hoy José estuviera con nosotros, ¿verdad?. No le tocaba irse aún”, comentó conmovido en el Palestine.

Plaza Paraíso, aún con el pedestal de la estatua de Sadam Hussein, enero 2011

BAGDAD

La de Safa es solo una pequeña historia en esta Bagdad militarizada, trufada de chekpoints, muros, alambradas y con las mismas cicatrices que en 2003: en pocos edificios, plazas o avenidas se han reparado los daños provocados durante la invasión por las bombas, proyectiles o las balas estadounidenses.

Las cúpulas de varios palacios están aún agujereadas. Algunos ministerios son auténticos quesos gruyere; incluso en la plaza del Paraíso, situada frente al hotel Palestina, permanece aún el pedestal de la estatua de Sadam Hussein que en 2003 se derribó en directo para todas las televisiones del mundo.

El cielo es surcado a cada rato por helicópteros y aviones militares estadounidenses.

Y, a pesar de que la administración Obama quiso transmitir la idea de que Estados Unidos se retiraba del país a través de la Operación Amanecer, lo cierto es que hay al menos 50.000 soldados norteamericanos y 7.000 mercenarios contratados por el propio gobierno de Washington para garantizar la seguridad de su personal en Irak, a los que hay que sumar miles de mercenarios más contratados por empresas privadas estadounidenses con base en territorio iraquí y nuevo armamento -aviones F16 y tanques M1 Abrams- que Estados Unidos ha vendido a Irak.

La industria armamentística estadounidense ha encontrado en Irak un mercado-filón para dar salida a sus productos.

Todo esto se nota.

Carretera que une el aeropuerto con Bagdad.

No hay más que circular por la carretera que une el aeropuerto con Bagdad, frecuentada por camiones, strykers y otros vehículos militares estadounidenses.

O simplemente basta con visitar el aeropuerto, plagado de tiendas dirigidas a una clientela extranjera, occidental y armada: en ellas se venden ropa de combate, cartucheras, camisetas y pantalones de deporte con un bolsillo especial para armas cortas, etc. En cualquier terminal hay tipos rubio de dos metros, espaldas cuadradas, biceps trabajados, gafas de sol, que mascan chicle mejor que Clint Eastwood en Harry el sucio.

Ninguno de ellos entablará nunca relación con Safa ni con ningún iraquí de a pie. Son dos mundos paralelos: la población civil iraquí y los extranjeros que se han instalado en el país por razones políticas, militares, o para hacer negocios. Salvo excepciones, no se cruzan.

Unos, los civiles iraquíes, viven en el área no protegida; los otros, los extranjeros, habitan en la zona verde, en bases militares, en las embajadas -como la de Estados Unidos, con una extensión similar a 80 campos de fútbol – o en áreas próximas a las bases militares, como es el caso del aeropuerto de Bagdad, donde se encuentra la base Camp Liberty.

EL HOTEL-BARRACÓN

Allí fue donde nos alojamos los integrantes de la comisión judicial, en un pequeño hotel compuesto de barracones de plástico, techos bajos y precios de infarto -250 dólares la noche- en los que se supone que uno paga la seguridad que implica estar en una zona sin riesgos.

Azafatas españolas, llevan cinco meses en el hotel del aeropuerto de Bagdad

Algunos de sus clientes llevan meses viviendo allí. Son pilotos, azafatas o contratistas instalados en una especie de mundo irreal en el que “lo de fuera” es algo desconocido y peligroso. Matan el rato fumando narguile, jugando al ajedrez o conversando en la cafetería.

“Por dinero”, contestan todos cuando se les pregunta porqué están allí. “¿Por qué si no iba a estar alguien en Bagdad?”, añaden.

Hay dos azafatas españolas y un piloto español, amables, encantadores. Trabajan para una compañía aérea tayika que cubre la ruta Bagdad-La Meca, frecuentada por peregrinos musulmanes.

Basta cruzar unas palabras con ellos para concluir que, a pesar de los elevados sueldos, el sacrificio les merece la pena solo de manera temporal.

El día que llegamos a Bagdad los integrantes de la comisión judicial permanecimos en ese hotel-barracón por razones de seguridad. Solo el juez y la secretaria judicial se desplazaron al centro de la ciudad para reunirse con magistrados del Supremo iraquí.

