El minotauro anda suelto

¿Qué  podemos hacer los ciudadanos que presenciemos redadas y controles de identidad a extranjeros por el simple hecho de serlo?. La organización Ferrocarril Clandestino tiene algunas sugerencias en esta página titulada Nueve ideas para no quedarse de brazos cruzados. Entre otras cosas, recomienda:

Como buen/a ciudadano/a responsable puedes acercarte con sigilo y buenas maneras para informarte sobre lo que ocurre. Si es oportuno, puedes recordar a la policía su misión de “proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana” de todas las personas, sin excepciones, claro.

 

Desde luego no se trata de obstruir, ni de entorpecer ¡faltaría más! Sólo de facilitar que se cumplan sus principios de actuación, por ejemplo: no discriminación racial y desobediencia de órdenes superiores contrarias a la ley“.

También ofrece un teléfono de urgencia del Defensor del Pueblo en el que se puede poner una queja al instante con tan solo marcar:

91 432 79 00, para que la instituciones tengan constancia de lo que pasa y puedan hacer algo cuanto antes.

BRIGADAS VECINALES DE OBSERVACIÓN

Hace unos meses surgió otra interesante iniciativa desde varias organizaciones sociales y de barrio que ha desembocado en la creación de las Brigadas Vecinales de Observación de Derechos Humanos, con el objetivo de articular una respuesta organizada a los controles permanentes dirigidos contra las personas inmigrantes.

En este vídeo explican con detalle la labor de las Brigadas.

Imagen de previsualización de YouTube

Son respuestas que aparecen ante los abusos y el acoso policial contra los inmigrantes. Ser una persona sin papeles no es un delito. Sin embargo, vivimos en un Estado que se comporta como si lo fuera: la nueva ley permite encerrar hasta sesenta días a los sin papeles en los llamados centros de internamiento para extranjeros, un eufemismo empleado para denominar a las cárceles para inmigrantes indocumentados.

Nos echamos las manos a la cabeza cuando oímos que en Arizona se realizan controles de identidad xenófobos. Pero ignoramos que en nuestro propio país la Dirección General de la Policía y la Guardia Civil admitían hace un año la existencia de directrices para efectuar cada semana un número determinado de  detenciones de extranjeros en situación irregular.

En España se practican de manera habitual controles de identidad a extranjeros en lugares públicos, locutorios, estaciones de metro o autobús, plazas, etc.

Diversas organizaciones en defensa de los derechos humanos de los inmigrantes han denunciado la existencia de la identificación indiscriminada de personas en función de sus rasgos.

EL CASO ROSALIND WILLIAMS LECRAFT

España ya ha sido sancionada por un control de identidad racista. En 1992, Rosalind Williams Lecraft, originaria de Estados Unidos y nacionalizada española en 1969, fue objeto de un control de identidad en la estación de tren de Valladolid. Fue una medida que la policía no efectuó a ninguna otra persona que entonces se encontrara en aquel lugar. Rosalind se sintió discriminada y presentó una querella.

Tras ser desestimada por el Ministerio del Interior, por la Audiencia Nacional y por el Tribunal Constitucional, el Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas le dio la razón en 2009 al determinar que las características del color de su piel fueron “el elemento determinantes para sospechar que estuviera en la ilegalidad”.

El Comité estableció que cuando las autoridades de un país efectúan controles de identidad, las características físicas o étnicas no pueden ser consideradas como un indicio de su residencia ilegal en un territorio.

Sin embargo, el acoso policial a los inmigrantes en función de su raza o color ha continuado. En Madrid hay diversos lugares recurrentes para los controles de identificación: los barrios multiculturales, Vallecas, Usera, Aluche ,Cuatro Caminos o plazas donde se reúnen inmigrantes en busca de trabajo.

Estos controles y detenciones suponen de hecho relacionar inmigración con delincuencia en un momento en el que algunos gobiernos europeos echan mano de discursos y medidas xenófobas con la intención de desviar la atención de la crisis económica.

