El minotauro anda suelto

Policía reteniendo a la única persona de raza negra que pasaba por la calle. Madrid, septiembre 2010. (O. R.)

“La emigración es la experiencia que mejor define nuestro tiempo”, John Berger.

Los gobiernos de los países más ricos del mundo practican una política destinada a favorecer a las entidades financieras a base de sacrificar a los ciudadanos.

Esas entidades financieras a su vez ejercen actividades cuyo único fin es enriquecerse aún más, a costa de la economía de los trabajadores e incluso de otros Estados.

La diferencia entre ricos y pobres es cada vez mayor, y la voracidad de los especuladores y multinacionales es insaciable.

Para acumular más riqueza son capaces de provocar desplazamientos de poblaciones, eliminar cultivos locales, usar cereales como combustible, imponer el pago de deudas astronómicas a los países más pobres, obligar al pago de aranceles e impuestos astronómicos para aquellos productos que pueden hacerles competencia, emplear mano de obra barata de usar y tirar y, en definitiva, contribuir al fomento de políticas al servicio del dinero y no de los seres humanos.

Las mercancías circulan libremente, pero las personas no.

Es así como hemos llegado a la situación actual, en la que, como si de una terrorífica película de ciencia ficción se tratara, nos cruzamos a diario en el metro, en la calle, en las plazas, en los locutorios, con redadas policiales discriminatorias en las que los agentes SOLO retienen y SOLO exigen identificarse a aquellas personas que presentan rasgos raciales diferentes a los caucásicos.

Como tantas otras veces, el pasado mes de septiembre dos agentes de la policía nacional -un hombre y una mujer- realizaron un control de identidad en el barrio madrileño de Lavapiés en el que solo solicitaban documentación a los ciudadanos de raza negra que pasaban por allí. Yo salía con mi hija de una guardería. Observé de lejos a aquellos dos agentes, que en ese instante solicitaban sus documentos a un chico del barrio al que conozco de vista. Me acerqué y pregunté suavemente lo siguiente:

-¿Se lo van a llevar?

La contestación que recibí, en estéreo, fue larga y agresiva. Ella me reprochó que me metiera donde nadie me llamaba, mientras que él repitió tres veces que me debería dar vergüenza, “con un bebé en brazos!!!!”. Tratando de disimular cierto temor causado por su reacción sin duda desproporcionada, repliqué en voz baja que como ciudadana tenía derecho a preguntar y les informé de que además era periodista.

-Usted no tiene derecho a nada, fue la respuesta. -Váyase ya. ¿O acaso este hombre es familiar suyo? No, ¿verdad?, añadió el agente a voz en grito con una sonrisa sarcástica.

-No lo es, pero le conozco del barrio y quiero saber si lo van a arrestar.

-Fuera de aquí si no quiere problemas! me gritaron de nuevo. Me alejé unos metros y telefoneé a un amigo abogado para asegurarme del procedimiento adecuado a llevar a cabo en estos casos.

A menudo los inmigrantes sin papeles son conducidos a los CIE´s, centros de internamiento para extranjeros, lugares donde son recluidos y privados de libertad durante un máximo de sesenta días a pesar de no haber cometido delito alguno.

Durante ese periodo se exponen a ser deportados, aunque muchos terminan siendo puestos en libertad, ya que los Estados, aunque no lo admitan en público, no desean deshacerse por completo de una mano de obra barata sin derechos como es la de los inmigrantes sin papeles.

Por eso cuando alguien sin papeles es detenido es conveniente informarse con rapidez del CIE al que es trasladado, para que disponga de un abogado, de una defensa y de un seguimiento lo antes posible por parte de sus familiares y amigos.

También es recomendable telefonear al Defensor del Pueblo, 91 432 79 00, para que la instituciones tengan constancia de lo que pasa y puedan hacer algo cuanto antes.

Aquél día el chico retenido no fue arrestado por no tener papeles. ¿Habría quedado en libertad si no hubiera habido testigos?

Control policial en el metro de Plaza Castilla, noviembre de 2010. (Olga R.)