Tan solo unas horas encerrada en aquél lugar fueron suficientes para comenzar a hacerme una idea terrorífica y distorsionada de “lo de fuera”.

Mujer iraquí cubierta completamente. Bagdad 2011

Supuse entonces la paranoia que puede instalarse en los militares estadounidenses, que salen solo a patrullar y a misiones puntuales, sin la posibilidad de conocer el Bagdad real, el de tantas mujeres y hombres hospitalarios que luchan por salir adelante, pero no encuentran cómo, en un país destrozado por la invasión y la militarización, en el que la pobreza extrema afecta ya al 23% de la población y en el que las mujeres han perdido buena parte de la libertad de la que gozaban antes de 2003.

EL MAGISTRADO

Es en esta Bagdad en la que el juez Santiago Pedraz se tuvo que abrir paso -después de haber sorteado en España los obstáculos colocados por la Fiscalía- para realizar la inspección ocular en el marco del caso Couso.

El magistrado Santiago Pedraz en el balcón de la 1403 del hotel Palestine

Tímido pero resolutivo, el juez español logró cumplir el objetivo de su viaje: visitó el hotel Palestine, vio la habitación 1403, en la que fue alcanzado José Couso y la 1503, en la que murió el periodista Taras Prosyuk. Acompañado por un juez iraquí, se trasladó hasta el puente desde el que en 2003 disparó el tanque estadounidense que mató a Couso.

Tomó fotografías y grabó imágenes de todo ello, con la ayuda de la secretaria judicial, que redactó a mano todos los detalles de la inspección. No se inmutó cuando tres helicópteros estadounidenses, quizá por casualidad, quizá no, permanecieron un par de minutos sobrevolando el lugar exacto en el que nos encontrábamos.

Tampoco se había inmutado una semana antes cuando el Ministerio de Exteriores español afirmó que no podía garantizar la seguridad de la comisión judicial y recomendó la cancelación del viaje. No expresó dudas o nerviosismo en la capital jordana, antes de llegar a Bagdad, en un momento en el que incluso los testigos de la muerte de Couso, a pesar de tener experiencia en países en conflicto, no podíamos evitar mostrarnos circunspectos ante el reencuentro con Irak.

Pedraz estuvo, simplemente, concentrado en hacer su trabajo. En seguir lo que indica la ley, aunque esto implicara acudir al corazón de Bagdad.

No ha hablado de las conclusiones que ha obtenido porque su condición de juez se lo impide, pero estoy segura de que esta inspección ha resultado positiva para el caso Couso.

El magistrado logró llevar a cabo la primera inspección ocular impulsada por una comisión española en el extranjero.

El hotel Palestine en la actualidad.

Y, sobre todo, demostró que la Justicia no retrocede ante las presiones, sino que sigue su propio curso: el que dictan las leyes.

Los papeles de wikileaks desvelaron que el embajador estadounidense en España escribió esto en 2007 en un informe: “claramente el juez Pedraz tiene la intención de seguir este caso de forma agresiva. Continuaremos con nuestros contactos de alto nivel con representantes del Gobierno español para presionar con el fin de lograr la retirada de los cargos…”.

La única agresividad en este caso fue la del proyectil que mató a Couso y a Taras Prosyuk; las únicas malas artes son las que han empleado la Fiscalía española y todos aquellos empeñados en obstaculizar el certero paso de la Justicia.


Con la última publicación de los papeles de Wikileaks se confirma lo que muchos ya imaginaban: que Estados Unidos presiona a los gobiernos y a los poderes judiciales en defensa de sus intereses.

Washington sabe que si el caso Couso prosperara se abriría la caja de los truenos. Si los tres militares acusados fueran juzgados se crearía un precedente que podría sentar jurisprudencia y, de ese modo, otros soldados estadounidenses podrían ser juzgados por casos similares. Así que Estados Unidos tiene claro que estas cosas hay que detenerlas cuanto antes.

Hasta aquí, lo sospechado e imaginado hasta ahora.

El fiscal general del Estado Cándido Conde-Pumpido

LOS FISCALES

Lo que nadie podía pensar es que algunos miembros del ministerio fiscal español estuvieran más que dispuestos a privilegiar a una de las dos partes implicadas en el caso. Así ha sido, sin embargo.

En 2007 el fiscal general Cándido Conde-Pumpido se reunió con el embajador estadounidense para asegurarle que los fiscales “seguirían oponiéndose” a la orden de detención dictada contra los tres militares estadounidenses implicados en la causa. La orden de detención había sido dictada tres días antes por el juez Santiago Pedraz.