Diversas organizaciones sociales y en defensa de los derechos fundamentales consideran que los ciudadanos no pueden permanecer impasibles ante las redadas con tintes racistas y las detenciones diarias de personas por una simple falta administrativa, como es el no tener papeles. Y condenan la práctica de políticas de miedo para acallar las denuncias contra estas redadas y contra las medidas que criminalizan a un grupo determinado tan solo por su color, por su raza o por su falta de papeles.

Redada policial contra inmigrantes sin papeles (AP)

La imagen de un policía cacheando en la vía pública a una persona negra o de rasgos indígenas ayuda a mantener estereotipos racistas a través de los cuales se identifica una raza con una tendencia a la delincuencia, cuando no existe ningún delito en el hecho de no tener papeles -y, además, hay muchos sin papeles blancos y sin rasgos étnicos determinados que pasan sin embargo más desapercibidos ante la mirada sesgada de algunos policías- y sí hay sin embargo crimen moral en la legislación que trata de estigmatizar a un grupo por el simple hecho de no tener papeles o de criminalizar a quienes no renuncian a la hospitalidad.

Lo sabe bien el párroco de la iglesia de San Carlos Borromeo de Entrevías, Javier Baeza, quien ha presentado varias denuncias por identificaciones policiales irregulares de inmigrantes, una de ellas practicada en su propia casa, en la que da cobijo a algunas personas sin papeles.

Lo sabe el fotógrafo Eduardo León, quien ha sido detenido en dos ocasiones por ejercer su profesión: es decir, por fotografiar los controles policiales a inmigrantes.

Y lo sabemos todos aquellos que no estamos dispuestos a dar la espalda al extranjero, ya que en la buena educación y en el buen saber de todas las culturas está el acoger con hospitalidad, comprender para conocer y ampliar conocimientos y amistades y menguar así prejuicios y falsas creencias.

Lo otro es el sálvese quien pueda, el “nos ha tocado la casilla de los privilegiados, estamos salvados!”. Lo otro es la puerta cerrada, el muro elevado, ventanas de espino, rostros de cemento.


Estos días la Parroquia San Carlos Borromeo (Entrevías, Madrid), celebra las jornadas “África entre nosotros”, con charlas, conferencias y la exposición de fotografía “El Muro del Atlántico”, de Juan Medina, premio World Press Photo 2005, entre otros galardones. El trabajo de este fotoperiodista habla por sí solo. He aquí unos ejemplos:

Horario de la exposición: Todos los días de 10:00 a 13:00 y de 18:00 a 21:00, excepto domingos por la tarde. Hasta el nueve de junio.

Una pareja con su bebé dentro de un vehículo de la Guardia Civil / Juan Medina

Fuerteventura, 2004. Vuelca la barca en la que viajaban 40 personas. Algunas logran agarrarse a los salvavidas lanzado por los equipos de rescate. Murieron once personas. /Juan Medina

La sal y la arena en el rostro de este inmigrante indican la dureza de la travesía que ha realizado / Juan Medina

Una niña llora a puerta del Centro de Internamiento de Aluche, donde está encerrado su padre, a quien las autoridades policiales han asignado el número 2286 / Juan Medina

Playa de Gran Tarajal, Fuerteventura, 5 de mayo de 2006 /Juan Medina

Sidi Suguma, de Mali, llora en una comisaría de Nuadibú, Mauritania. Él y otros 35 inmigrantes fueron interceptados por la policía marroquí en el Sáhara Occidental y transferidos a Nuadibú cuando intentaban llegar a las islas Canarias /Juan Medina


Daouda Thiam en la Facultad de Derecho de la Complutense.

La primera vez que vi a Daouda Thiam fue en el salón de actos de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, en el marco de una rueda de prensa sobre inmigración. La sala estaba llena de público y de medios de comunicación. En la mesa, una catedrática de Derecho Penal, un letrado del Tribunal Constitucional, un representante de Pueblos Unidos y Daouda.

Tuve la suerte de encontrar sitio al lado de Badara, amigo de Daouda y miembro como él de la Asociación de Sin Papeles de Madrid. Eran los dos únicos inmigrantes sin papeles de la sala. Cuando Daouda empezó a hablar Badara se emocionó un poco. Me miró y me dijo orgulloso: “Es amigo mío”. El discurso de Daouda fue contundente. Se hizo un silencio absoluto a medida que iba explicando su postura.

