El minotauro anda suelto

El porqué es lo que convierte al periodismo en un juego de adultos, y la única manera de explicar el porqué es mediante periodistas absoluta y enteramente  comprometidos con la cobertura de un asunto determinado o una institución.” David Simon, ex periodista y guionista de The Wire.

Decían los maestros periodistas que para ejercer este oficio se precisa empatía, capacidad de ponerse en la piel del otro, conocimiento de idiomas y culturas, viajar, especializarse y profundizar en los temas de actualidad, tener los ojos y oídos bien abiertos y estar en contacto con la calle, porque es en ella – y no en las redacciones- donde se producen las noticias y donde se puede palpar la realidad.

Pero en España parece que se ha optado por otro modelo de periodismo. Consiste en fichar a la entrada y la salida de las empresas y permanecer en ellas, en las redacciones – más que redacciones habría que llamarlas oficinas- nueve o diez horas seguidas con la mirada fija en el ordenador, viendo cómo caen, uno tras otro, los teletipos.

De ese modo los periodistas limitan su mirada: los que se encargan de la información internacional ven la actualidad a través de dos o tres grandes ojos, los de las dos o tres grandes agencias de noticias del mundo. Estas agencias suelen hacer un trabajo digno, pero su cobertura es insuficiente para narrar el mundo.

Es una situación un tanto orwelliana: los grandes medios de comunicación, conocidos como mass media, prescinden cada vez más de sus propios ojos y oídos, de su propia red de corresponsales o enviados especiales, y depositan toda la tarea periodística en las agencias de noticias.

Lo mismo ocurre con la información nacional: los periodistas suelen ver el país a través de las notas de prensa y comunicados de organismos oficiales -o de ruedas de prensa a veces sin derecho a preguntas- porque el modus operandi impuesto en las redacciones no les deja tiempo para indagar en otros temas.

Y así, la tarea de los periodistas de los mass media se ve reducida cada vez más al copy-paste: me llega el teletipo o el comunicado, lo copio, y poco más.

Sin duda alguna el medio de comunicación en el que más se produce este fenómeno es la televisión: un ciudadano enciende la tele, comienza a hacer zapping y comprueba que en todos los canales le cuentan las mismas noticias, con los mismos planos, las mismas imágenes, el mismo enfoque.

LAS REDACCIONES

Buena parte de las redacciones ya no son lugares de debate en los que la actualidad y la polémica hierven al vertiginoso ritmo de la curiosidad insaciable de los periodistas.

Ahora son espacios más bien silenciosos, en los que hay jefes que valoran cada vez menos la especialización y el conocimiento; en los que introducir gracietas en la narración de una noticia te da más puntos que tener una agenda cargada de contactos y de fuentes de información procedentes de todas las esferas políticas y sociales.

LOS JEFES

Muchos directivos de las empresas periodísticas no son periodistas, sino gerentes que buscan la obtención del máximo beneficio económico sin importarles en demasía la calidad de la información.

Tanto es así, que grandes empresas informativas se preocupan más que por informar, por aparentar que informan; procuran elaborar infoentretenimiento y huyen del periodismo que busca contestar a las grandes preguntas.

LAS CAUSAS

¿Por qué apuestan por pisotear el periodismo?

Recabar y elaborar información cuesta dinero, tiempo y esfuerzo; es mucho más barato limitarse a copiar lo que dicen las agencias de noticias, las instituciones políticas o económicas o los organismos oficiales.

Esta es la idea que prima en los grandes despachos de los medios de comunicación de masas, pero es más que cuestionable.

Cualquier empresario sabe que las apuestas por productos de calidad pueden generar beneficios a largo plazo; pero para eso se necesita paciencia y, en el caso de la información, cierto sentido de responsabilidad pública, algo de lo que carecen por completo estos gurús del no-periodismo.

EL PODER

Buena parte de los mass media centran la información en los poderosos para obtener influencia en las altas esferas: Abramos las páginas de un periódico y contemos cuántos representantes de la política e instituciones aparecen en las fotos. Serán la mayoría.

Y así los pobres, los desposeídos, los anónimos, la gente de la calle, contemplan a través de los medios cómo los integrantes del poder político, económico y financiero gozan de un altavoz diario del que ellos carecen.

Unos pueden permitirse diariamente moldear el lenguaje al servicio de sus intereses: tendrán espacio asegurado en los mass media, sus palabras serán repetidas una y otra vez en los medios audiovisuales.

Los otros no disponen casi nunca de un altavoz: al periodismo les resultan indiferentes.

Actualmente en este oficio se premia y se pone medallas al que frecuenta a los políticos, come con ellos, informa sobre lo que dicen, sobre si seguirán o no en la próxima legislatura, sobre si brillaron o no en su intervención en el Pleno del Congreso, sobre si mienten o no mienten, sobre sus promesas, sobre sus alianzas y rupturas.

Es una información sin duda necesaria, pero suele carecer de la profundidad requerida en los tiempos que corren.

El debate político actual es pobre y suele estar al servicio de los grandes poderes, no de los ciudadanos. Con frecuencia invisibiliza las realidades con la que cualquier buen historiador del futuro definiría la etapa de nuestro presente.

Por eso el espacio informativo que ocupan los representantes del poder político no suele dejar lugar para dar respuesta a las grandes preguntas que deberíamos estar contestando entre todos:

¿Quién está detrás del poder político?