Cándido Conde-Pumpido se reunió con el embajador estadounidense, pero no lo hizo ni con la madre de José Couso, ni con la esposa de José Couso, ni con los hermanos de José Couso, ni con el abogado de José Couso para garantizarles la buena marcha de la causa, ni para nada. He aquí la primera diferencia de trato hacia una de las dos partes implicadas.

Medio año después, Conde-Pumpido dijo al embajador estadounidense que él deseaba el archivo del caso.

Los abogados de la familia Couso no descartan que el fiscal hubiera adelantado a Estados Unidos información no hecha pública aún.

De momento lo que es ya evidente es que la Fiscalía tuvo más interés en contentar a Estados Unidos. La soberanía nacional no tiene valor para el señor Conde-Pumpido y sus amigos.

EL GOBIERNO

El 30 de abril de 2007 el embajador estadounidense se vio con la vicepresidenta Fernández de la Vega, quien aseguró “estar muy implicada en el seguimiento del caso [Couso], al que prestan atención los más altos cargos del Gobierno español”, y señaló que “una de las opciones que se estaba sopesando era la de presentar un recurso”.

Ese recurso no tardó en llegar.

El 14 de mayo de 2007 el fiscal jefe de la Audiencia Nacional Javier Zaragoza anunció al consejero político estadounidense que se había opuesto al procesamiento de los tres militares estadounidenses acusados de la muerte de Couso y dictado dos semanas antes por el juez Pedraz.

Sin embargo, la noticia de tal recurso no aparece publicada hasta el 19 de mayo en varios periódicos, que coincidieron en señalar que tal apelación la había presentado el fiscal Alonso el día anterior.

Este juego de fechas deja por tanto abiertas algunas incógnitas que pueden cuestionar la actuación de la Fiscalía, ya que ésta informó antes a Estados Unidos que a la familia Couso de la presentación de dicho recurso.

Por otro lado, es llamativa la cadena de funcionamiento: Estados Unidos habla con Fernández de la Vega, ésta afirma que se está barajando presentar recurso, catorce días después la fiscalía presenta el recurso.

Por cierto, dos semanas después de ese recurso llegaba a España, de visita oficial, la Secretaria de Estado estadounidense Condoleeza Rice.

“NOS HAN UTILIZADO”

En un documento confidencial de 2009 se indica que: “El adjunto al director general de Política de Defensa comunicó la semana anterior a la embajada que su ministerio apoya totalmente la posición oficial norteamericana”.

Es decir, desde el Ministerio de Defensa español se apoya totalmente la posición oficial estadounidense. Y sin embargo, el partido que gobierna siempre ha mostrado en público una postura diferente: ha defendido la investigación de la muerte de José Couso, una defensa que sin embargo abandona en privado ante Washington.

“Nos han utilizado”, me dijo ayer Maribel Permuy, la madre de José Couso, al leer la información.

La familia Couso Permuy no descarta emprender acciones legales contra algunos de los implicados en esta trama ante la que es lícito preguntarse si hay una separación real de los poderes político y judicial.

De momento, estudian con sus abogados toda la información publicada. Y  esperan nuevos datos que puedan llegar. (Añadido esta mañana: esos datos ya han llegado. Indican cómo algunos ministros del gobierno español se han involucrado para que “no prosperen las órdenes de detención” de los militares implicados en el caso Couso. Se menciona a Fernández de la Vega, Moratinos, López Aguilar. Definitivamente, la separación del poder político y judicial, en entredicho. ).

CLINTON

Cuando el Ejército estadounidense ha matado inocentes, ha torturado o hecho desaparecer a personas, Washington se ha justificado diciendo que se trata de errores, daños colaterales o consecuencias lógicas de la guerra contra el terror.

Sin embargo, cuando unos periodistas en el ejercicio de su profesión publican información de interés general, Estados Unidos se ofende y condena, pisoteando con ello la libertad de información, base de las sociedades democráticas.

Resultan paradójicas e incluso indignantes las palabras de la Secretaria de Estado Hillary Clinton : “Esta revelación [la última publicación de Wikileaks] es un ataque a la comunidad internacional”.