“Soy inmigrante sin papeles y por ello no tengo derecho a nada”, dijo. Habló de racismo, de injusticia, de esperanza. Pidió al gobierno español que garantice los derechos de todos, que actúe contra la discriminación. “Ya es hora de que destapemos el velo del silencio”, señaló. Recibió un aplauso largo. Badara sonreía satisfecho. Los dos jóvenes, uno entre el público, el otro en la tribuna, se miraron con complicidad. No es frecuente que un inmigrante sin papeles tenga oportunidad de hablar en un foro público.

Desde aquél día he quedado varias veces con Daouda y así me ha contado retazos de su vida.

EL VIAJE

Daouda tiene 25 años y es de Senegal. De Dakar. Allí vivía con su padre y sus hermanos. Su madre murió hace ocho años. “Era una madre para todo el barrio, no solo para nosotros”, me cuenta. “Los domingos preparaba comida para todo el vecindario, y no había niño que no viniera a probarla”.

Daouda tenía su propio taller de ebanistería. No le iba mal, pero tampoco demasiado bien. Cada vez sentía más ganas de irse, de conocer otros mundos. “Desde niño soñaba con viajar”, explica.

Si un senegalés quiere viajar a Europa como turista necesita tener una cuenta bancaria con al menos 10.000 euros para conseguir un visado. Daouda no disponía de semejante cantidad. Así que pospuso la idea de venir a España. Pero en 2006 Senegal alcanzó un acuerdo con el gobierno español para repatriar a un millar de senegaleses y reforzar la vigilancia en las costas. Muchos jóvenes entendieron que aquello dificultaba enormemente sus posibilidades para instalarse en Europa, y concluyeron que debían reaccionar con rapidez antes de que la vigilancia policial aumentara.

“Mi padre no quería que yo me fuera. En aquella época varios vecinos de mi calle murieron en una patera, y los padres del barrio tenían aquello muy presente. Pero en 2007 el control policial aumentó y yo me dije: Si no lo hago ahora puede que ya no pueda hacerlo nunca”.

Así que Daouda se fue de casa diciendo que iba a comprar madera a la costa de Gambia, pero en realidad se desplazó al sur de Senegal.

“Había muchos militares en esa área. Estuve semanas allí hasta que encontré un modo de irme. Pagué mil euros para obtener un hueco en una patera. Salí de allí en 15 de mayo de 2007. Viajábamos 96 personas, cuatro de ellas menores de edad. Tardamos diez días en llegar a las costas españolas. Murieron tres personas en la travesía”.

Daouda se resiste a dar más detalles de aquél viaje. Dice que le resulta doloroso recordarlo.

Es una experiencia límite. Hay un antes y un después de la patera, añade.

Los 93 supervivientes de la travesía llegaron a la Isla de Hierro el 25 de mayo de 2007. Dos días después fueron trasladados por las autoridades a Fuerteventura. Allí Daouda estuvo retenido 38 días en un centro de internamiento para extranjeros, un CIE. Los CIEs son en realidad cárceles exclusivas para inmigrantes encerrados por el simple hecho de no tener papeles.

MADRID

“Después nos soltaron y a mí me trajeron en avión a Madrid, el propio gobierno español nos trae y paga ese viaje, si lo hacen es porque no quieren que nos acumulemos en la isla, o porque quizá sí que necesitan mano de obra joven, no?”.

“En Madrid fui acogido por CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado), me llevaron a un hostal para inmigrantes gestionado por la Cruz Roja”.

Ese hostal se llama Welcome, un nombre que no deja de encerrar una cierta paradoja, no porque los trabajadores de Cruz Roja no pongan la voluntad necesaria para asistir a quienes se alojan allí, sino porque las leyes de nuestro país no dan precisamente la bienvenida a los sin papeles. El Welcome es un lugar al que llegan hombres y mujeres aún en estado de shock tras haber vivido experiencias traumáticas, tras haber arriesgado al límite su vida, tras haber entregado todo su dinero para recibir a cambio una orden de expulsión inmediata del país al que acaban de llegar.