La pasada semana fui retenida por la policía en una estación de metro de Madrid por haber fotografiado con mi teléfono móvil, a bastante distancia, un control en la que dos agentes estaban pidiendo documentación en función de los rasgos físicos de los transeúntes. Solo paraban a las personas de raza negra o latina; la estigmatización era evidente.

El mensaje público que se lanza con estas operaciones policiales es que una persona es sospechosa por el mero hecho de tener un color de piel determinado.

Me interrogaron en público, me arrebataron el móvil, me pidieron que les mostrara las fotos que había sacado y me ordenaron que las borrara ante la mirada curiosa de algunas personas que pasaban por allí.

Hay profesionales del periodismo, fotógrafos comprometidos con su tarea al servicio de la sociedad, que han sido incluso arrestados por fotografiar la realidad, un ejercicio al que tienen derecho. Hemos hablado de ellos en más de una ocasión.

También hay ciudadanos que solo por haber hecho preguntas durante una redada han sido acusados de alterar el orden público.

Los controles de identidad selectivos -en función de los rasgos físicos- sobre población inmigrante son ilegales; la policía solo puede establecer controles de identidad en los casos de indicios de comisión delictiva.

Del mismo modo algunas de las leyes sobre inmigración de la Unión Europea resultan absolutamente amorales y sumamente peligrosas para la convivencia y para el mantenimiento de valores basados en la igualdad y alejados de una xenofobia que cada vez más se introduce en el debate público con mensajes como los lanzados por algunos grupos políticos durante las elecciones catalanas.

Sin embargo, ciertas prácticas están ya institucionalizadas. El pasado mes se llevó a cabo de manera conjunta en toda Europa la operación Hermes, con el objetivo de medir la coordinación entre los Estados ante la inmigración irregular.

Durante siete días se reforzó la vigilancia de las “posibles rutas de entrada, estaciones de tren, autobuses y puertos”.

Son habituales operaciones de estas características cuyo fin es la detención de los sin papeles. Para conseguir esa meta la policía realiza los controles selectivos de documentación en función de los rasgos físicos de los ciudadanos.

No es algo que denunciemos solo los ciudadanos y los afectados. Dos circulares policiales filtradas a los medios de comunicación en 2009 y 2010 avalan las detenciones preventivas de inmigrantes que no lleven documentación en ese momento aunque estén en situación regular. Sin embargo, el Ministerio del Interior sigue sin reconocer esta realidad de fácil comprobación.

Basta con mirar alrededor en la calle, en las plazas, en el metro, en una parada de bus de camino al trabajo. Basta con levantar la vista.


¿Qué  podemos hacer los ciudadanos que presenciemos redadas y controles de identidad a extranjeros por el simple hecho de serlo?. La organización Ferrocarril Clandestino tiene algunas sugerencias en esta página titulada Nueve ideas para no quedarse de brazos cruzados. Entre otras cosas, recomienda:

Como buen/a ciudadano/a responsable puedes acercarte con sigilo y buenas maneras para informarte sobre lo que ocurre. Si es oportuno, puedes recordar a la policía su misión de “proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana” de todas las personas, sin excepciones, claro.

 

Desde luego no se trata de obstruir, ni de entorpecer ¡faltaría más! Sólo de facilitar que se cumplan sus principios de actuación, por ejemplo: no discriminación racial y desobediencia de órdenes superiores contrarias a la ley“.

También ofrece un teléfono de urgencia del Defensor del Pueblo en el que se puede poner una queja al instante con tan solo marcar:

91 432 79 00, para que la instituciones tengan constancia de lo que pasa y puedan hacer algo cuanto antes.

BRIGADAS VECINALES DE OBSERVACIÓN

Hace unos meses surgió otra interesante iniciativa desde varias organizaciones sociales y de barrio que ha desembocado en la creación de las Brigadas Vecinales de Observación de Derechos Humanos, con el objetivo de articular una respuesta organizada a los controles permanentes dirigidos contra las personas inmigrantes.

En este vídeo explican con detalle la labor de las Brigadas.