LAS PREGUNTAS

Si Estados Unidos no hubiera puesto tantos obstáculos para que el caso Couso prosperara, ahora se estaría celebrando un juicio en el que se investigarían las respuestas a estas preguntas:

-¿Por qué en la mañana del 8 de abril de 2003, en el plazo de menos de tres horas, las Fuerzas Armadas estadounidenses atacaron en Bagdad las tres sedes independientes de la prensa internacional – Al Jazeera, Abu Dhabi tv y el hotel Palestine- matando a tres periodistas -entre ellos José Couso- e hiriendo a varios más?

-¿Fueron aquellos tres ataques a la prensa fruto de la casualidad o medida de prevención contra una información libre, no empotrada, en el día en el que las tropas estadounidenses iniciaban la toma de Bagdad?

-¿Fue casualidad que en el Hotel Palestine dispararan contra el balcón quince, en el que grababa un cámara de Reuters, agencia que enviaba de manera casi simultánea las imágenes a su sede central para distribuirlas por todos los medios de comunicación del mundo?

-¿Querían las Fuerzas Armadas evitar ser filmadas en un día en el que no sabían con qué se iban a encontrar ni cómo iban a reaccionar?

Marines atravesando un puente de Bagdad. En el suelo, el cuerpo de un iraquí. Abril 2003. (Kuni Takahashi /AP)

-¿Cómo fue posible que el tanque que disparó contra el hotel Palestine no supiera lo que todo el planeta sabía: que aquél era el lugar de residencia de los periodistas europeos y estadounidenses?

-¿Cómo fue posible que desde el puente en que se encontraba no viera el cartel en inglés del Hotel Palestine, cuando éste se veía con unos simples prismáticos, no digamos ya con los potentes visores de un carro de combate?

-¿Cómo fue posible que, a pesar de que el Pentágono tenía las coordenadas del hotel y sabía que ésa era la residencia de los periodistas, esta información no fuera trasladada a los militares del tanque que disparó? ¿Realmente no fue trasladada?

-Los periodistas que estábamos en el hotel Palestine habíamos visto ya tropas estadounidenses desde nuestros balcones 24 horas antes; y el tanque que disparó llevaba apostado en un puente del río Tigris, junto con otros carros de combate, varias horas antes de disparar.

Si nosotros podíamos verlos a simple vista, es obvio que ellos nos veían a nosotros, teniendo en cuenta que lo primero que debe hacer un militar cuando llega a un lugar es inspeccionar el área e identificar las posibles amenazas.

Si 24 horas antes no nos habían considerado una amenaza, ¿por qué decidieron que lo éramos 24 horas después?

-¿No les importó saber que allí solo había civiles, más de doscientos periodistas, protegidos por la ley internacional? ¿No les quedó claro que éramos periodistas al ver nuestras identificaciones con letras enormes -PRESS- en nuestros chalecos antibalas?

-¿Por qué el tanque apunta con su cañón al hotel y espera diez minutos para disparar? ¿Qué pasó en esos diez minutos? ¿No prueba esa espera que no había amenaza alguna que justificara el disparo?

Hotel Palestine, abril 2003 (AP)

-¿Por qué el Pentágono cambió en varias ocasiones el contenido y enfoque de sus justificaciones del ataque? ¿Por qué en un primer momento defendió su actuación asegurando que había francotiradores en el hall del hotel?

-¿Por qué posteriormente -después de que se les preguntara por qué habían atacado el piso 14, 15, y 16 cuando la presunta amenaza se encontraba en el hall- afirmaron que los hombres armados estaban en la azotea?

-¿Por qué finalmente, tras las protestas de los más de 200 periodistas de todas las nacionalidades que allí estábamos y que aseguramos que del hotel no había salido ni un solo disparo, el Pentágono optó por concluir que no había ningún hombre armado, sino simplemente alguien con unos prismáticos, un “ojeador” lo llamaron, que estaría indicando al enemigo las posiciones de los militares estadounidenses?

-¿Justificaba la existencia de ese ojeador – si es que realmente existió- un ataque y la muerte de dos periodistas? ¿Era realmente una amenaza que otros conocieran las posiciones de los militares estadounidenses, cuando éstos se encontraban sobre el puente Al Jumiriya, visibles desde diversos puntos del centro de la ciudad?