En el Welcome cada hora es eterna; cada minuto parece una hora, cada hora, un día; cada día una eternidad. Hay un espacio comunal con sala de estar, juegos para los niños y una gran televisión que sirve para aliviar la espera, la incertidumbre, la falta de opciones. Muchos de los que pasan por allí terminan siendo deportados. Otros buscan alojamientos alternativos mientras aguardan la respuesta oficial a su petición de asilo.

Daouda no estuvo allí mucho tiempo. Decidió aceptar la invitación de su primo, con casa en Madrid. “Y me quedé seis meses en su casa, pero no podía estar allí eternamente. Así que me apunté a clases de castellano en una asociación, y empecé a vender en el top manta, la única alternativa que tenemos los inmigrantes sin papeles”.

Hasta que llegué a España no sabía que si no tienes papeles no puedes trabajar. Nadie en Senegal sabía eso, yo creo.

Daouda Thiam en Madrid

SIN TRABAJO
Al poco tiempo la policía arrestó a Daouda mientras vendía cd´s. Ser mantero está tipificado como delito en nuestro país. Quienes venden copias ilegales de cd´s o dvd´s se enfrentan a penas de prisión y a multas. Además no pueden acogerse al arraigo social.

“Se considera arraigo social al de las personas que llevan tres años en España -explica Daouda, que se sabe al dedillo todas las leyes- pero quienes tienen causas pendientes pueden llevar hasta siete años en el país y no tener papeles. Nos consideran delincuentes.”

Ahora Daouda está en un piso de acogida de CEAR, donde podrá permanecer seis meses. No trabaja, porque no tiene permiso para ello. La organización le da de comer y le paga el bonometro.

“Es un círculo vicioso. Si no vendo, no tengo de qué vivir, pero si vendo y me pillan me arriesgo a no conseguir nunca los papeles. Así que estoy de brazos cruzados”.

LAS PERSONAS Y LOS PAPELES

“Tengo ganas de hacer muchas cosas, quiero trabajar como ebanista, pero no puedo hacer nada por no tener papeles. No quiero perder el tiempo en mi vida y ahora lo estoy perdiendo. Hay gente que piensa que por ser inmigrantes somos discapacitados, que no somos normales, que no podemos hacer nada.

Y yo lo que digo es que las personas son más importantes que los papeles.

“Me duele no poder enviar nada a mi familia. Allí todos pensamos que Europa es perfecta, que es un paraíso, que si sabes un oficio te van a valorar. Es muy difícil explicar que no te dejan trabajar, allí no se entiende.”

“Cuando llegué a España llamé desde un locutorio a mi padre para explicarle dónde estaba, lo que había hecho. No se me olvida esa conversación. Mi padre me contestó esto: “No hagas nada malo. Lleva tu dedicación allá donde estés. Sé como eras en Senegal, no cambies, sigue siendo mismo.” Se pensaba que aquí me iba a convertir en rico, yo creo. No le puedo contar mis dificultades, él piensa que aquí me va bien, yo tomé la decisión de venir y tengo que asumir en soledad las consecuencias”.

Daouda es uno de los miembros fundadores de la Asociación sin papeles de Madrid. Como todos sus integrantes, lleva un carné que dice así:

“El titular de esta tarjeta participa tanto de la actividad social como asociativa de Madrid y tiene arraigo social. En caso de detención se ruega a la autoridad competente que facilite que esta persona se ponga en contacto con miembros de la asociación. Gracias por su colaboración”.

El día que me enseñó ese carné estábamos tomando un café en una plaza céntrica de Madrid. Al cabo de un rato entró una mujer, ví que Daouda la miraba mucho: “¿No sabes quién es?”, me preguntó. Contesté: “Ni idea”. Me susurró al oído, con cierto entusiasmo: “Es la que ha ganado el concurso de televisión Pasapalabra, soy fan de ella, es muy buena, acertaba todo, no sabes lo buena que es”. Para arraigo social, el de Daouda.