Imagen de previsualización de YouTube

Son respuestas que aparecen ante los abusos y el acoso policial contra los inmigrantes. Ser una persona sin papeles no es un delito. Sin embargo, vivimos en un Estado que se comporta como si lo fuera: la nueva ley permite encerrar hasta sesenta días a los sin papeles en los llamados centros de internamiento para extranjeros, un eufemismo empleado para denominar a las cárceles para inmigrantes indocumentados.

Nos echamos las manos a la cabeza cuando oímos que en Arizona se realizan controles de identidad xenófobos. Pero ignoramos que en nuestro propio país la Dirección General de la Policía y la Guardia Civil admitían hace un año la existencia de directrices para efectuar cada semana un número determinado de  detenciones de extranjeros en situación irregular.

En España se practican de manera habitual controles de identidad a extranjeros en lugares públicos, locutorios, estaciones de metro o autobús, plazas, etc.

Diversas organizaciones en defensa de los derechos humanos de los inmigrantes han denunciado la existencia de la identificación indiscriminada de personas en función de sus rasgos.

EL CASO ROSALIND WILLIAMS LECRAFT

España ya ha sido sancionada por un control de identidad racista. En 1992, Rosalind Williams Lecraft, originaria de Estados Unidos y nacionalizada española en 1969, fue objeto de un control de identidad en la estación de tren de Valladolid. Fue una medida que la policía no efectuó a ninguna otra persona que entonces se encontrara en aquel lugar. Rosalind se sintió discriminada y presentó una querella.

Tras ser desestimada por el Ministerio del Interior, por la Audiencia Nacional y por el Tribunal Constitucional, el Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas le dio la razón en 2009 al determinar que las características del color de su piel fueron “el elemento determinantes para sospechar que estuviera en la ilegalidad”.

El Comité estableció que cuando las autoridades de un país efectúan controles de identidad, las características físicas o étnicas no pueden ser consideradas como un indicio de su residencia ilegal en un territorio.

Sin embargo, el acoso policial a los inmigrantes en función de su raza o color ha continuado. En Madrid hay diversos lugares recurrentes para los controles de identificación: los barrios multiculturales, Vallecas, Usera, Aluche ,Cuatro Caminos o plazas donde se reúnen inmigrantes en busca de trabajo.

Estos controles y detenciones suponen de hecho relacionar inmigración con delincuencia en un momento en el que algunos gobiernos europeos echan mano de discursos y medidas xenófobas con la intención de desviar la atención de la crisis económica.

Diversas organizaciones sociales y en defensa de los derechos fundamentales consideran que los ciudadanos no pueden permanecer impasibles ante las redadas con tintes racistas y las detenciones diarias de personas por una simple falta administrativa, como es el no tener papeles. Y condenan la práctica de políticas de miedo para acallar las denuncias contra estas redadas y contra las medidas que criminalizan a un grupo determinado tan solo por su color, por su raza o por su falta de papeles.

Redada policial contra inmigrantes sin papeles (AP)

La imagen de un policía cacheando en la vía pública a una persona negra o de rasgos indígenas ayuda a mantener estereotipos racistas a través de los cuales se identifica una raza con una tendencia a la delincuencia, cuando no existe ningún delito en el hecho de no tener papeles -y, además, hay muchos sin papeles blancos y sin rasgos étnicos determinados que pasan sin embargo más desapercibidos ante la mirada sesgada de algunos policías- y sí hay sin embargo crimen moral en la legislación que trata de estigmatizar a un grupo por el simple hecho de no tener papeles o de criminalizar a quienes no renuncian a la hospitalidad.

Lo sabe bien el párroco de la iglesia de San Carlos Borromeo de Entrevías, Javier Baeza, quien ha presentado varias denuncias por identificaciones policiales irregulares de inmigrantes, una de ellas practicada en su propia casa, en la que da cobijo a algunas personas sin papeles.

Lo sabe el fotógrafo Eduardo León, quien ha sido detenido en dos ocasiones por ejercer su profesión: es decir, por fotografiar los controles policiales a inmigrantes.