-¿No sería quizá ese ojeador en realidad un periodista, o quizá el concepto ojeador abarca una idea abstracta referida a las miles de personas -periodistas extranjeros y bagdadíes civiles- que podían ver a los militares estadounidenses desde sus casas? ¿Estarían justificados por tanto ataques mortales a todos los edificios de Bagdad porque desde ellos les estaban viendo iraquíes, a los que quizá el Pentágono también decidiera llamar ojeadores?

Los tres militares estadounidenses implicados en el ataque al hotel Palestine

-¿Buscaban las tropas estadounidenses atemorizar a la prensa extranjera como lo hicieron para que ésta dejara de trabajar, de filmar los movimientos militares, y se viera obligada a escapar, a esconderse o a trasladar a sus heridos o muertos, como ocurrió? ¿Sabían que un ataque a la prensa supone, como supuso aquél día, la interrupción del trabajo de los periodistas durante horas?

-¿O fue todo fruto del azar?

Algunas de las respuestas a estas preguntas se pueden obtener a base de lógica. Otras solo podrían contestarse con la celebración de un juicio que obligara a investigar lo ocurrido y a testificar a personas clave del caso Couso. Que avalara la protección a los informadores y de la información.

De momento los papeles de Wikileaks sobre el caso Couso no destapan lo fundamental del mismo. Eso sí, desvelan el manejo de cinismos, hipocresías, dobles raseros y tratos de favor practicados en torno a él. Son la constatación de la pleitesía que se rinde al país más poderoso del mundo.


Este texto será leído este jueves 8 de abril a las 20:00 de la tarde en la concentración que tendrá lugar frente a la embajada de Estados Unidos en Madrid

Esta semana ha salido a la luz pública un vídeo que muestra cómo el ejército estadounidense dispara contra dos periodistas desarmados, mata a uno en el acto y remata al otro cuando se arrastra herido por el suelo, dispara contra varios civiles más que llegan para socorrer al herido, entre ellos dos niños a los que altos mandos estadounidenses optan por entregar a la policía iraquí en vez de trasladarlos a un hospital militar norteamericano, demorando de este modo su atención médica y negándoles atención médica de primera calidad.

Al ver este vídeo es inevitable recordar  lo ocurrido el 8 de abril de 2003, cuando el ejército estadounidense mató al cámara español José Couso. Y es probable que sea más fácil entender por qué la familia Couso y los periodistas testigos del ataque seguimos teniendo dudas razonables sobre la versión de los hechos ofrecida por el Pentágono.

Aquél día, hace ya siete años, unos doscientos periodistas europeos y estadounidenses nos alojábamos en el hotel Palestine de Bagdad, una circunstancia que conocían perfectamente los altos mandos del ejército de Estados Unidos. Esa mañana del 8 de abril de 2003 estábamos en los balcones del hotel grabando las imágenes de los carros de combate norteamericanos que se encontraban en uno de los puentes sobre el río Tigris. Filmamos durante horas. Igual que nosotros vimos y registramos sus movimientos, los ocupantes de dichos carros de combate observaron durante horas cómo decenas de periodistas con sus cámaras trabajábamos en los balcones del hotel, algunos de nosotros con chalecos en los que se podía leer PRESS, prensa en inglés. Estábamos por tanto perfectamente identificados por los militares estadounidenses.

Sin embargo, uno de los tanques pidió permiso para disparar. No había combates en la zona, pero aún así giró su cañón hacia el hotel y esperó a que sus superiores le dieran el visto bueno. La respuesta tardó en llegar diez minutos. Durante esos diez minutos no hubo ninguna batalla, ni un solo disparo. Tras ello el soldado del tanque recibió el OK y disparó. Así lo ha reconocido el propio alto mando estadounidense. No fue por tanto un disparo motivado por el nerviosismo que puede causar el fragor de una batalla. Fue un disparo estudiado y meditado durante diez minutos.

El proyectil lanzado alcanzó los pisos catorce, quince y dieciséis del hotel. En el balcón del piso catorce estaba José Couso, que resultó gravemente herido y murió dos horas después. En el balcón del piso quince estaba el periodista de Reuters Taras Prosyuk , quien murió en el acto. Del balcón piso dieciséis, por pura casualidad, acabábamos de salir hacia la habitación un cámara mexicano y yo misma, salvando así nuestra vida o evitando graves heridas.