Daouda con la ganadora del concurso de televisión

Terminamos abordando a la mujer que, efectivamente, era la ganadora del concurso -obtuvo más de 222.000 euros- y que se mostró encantada de hacerse una foto con nosotros, mientras Daouda le explicaba que había aprendido muchas palabras nuevas en castellano viéndola en la tele.

Tras ello, proseguimos nuestra conversación.

“No tengo derecho a hacer cursos de desempleado tampoco -me contó Daouda- Hace unos meses una ONG me permitió hacer uno, pero tenía que ser de electricista. Entre los alumnos había españoles, extranjeros con papeles y algunos sin papeles. El curso duraba seis meses. Cuando llevábamos un mes a los sin papeles nos dijeron que no podíamos seguir y nos dieron el título de ayudante de electricista. Yo dije: “pero quiero el de electricista! No puedes, porque no tienes papeles”.

YA’PALANTE

Daouda es bilingüe, habla francés y wolof, idioma que se usa en Senegal y Gambia. Además, domina el castellano. Va a clases todas las semanas en la asociación y en breve colaborará como profesor en el curso de iniciación.

“Si me quedo en España será mi tercer idioma. Si no, quizá lo olvide”, dice riéndose.

Hay una palabra en wolof que significa solidaridad y que se pronuncia así: “Yapalante”. Daouda dice que es como “venga, pa adelante”. Una casualidad hermosa.

“Con solidaridad se avanza, ese es mi lema. La gente olvida rápido. Ojalá que yo salga adelante y no olvide, porque si lo olvido no tendré sentimientos para los demás.La gente que no tiene nada es más generosa, tiene un sentido más desarrollado de la colectividad, sabe compartir. Cuanta más riqueza hay, menos sentimientos. Hay gente a la que no le importa si el vecino está sufriendo, y es porque no entienden qué es sufrir y así nunca sabrán ayudar. Hay que saber actuar en colectividad, acercar a las personas”.

Y concluye: “Cuando estoy solo en casa pienso en mi vida, en mi familia, en mi futuro, a veces me siento muy solo aquí, pienso que nadie me quiere y no puedo dormir, pero luego me acuerdo de que tengo amigos españoles que me apoyan, y eso me da fuerza”.


Un hombre nigeriano murió hace unos días en Suiza cuando estaba siendo deportado junto con otros inmigrantes sin papeles, como informamos hoy en periodismohumano. Sus compañeros han denunciado que la policía le había inmovilizado con tanta fuerza que apenas podía respirar.

En Reino Unido un informe independiente acaba de desvelar que varias personas solicitantes de asilo resultaron heridas graves a causa del trato recibido por las autoridades policiales.

Italia financia centros de internamiento para extranjeros en Libia en los que se practican políticas represivas y torturas y permite la creación de patrullas civiles para ayudar a los agentes a localizar inmigrantes sin papeles. Tanto Italia como España expulsan a extranjeros a países donde se registran habitualmente violaciones de los derechos humanos.

El pasado verano ciento sesenta menores iniciaron una huelga de hambre en un centro de detención en Grecia, donde estaban hacinados en condiciones lamentables.

En países europeos como Francia, Italia o Luxemburgo varios puestos de trabajo en el sector público y privado están vetados por ley a los extranjeros. Todo esto está pasando aquí y ahora.

Concentración en Madrid contra las penas de cárcel para los "manteros", marzo 2010 (Olga Rodríguez)

En Europa se ha instalado una política que criminaliza al inmigrante, al diferente. La nueva ley de inmigración europea, la llamada Directiva de la vergüenza, se basa en la exclusión y no en la integración. Legitima el rechazo al otro.

No tener papeles es una falta administrativa que puede ser castigada con estancias prolongadas en centros de internamiento de extranjeros, los llamados CIEs; su nombre es un eufemismo que oculta lo que realmente son: prisiones. Quienes acogen o empadronan a inmigrantes sin papeles se arriesgan a tener que pagar elevadas multas; algunos políticos hablan de la inmigración como si fuera un mal endémico causante de las desgracias de nuestro continente, y con esa excusa firman acuerdos con terceros países para crear cárceles de inmigrantes fuera de su territorio, levantan muros, llevan sus fronteras hasta Senegal o Mauritania para impedir la salida de cayucos y gastan sumas astronómicas en sistemas de vigilancia fronterizos.