Y lo sabemos todos aquellos que no estamos dispuestos a dar la espalda al extranjero, ya que en la buena educación y en el buen saber de todas las culturas está el acoger con hospitalidad, comprender para conocer y ampliar conocimientos y amistades y menguar así prejuicios y falsas creencias.

Lo otro es el sálvese quien pueda, el “nos ha tocado la casilla de los privilegiados, estamos salvados!”. Lo otro es la puerta cerrada, el muro elevado, ventanas de espino, rostros de cemento.


Que alguien intente ayudar a los otros sin buscar a cambio beneficio económico alguno puede resultar actualmente un hecho extravagante, extraño, excepcional; que una persona crea y luche por el principio de la igualdad puede ser considerado naif, pueril, absurdo, tonto; que un hombre o una mujer proteja, ayude y acoja a extranjeros sin papeles puede ser y de hecho es un gesto castigado en Europa con multas de hasta 10.000 euros e incluso con penas de cárcel.

Quienes socorran e intenten salvar la vida de naúfragos inmigrantes en el mar se pueden enfrentar a años de prisión o al secuestro de su propio barco. Cuesta menos pasar de largo, ser indiferente. Vivimos en una época en la que la hospitalidad, en determinados ámbitos, es criminalizada, cuando lo realmente criminal debería ser la indiferencia.

Decía John Berger que aceptar la desigualdad como natural es convertirse en un ser fragmentado, es no concebirse a uno mismo más que como la suma de un conjunto de conocimientos y necesidades.

Sin embargo, el funcionamiento de nuestros países se asienta sobre la asunción de la desigualdad: explotamos materias primas de terceros, aupamos o derrocamos gobiernos de otros en función de nuestros propios intereses, elevamos muros para impedir el paso de inmigrantes y de aquellos productos que hacen competencia a los nuestros, mientras permitimos la libre circulación de mercancías, dinero, armas, divisas, turistas.

Al hilo de esto, recomiendo una lectura: Mamadú va a morir, un ensayo sobre la inmigración en el Mediterráneo, escrito por el periodista italiano Gabriele del Grande y publicado en España por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. En su brillante prólogo el filósofo y escritor Santiago Alba Rico señala que en este mundo actual solo se puede viajar en dos direcciones: o contra los otros o hacia los otros. Reproduzco algunos párrafos:

Por muy variada que nos parezca la oferta de las agencias de viaje y por muy abigarrados y coloridos que se nos ofrezcan los mapas, en este mundo solo se puede viajar en dos direcciones: o contra los otros o hacia ellos. Contra los otros, el así llamado Occidente no deja de organizar expediciones militares y cruceros de lujo, viajes de negocio y rallys espectaculares, operaciones de bolsa y visitas a las Pirámides. El viaje hacia los otros, por el contrario, es sistemáticamente impedido, desacreditado o despreciado.

Bajo el capitalismo globalizador, incompatible con plazas abiertas, asambleas y ágoras, solo hay dos “lugares” antropológicos de inscripción individual: el “pasillo”, utopía ultraliberal de la circulación sin obstáculos, y el “muro”, que revela su fracaso. En el Pasillo giran sin cesar las mercancías, las armas, la información, el dinero, los turistas. En el Muro se quedan enganchados una y otra vez los pobres, los “terroristas”, los inmigrantes. (…)

Contra los otros, vamos blandamente y reclamando gratitud y recibiendo aplausos; hacia los otros se va a trompicones y pidiendo disculpas y recibiendo azotes.

El turista entra en África como los acuerdos comerciales y las directivas europeas, desde el aire y desde lo alto, en avión o crucero de lujo, y se comporta -y es tratado- como si procediese de su alma el valor de sus divisas.

Al inmigrante se le obliga a entrar en Europa a ras de tierra y por agujeros, como las ratas y los insectos, y tiene que hacerse perdonar, con sumisión y bajos salarios, su irreductible condición animal ( y la necesidad que tienen de él).