Poco antes de este ataque el ejército estadounidense había disparado contra la sede de Al Jazeera, donde murió un periodista, y contra las oficinas de la televisión de Abu Dhabi. De este modo en el plazo de menos de tres horas el ejército estadounidense atacó las tres sedes de la prensa independiente internacional que había en Bagdad, matando a tres periodistas e hiriendo a varios más. La consecuencia, buscada o no,  fue que ningún reportero pudo filmar la ocupación de Bagdad llevada a cabo esa misma mañana por el ejército norteamericano, ya que todos estábamos tratando de ponernos a salvo y de ayudar a nuestros heridos.

En un primer momento el Pentágono justificó el ataque al Palestine asegurando que había hombres armados en el hotel. Cuando todos los periodistas que estábamos allí -europeos y estadounidenses- aseguramos que en aquél lugar no había personas armadas ni amenaza alguna para las tropas norteamericanas, el Pentágono cambió su versión y afirmó que si el tanque disparó fue porque había un hombre con unos prismáticos -un ojeador, le llamaron- que podía estar transmitiendo información sobre las posiciones del ejército estadounidense. Es decir, según la versión de Washington, la única amenaza que justifica el ataque es que había un hombre con unos prismáticos.

La posición de las tropas estadounidenses era visible desde diversos puntos del centro de la ciudad. No hacía falta un hombre con prismáticos para localizar las coordinadas del ejército norteamericano. Todos veíamos los tanques a simple vista. Todos éramos ojeadores. Por tanto, siguiendo el razonamiento del Pentágono, habría sido legítimo disparar y matar a todos los habitantes de Bagdad que estuvieran viendo las posiciones de los militares estadounidenses, algo absolutamente condenable por la ley internacional.

Hay más puntos oscuros: Hace un par de años la ex sargento Adrianne Kinne explicó en un canal de televisión norteamericano que en 2003 ella trabajaba para el servicio de inteligencia militar estadounidense. Una de sus tareas consistía en escuchar todas las conversaciones telefónicas por satélite procedentes del hotel Palestine. De ese modo esta militar escuchó día tras día las palabras que los periodistas intercambiábamos por teléfono con nuestros jefes, con nuestros amigos o con nuestros padres. Un día la sargento recibió un listado de los posibles objetivos militares estadounidenses en Bagdad. Entre ellos estaba el hotel Palestine. Acudió a su superior para recordarle que en ese hotel solo había periodistas: así lo comprobaba ella día tras día escuchando nuestras conversaciones. El superior le ordenó que se ocupara solo de sus asuntos. Días después el hotel Palestine fue bombardeado.

Para licenciarse en la carrera militar, los futuros soldados estudian las reglas de la guerra, porque incluso en las guerras hay normas, y la más importante es evitar la muerte de civiles. Sin embargo, en los últimos años se ha disparado de manera escandalosa el número de inocentes que mueren en los conflictos. Lamentablemente algunos de ellos fallecen a causa de las acciones de ejércitos que representan a Estados presuntamente adalides de la libertad, la democracia y la justicia.

Han pasado siete años y la muerte de José Couso, como la de tantos otros, sigue sin ser investigada de manera adecuada. Las relaciones políticas y comerciales de España con Estados Unidos parecen pesar más que la defensa de los derechos de un ciudadano español como José Couso. Aún así el caso no está completamente cerrado y la lucha por la justicia continúa, no solo por José Couso, sino por la libertad de información, por la protección de los periodistas, por el respeto de las leyes internacionales y por la protección de todos los civiles víctimas de ataques injustificados, civiles cuyos familiares no tienen la suerte de poder escapar de la guerra sin más ni de disponer de un altavoz como éste.

Estados Unidos y sus aliados europeos deberían demostrar que quieren un mundo más justo. Mientras sus ejércitos tengan comportamientos condenables como éstos, estarán dando argumentos a sus enemigos.

Volvamos al vídeo del que hablaba en un principio: Si casos como el ataque al hotel Palestine hubieran sido juzgados quizá lo que este vídeo muestra nunca habría ocurrido. Es probable que los militares estadounidenses se lo hubieran pensado dos veces antes de solicitar disparar contra periodistas, civiles y niños. Es probable que sus superiores hubieran preguntado antes si los objetivos eran personas armadas o civiles. Quizá hubieran intentado comprobar si esas personas suponían realmente una amenaza. La justicia sienta precedentes. Exijámosla para evitar futuros crímenes y la impunidad de los mismos. Para que las leyes internacionales sean algo más que tinta sobre papel.