Según la Organización Internacional para las Migraciones los veinticinco países más ricos del mundo dedican entre 25.000 y 30.000 millones de dólares al año en identificar, rechazar y expulsar a las personas sin papeles que llaman a su puerta. Atención a las cifras, porque según el Banco Mundial se necesitarían entre 30.000 y 50.000 millones de dólares para combatir la pobreza siguiendo los objetivos establecidos por Naciones Unidas.

Mientras tanto, los capitales, los productos y las comunicaciones circulan libremente. El dinero, al contrario que las personas, no necesita papeles. Las empresas transnacionales migran a los países del Sur o del Este para beneficiarse de las desigualdades sociales que el sistema imperante fomenta, porque es precisamente en ellas en las que se sostiene. Sin mano de obra barata no se obtendrían beneficios desorbitados; sin la explotación ilimitada de las materias primas propias y ajenas no habría este nivel de riqueza que abre una brecha cada vez mayor entre ricos y pobres.

Las multinacionales importan riqueza de los países de origen de los emigrantes y exportan pobreza, discriminación y degradación ambiental. El poder, los beneficios económicos, la tierra, están por encima de los propios seres humanos y de la salud del planeta.

Es frecuente escuchar argumentos que responsabilizan a los inmigrantes de la falta de plazas en las guarderías y de la saturación de la sanidad pública. La derecha jalea este tipo de pensamiento que exime de toda culpa a la ola de privatizaciones y al abandono del Estado del bienestar. Sin embargo, la realidad es otra: la Sociedad Española de Medicina Comunitaria acaba de hacer público un informe que indica que los inmigrantes van al médico la mitad que la población autóctona. Representan el diez por ciento de la población pero solo el cinco por ciento de los pacientes.

Se ha instalado un lenguaje xenófobo y unas prácticas discriminatorias, pero en el debate público pocos se alarman por ello. Nos creemos, en nuestras cómodas sociedades europeas, adalides de la libertad y la transparencia y no vemos lo que pasa delante de nuestras narices.Afrontémoslo para acabar con ello: Vivimos instalados en el miedo y ese miedo actúa como la excusa para sobrepasar límites morales y legales.
Europa se defiende de la inmigración con medios militares, cierra fronteras a cal y canto y obliga a los migrantes a desviarse por rutas alternativas muy peligrosas en las que 15.000 personas han perdido la vida en los últimos diez años, según cálculos de diversas organizaciones internacionales.

Actualmente hay en nuestro continente europeo doscientos cincuenta centros de internamiento para extranjeros, lo que supone que haya unas treinta y una mil personas detenidas solo por el hecho de no tener papeles. Algunas permanecen hasta dieciocho meses en estas prisiones en las que no son infrecuentes los casos de maltrato físico y discriminación.

De vez en cuando grupos de inmigrantes inician huelgas de hambre para protestar por su situación. Demandan atención pública con la esperanza de que nuestras sociedades se den cuenta de que estamos legitimando la exclusión e incluso formas de semi esclavitud que sufren todos aquellos que trabajan sin papeles, con sueldos muy bajos y sin disfrutar de derechos laborales mínimos.

Hace unas semanas un grupo de inmigrantes del centro de detención de Barcelona se puso en huelga de hambre para condenar la relación que nuestra sociedad establece entre inmigración e inseguridad. También recientemente hubo una protesta en el centro de detención de Aluche, en Madrid, después de que un inmigrante denunciara agresiones físicas por parte de la policía.

Todo esto está pasando aquí y ahora. A la vista de su escasa repercusión podría pensarse que los círculos de poder político y económico tienen interés por perpetuar esta situación. Cuanto más tiempo aplacemos las cuestiones urgentes más difícil será conseguir un mundo menos perverso.