Bajo el capitalismo globalizador solo hay ya dos posibles desplazamientos en el espacio, en direcciones opuestas y paralelas: el turismo y la emigración. (…)

Los turistas viajan encerrados en confortables lager, clientes de su propia prisión; los inmigrantes, hasta que se les encierra por existir, son libres. (…)

Los turistas visitan; los inmigrantes viajan. Los turistas están siempre llegando a sí mismos; los inmigrantes progresan y arriesgan. (…)

Los turistas, porque tienen papeles, no son “personas”, sino puras personificaciones de un Estado soberano que avala su pasaporte y su moneda; los inmigrantes sin papeles (porque se han desecho de los de origen y no han recibido otros en destino), abandonados por sus Estados infra soberanos, cuerpos completamente a la intemperie, son individuos puros. Los turistas son abstracciones colectivas; los inmigrantes, concreciones individuales.

Los turistas, por eso mismo, son locales, nacionales, para-humanos; los inmigrantes son el hombre desnudo y total. La condición universal que Marx atribuía al proletariado, la encarnan hoy, y por las mismas razones, los inmigrantes.(…)

Que los inmigrantes sean emprendedores, obstinados, aventureros, que sientan nostalgia y tengan raíces garantiza la “selección natural” de nuestra mano de obra semiesclava, asegura en los países de origen la reproducción de un ejército inmigrante de reserva mantenido por las remesas del exterior (sin gastos sociales para los Estados africanos dependientes y corruptos) y conjura el peligro de revoluciones y cambio políticos “desestabilizadores” en el Tercer Mundo. (…)

El resultado es éste: en una dirección hay 160 millones de inmigrantes en todo el mundo que han dejado sus países para levantar casas, recoger cosechas y cuidar ancianos, y nosotros los recibimos a palos. En dirección contraria hay 600 millones de turistas -casi siempre los mismos- que todos los años van a fotografiar fotografías, reforzar dependencias neocoloniales y desbaratar recursos económicos y culturales y exigen y obtienen a cambio reconocimiento y protección. (…)

Viajar hacia los otros o contra ellos es una decisión de la que no dependen solo la vida de miles de africanos, asiáticos y latinoamericanos: de ella depende también nuestra propia dignidad de humanos civilizados; es decir, la supervivencia misma del planeta: de sus rosas, sus pájaros, sus leyes y sus hombres.”

Una lectura muy recomendable.


Hay un Madrid de grandes edificios de oficinas, de hombres de traje y de negocios, donde se tejen los entresijos de las finanzas y el poder. Hay otro Madrid sin corbata, donde se manejan los designios del corazón humano. En uno se controla la banca, el poder político y económico, la composición de los grandes lobbies, la concesión de permisos para entrar en el club de los ricos y poderosos. En el otro las únicas acciones de alto riesgo son los enamoramientos veraniegos, las pasiones primaverales y las tardes creativas a la sombra de un árbol.

En el primero abundan las luces de neón de las oficinas, la rigidez de horarios, los colmillos afilados; en el segundo la amistad se cultiva sin intereses ni euribor en una escala de valores bursátiles con amplio espacio para la solidaridad sin porcentajes.

Pablo Adrián Rodríguez, conocido como el Pampa, pertenece sin duda -y con orgullo- a este último Madrid. Pero no siempre ha vivido aquí.

Pablo Rodríguez durante un homenaje a Mario Benedetti y Mercedes Sosa

Pablo procede de Trenel, un pequeño pueblo de la Pampa. De ahí el origen de su apodo. Como buen soñador, a los 17 años abandonó su ciudad natal para ir a estudiar a Buenos Aires una carrera universitaria en la que abundan los cínicos y los altruistas: Periodismo. Él pertenece a la segunda categoría. Quizá por eso no aguantó mucho en la profesión.

“Salí de la Facultad pensando que los periodistas éramos los amos del universo, pero me decepcioné enseguida con el medio, con los periodistas que cobraban coimas (sobornos), con alguna gente a la que le daba lo mismo todo.”

Pablo ganaba un sueldo digno, con el que podía pagar su casa, hacer regalos a su madre y a su abuela, ir al cine, viajar. Pero se hartó. Su decepción con el periodismo alcanzó cotas altas.