¿Cómo es posible que en 2009, el año de mayor recesión económica en España, el sueldo medio de los consejeros ejecutivos y altos directivos de las empresas del Ibex 35 fuera de un millón de euros anuales?

¿Por qué los gobiernos han puesto tanto empeño en rescatar a las entidades financieras y no nos rescatan a los ciudadanos?

¿Qué ha ocurrido para que Europa se plantee mermar los derechos de los trabajadores e incluso retrasar la edad de jubilación, cuando solo hace diez años debatía reducir o no la jornada laboral a 35 horas semanales?

¿Por qué el hambre, la desnutrición o las desigualdades suelen ser consideradas tragedias naturales inevitables y nadie ha sido condenado por contribuir a su existencia?

¿Tendrán los gobernantes de los países desarrollados remordimientos nocturnos al recordar que con solo el uno por ciento del dinero destinado al rescate de las entidades bancarias en 2009 se habría podido garantizar el cumplimiento de los Objetivos del Milenio establecidos para erradicar la pobreza extrema en el mundo, tal y como ha denunciado la ONU?

¿El aumento de la desigualdad entre pobres y ricos es una tendencia al alza? Es decir, ¿se superará a peor el dato actual – ofrecido por Naciones Unidas- que indica que el 1% de la población mundial acapara el 35% de la riqueza del planeta, mientras que la mitad de la población mundial solo disfruta del 1% de la riqueza?

¿Cuáles son los nombres y apellidos de quienes ganan dinero especulando con el precio de los alimentos?

¿Cuánto dinero ganan nuestros gobiernos vendiendo armas a Estados que atacan población civil y ocupan ilegalmente territorios ajenos?

¿Por qué hay ejércitos de países desarrollados que matan a población civil en nombre de la lucha contra el terrorismo?

¿Para qué algunos países occidentales ocupan y atacan países en nombre de la democracia y la libertad?

¿Se mantendrá esta jerarquía que sitúa el dinero y el poder por encima de los seres humanos y de la Tierra?

¿Hasta dónde llegará este periodismo al servicio del poder o de los beneficios económicos, sumergido en un terrible síndrome de Estocolmo, secuestrado por sus peores enemigos?

La respuesta a esta última pregunta depende no solo de quienes llevan las riendas de los mass media, sino de todos los que ejercemos este oficio.

(Continuará…)


En el prólogo de la reforma laboral se asegura que todo se hace por el bien común, por “fortalecer los pilares de nuestro estado de bienestar” y para generar más empleo.

Pero basta con seguir leyendo para concluir que el objetivo real de la reforma es facilitar y abaratar los despidos y seguir el juego a los que más riqueza acumulan sin que importe para ello suprimir derechos laborales fundamentales.

La estrella de la reforma es sin duda el despido preventivo. A partir de ahora, si una empresa considera que sus productos dejarán de ser competitivos puede despedir a sus trabajadores o a parte de ellos sin necesidad de probar esas futuras dificultades de forma concluyente. Su excusa para despedir puede basarse tan solo en meras conjeturas.

Basta con invocar que el despido servirá para evitar problemas económicos, organizativos o productivos futuros en la empresa, lo que en realidad en ningún negocio se puede descartar, porque siempre existe la posibilidad de que en el futuro puedan surgir problemas.

La indemnización por ese despido será de 20 días de salario por año trabajado, de los cuales ocho los subvencionará el Estado a través del Fondo de Garantía Salarial y los otros doce, la empresa.

Para el despido improcedente se establece una indemnización de 33 días por año frente a los 45 días que se contemplaban hasta ahora, con un tope de 24 meses frente a los 42 de ahora.

La reforma también permite a los empresarios suspender el régimen salarial previsto en los convenios colectivos con la excusa de que su situación económica pudiera verse dañada como consecuencia de la aplicación de dicho régimen; también disponen de vía libre para cambiar los horarios y su distribución, las funciones laborales y los salarios, así como para reducir jornadas.

Otra de las perlas de las nuevas medidas es la que contempla el refuerzo del papel de las agencias de colocación privadas sin ánimo de lucro, las ETTs, que podrán participar ya en todos los ámbitos, incluida la administración pública. Los desempleados deberán atender los requerimientos que les hagan estas empresas de trabajo temporal y así se avanza en la mercantilización de la intermediación laboral.

Leyendo la reforma y analizando la situación social actual quizá alguien recuerde el libro “Rebelión en la granja” de George Orwell, en el que los cerdos arrebatan el control de la granja a los humanos, y en el que uno de los personajes, el caballo Boxer, ante el reparto cada vez más desigual de alimentos y ante las falsas promesas de los cerdos gobernantes improductivos, lo único que sabe hacer es trabajar más duro y así se lo dice a sí mismo a diario: “Trabajaré más fuerte”.

Al final, tras toda una vida de esclavitud, el ingenuo Boxer es enviado al matadero por aquellos a los que sirvió.

El 1% de la población del planeta posee ya un 35% de la riqueza mundial, según la revista Forbes. La fortuna media de los multimillonarios es de 3.500 millones dólares, 500 millones más que en 2009.

Mientras podamos defender nuestros derechos laborales y civiles, hagámoslo. De lo contrario el mensaje desde la inmovilidad quedará claro: podéis hacer con nosotros lo que queráis.

¿De verdad no hay razones para la huelga?