El minotauro anda suelto

La inseguridad alimentaria provocó en 2007 y 2008 protestas en más de 37 países, a causa, entre otras razones, de la subida del precio de los alimentos, producto básico para la vida.

Crisis del pan en Egipto, 2008 (AP)

La especulación financiera fue una de las causas de ese aumento de los precios. Los fondos de inversión apostaron a los productos alimenticios, compraron y almacenaron apostando al alza. Es decir, especularon.

No dudaron en llenar sus bolsillos a riesgo de provocar más hambre. Se calcula que un diez por ciento de las subidas de precios se debió a dicha especulación.

Los precios subieron también porque una parte de la producción alimenticia no se destina en la actualidad a alimentar a los seres humanos, sino a la producción de agrocarburantes.

Según un informe interno del Banco Mundial filtrado en 2008 por el diario británico The Guardian, el 75% del repunte de los precios de los alimentos se debió a los agrocarburantes.

El etanol se produce con cereales (AP)

La Unión Europea ha establecido que el diez por ciento de los hidrocarburos que se consuman de aquí al año 2020 serán agrocarburantes y Estados Unidos se ha puesto como meta el quince por ciento de aquí a 2017.

Por ello hay países que han optado por producir más agrocarburantes que alimentos (lo que ha provocado en algunos casos la reducción o desaparición de cultivos autóctonos y el desplazamiento obligado de poblaciones).

Como explica Ignacio Ramonet en su libro “La catástrofe perfecta”, el Fondo Monetario Internacional indica que entre el 20 y el 50% de la cosecha mundial de maíz y colza ya fueron derivados a la elaboración de carburantes.

A esto se añade el cambio de los hábitos alimentarios debido al incremento del nivel de vida en países como India, Brasil o China. Las nuevas clases medias consumen de manera más habitual cerdo o pollo, lo que implica aumentar su cría.

Esto supone que un porcentaje mayor de maíz, soja u otros cereales estén destinados a alimentar a estos animales en vez de alimentar a los seres humanos.

En las dos últimas décadas la asistencia a la agricultura en los países del Sur se ha reducido en un cincuenta por ciento.

De todos los países ricos, solo Luxemburgo, Dinamarca, Noruega, los Países Bajos y Suecia han alcanzado o superado el objetivo – y el compromiso- de destinar el 0,7% de su producto interior bruto a la ayuda a los países pobres.

Para controlar la crisis financiera, los gobiernos, bancos centrales y grandes instituciones no han dudado en ofrecer cientos de miles de millones de euros, pero para acabar con la crisis alimentaria y salvar millones de vidas humanas, las medidas han sido tímidas e insuficientes.

Ración única de comida en Malawi (AP)

Intermón Oxfam y Amnistía Internacional denuncian que solo entre septiembre de 2008 y marzo de 2009 los países desarrollados aportaron 18 billones de dólares para el rescate del sector financiero, una cifra que supera en más de trescientas veces la estimación del gasto anual adicional necesario para garantizar el cumplimiento de los Objetivos del Milenio establecidos por Naciones Unidas para luchar contra la pobreza extrema.

O, dicho con otro dato, ofrecido por la Campaña del Milenio de Naciones Unidas, solo con el 1% de los recursos aportados para el rescate de las entidades financieras en 2009 podría erradicarse el hambre en el planeta.

Con estas cifras y con estos precedentes es lógico que los ciudadanos se pregunten si hay voluntad política -y voluntad en el ámbito del poder económico y financiero- de perseguir un mundo más justo e igualitario, de evitar que casi mil millones de personas pasen hambre, que ocho millones de niños mueran al año a causa de la falta de alimentos.

A tenor de las medidas adoptadas hasta la fecha por los gobiernos para evitar nuevas crisis alimentarias, la respuesta está bastante clara.

El dinero, por encima de los seres humanos.