“Y decidí dejarlo todo y venirme a España. Pensé que lo iba a llevar bien, porque ya había tenido un desarraigo anterior al abandonar mi hogar para irme a Buenos Aires, pero ahora digo que aquello más que desarraigo fue desarraiguito. Mi primer año en España fue complicado, cambiar de país, eso sí es un desarraigo. Recuerdo el día en que me quedé sin papeles, a los tres meses de llegar. Pasé a estar en situación ilegal.”

“También me resultó duro tener que romper algunos códigos de conducta: aquí la forma de entenderte y relacionarte con la gente es otra. Es inevitable, siempre comparas. Estás metido ahí con tu desarraigo y piensas a veces: “estos gallegos, qué maleducados”, o “aquí nadie trabaja”, o” ¿por qué me dicen “¿qué hay?” para decirme hola?”.

“Era una época en la que estaba en un hostal en la Gran Vía, recuerdo que el primer día me levanté a las seis de la mañana para comprar el Segunda Mano, me dije: echo un vistazo a los anuncios de piso y a las ocho de la mañana empiezo a llamar por teléfono, y ché, me encuentro que a las seis estaba todo cerrado, y a las ocho aún nadie cogía el teléfono y a las diez ya está la gente tomándose su cañita, y aquello no estaba dentro de mi lógica; qué poco trabaja esta gente, pensaba yo”.

“Con el tiempo te vas adaptando y así comprendí que estas cosas son calidad de vida. Que no tener que levantarte a las seis es calidad de vida.”

“Hay otras cosas que me costó entender. Por ejemplo, la gente me decía: Nos vemos en el bar. En Argentina la gente queda en su casa, todo el mundo invita a la gente a casa, en tu casa, en la mía, y aquí solo en el bar y yo pensaba: No valgo la pena ni para que me inviten a su casa”.

Pablo ha trabajado en España como aparcacoches “sin haber tenido un coche en mi vida”, como teleoperador, como vigilante de seguridad, “quién me iba a decir a mí” o en un piano bar, “lo llamaban así, en una zona rica de Madrid, me ponían a servir con camisa blanca, pajarita negra, y yo hasta entonces solo me había servido a mí mismo.”

“Creo que mi mayor deshonra fue trabajar como detective privado, me sentí mugre, renuncié esa misma tarde. Trabajé también en los autos chocados, estaba ahí 14 horas diarias, de tres de la mañana a ocho de la tarde, no caminaba, quieto todo el día y la cabeza en esas situaciones te camina a pasos agigantados”.

Te preguntás: a qué vine, estoy a la intemperie. En fin, hay horas de lágrimas…

“Lo de reunir dinero nunca fue mi obsesión. Gente con menor preparación académica que yo viene a España, reúne euros, está tres años solo gastando para comer y para llamar a Argentina los domingos y luego vuelve y se compra una casita en una villa miseria. Pero yo no he venido con un objetivo claro y esto es difícil de entender sobre todo para los de allá.”

Para mí mi gran riqueza son mis cien películas y cd´s y mis libros, no necesito más.

En sus ratos libres Pablo trabaja como asesor jurídico en una Oficina de Derechos Sociales, atendiendo a inmigrantes sin papeles: les ofrece herramientas legales para defenderse. Da charlas y conferencias sobre la situación de la inmigración en España y sobre el centro de internamiento de extranjeros de Aluche.

Conoce los pormenores de la nueva Ley de extranjería, los informes sobre el CIE de Aluche o la Directiva europea sobre inmigración; viene con la herencia de los movimientos sociales argentinos, de la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo, con la conciencia de alguien que conoce y sabe y difunde la importancia de la justicia universal.

Pablo Rodríguez saludando a un amigo

Es difícil saber cómo logra tener tiempo para todo, pero lo cierto es que, además de todo lo anterior, el Pampa participa activamente en las actividades de la Casa del Barrio de Carabanchel: recientemente organizó un homenaje a sus admirados Mario Benedetti y Mercedes Sosa, logró reunir a cantautores, actores, poetas, consiguió que participaran todos los presentes, cantando, recitando, riendo y llorando, porque allí no logró retener las lágrimas nadie. Corre la San Silvestre vallecana todos los años y  juega al fútbol en un equipo local que participa en el campeonato del barrio.

Tiene un blog en el que ofrece claves sobre la situación de los inmigrantes en nuestro país, reflexiona sobre la situación de la política internacional y nacional, e incluso se ríe de sí mismo, con una mezcla de nostalgia e ironía, cuando relata anécdotas de infancia y juventud en su pueblo, con fotos incluidas de aquella época. Destila ternura a raudales.

Desde que consiguió el permiso de residencia -los papeles- solo ha regresado una vez a Argentina. Pensó en quedarse, pero sintió que aún no había llegado el momento.

Volver con la frente marchita… -canturrea- Nunca se descarta, no creo que nadie descarte volver. Hay cosas de la vida cotidiana que he perdido y que extraño enormemente. Desde luego si decido volver será una decisión sentimental. Pero de momento siento que mi ciclo aquí no está cerrado. Siempre me guío por el corazón. Ahora bien, si no visito más es por falta de dinero, no porque no eche de menos…”

El Pampa se lamenta a veces de no poder ejercer el periodismo. Es su espinita clavada. Pero lo cierto es que a muchos nos informa de una ciudad y unas vidas que no conoceríamos de otro modo. De rincones y movimientos sociales que no aparecen en los medios de comunicación. Nos recuerda que la calidad humana mueve montañas y despierta corazones. Como dice en su blog y en su firma electrónica en los e-mails que envía, “El orden de los Estados entiende cada vez menos del desorden de los corazones”.

En una época en la que se abusa de los corsés sociales y actitudes preventivas defensivas -o incluso ofensivas- es de agradecer que alguien vaya por la vida sin escudos ni cinismos, con los brazos abiertos. Lo mejor de todo es que esa actitud es contagiosa. Hagan la prueba.


Estos días la Parroquia San Carlos Borromeo (Entrevías, Madrid), celebra las jornadas “África entre nosotros”, con charlas, conferencias y la exposición de fotografía “El Muro del Atlántico”, de Juan Medina, premio World Press Photo 2005, entre otros galardones. El trabajo de este fotoperiodista habla por sí solo. He aquí unos ejemplos:

Horario de la exposición: Todos los días de 10:00 a 13:00 y de 18:00 a 21:00, excepto domingos por la tarde. Hasta el nueve de junio.

Una pareja con su bebé dentro de un vehículo de la Guardia Civil / Juan Medina

Fuerteventura, 2004. Vuelca la barca en la que viajaban 40 personas. Algunas logran agarrarse a los salvavidas lanzado por los equipos de rescate. Murieron once personas. /Juan Medina

La sal y la arena en el rostro de este inmigrante indican la dureza de la travesía que ha realizado / Juan Medina

Una niña llora a puerta del Centro de Internamiento de Aluche, donde está encerrado su padre, a quien las autoridades policiales han asignado el número 2286 / Juan Medina

Playa de Gran Tarajal, Fuerteventura, 5 de mayo de 2006 /Juan Medina

Sidi Suguma, de Mali, llora en una comisaría de Nuadibú, Mauritania. Él y otros 35 inmigrantes fueron interceptados por la policía marroquí en el Sáhara Occidental y transferidos a Nuadibú cuando intentaban llegar a las islas Canarias /Juan Medina


Daouda Thiam en la Facultad de Derecho de la Complutense.

La primera vez que vi a Daouda Thiam fue en el salón de actos de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, en el marco de una rueda de prensa sobre inmigración. La sala estaba llena de público y de medios de comunicación. En la mesa, una catedrática de Derecho Penal, un letrado del Tribunal Constitucional, un representante de Pueblos Unidos y Daouda.

Tuve la suerte de encontrar sitio al lado de Badara, amigo de Daouda y miembro como él de la Asociación de Sin Papeles de Madrid. Eran los dos únicos inmigrantes sin papeles de la sala. Cuando Daouda empezó a hablar Badara se emocionó un poco. Me miró y me dijo orgulloso: “Es amigo mío”. El discurso de Daouda fue contundente. Se hizo un silencio absoluto a medida que iba explicando su postura.

“Soy inmigrante sin papeles y por ello no tengo derecho a nada”, dijo. Habló de racismo, de injusticia, de esperanza. Pidió al gobierno español que garantice los derechos de todos, que actúe contra la discriminación. “Ya es hora de que destapemos el velo del silencio”, señaló. Recibió un aplauso largo. Badara sonreía satisfecho. Los dos jóvenes, uno entre el público, el otro en la tribuna, se miraron con complicidad. No es frecuente que un inmigrante sin papeles tenga oportunidad de hablar en un foro público.

Desde aquél día he quedado varias veces con Daouda y así me ha contado retazos de su vida.

EL VIAJE

Daouda tiene 25 años y es de Senegal. De Dakar. Allí vivía con su padre y sus hermanos. Su madre murió hace ocho años. “Era una madre para todo el barrio, no solo para nosotros”, me cuenta. “Los domingos preparaba comida para todo el vecindario, y no había niño que no viniera a probarla”.

Daouda tenía su propio taller de ebanistería. No le iba mal, pero tampoco demasiado bien. Cada vez sentía más ganas de irse, de conocer otros mundos. “Desde niño soñaba con viajar”, explica.

Si un senegalés quiere viajar a Europa como turista necesita tener una cuenta bancaria con al menos 10.000 euros para conseguir un visado. Daouda no disponía de semejante cantidad. Así que pospuso la idea de venir a España. Pero en 2006 Senegal alcanzó un acuerdo con el gobierno español para repatriar a un millar de senegaleses y reforzar la vigilancia en las costas. Muchos jóvenes entendieron que aquello dificultaba enormemente sus posibilidades para instalarse en Europa, y concluyeron que debían reaccionar con rapidez antes de que la vigilancia policial aumentara.

“Mi padre no quería que yo me fuera. En aquella época varios vecinos de mi calle murieron en una patera, y los padres del barrio tenían aquello muy presente. Pero en 2007 el control policial aumentó y yo me dije: Si no lo hago ahora puede que ya no pueda hacerlo nunca”.

Así que Daouda se fue de casa diciendo que iba a comprar madera a la costa de Gambia, pero en realidad se desplazó al sur de Senegal.

“Había muchos militares en esa área. Estuve semanas allí hasta que encontré un modo de irme. Pagué mil euros para obtener un hueco en una patera. Salí de allí en 15 de mayo de 2007. Viajábamos 96 personas, cuatro de ellas menores de edad. Tardamos diez días en llegar a las costas españolas. Murieron tres personas en la travesía”.

Daouda se resiste a dar más detalles de aquél viaje. Dice que le resulta doloroso recordarlo.

Es una experiencia límite. Hay un antes y un después de la patera, añade.

Los 93 supervivientes de la travesía llegaron a la Isla de Hierro el 25 de mayo de 2007. Dos días después fueron trasladados por las autoridades a Fuerteventura. Allí Daouda estuvo retenido 38 días en un centro de internamiento para extranjeros, un CIE. Los CIEs son en realidad cárceles exclusivas para inmigrantes encerrados por el simple hecho de no tener papeles.

MADRID

“Después nos soltaron y a mí me trajeron en avión a Madrid, el propio gobierno español nos trae y paga ese viaje, si lo hacen es porque no quieren que nos acumulemos en la isla, o porque quizá sí que necesitan mano de obra joven, no?”.

“En Madrid fui acogido por CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado), me llevaron a un hostal para inmigrantes gestionado por la Cruz Roja”.

Ese hostal se llama Welcome, un nombre que no deja de encerrar una cierta paradoja, no porque los trabajadores de Cruz Roja no pongan la voluntad necesaria para asistir a quienes se alojan allí, sino porque las leyes de nuestro país no dan precisamente la bienvenida a los sin papeles. El Welcome es un lugar al que llegan hombres y mujeres aún en estado de shock tras haber vivido experiencias traumáticas, tras haber arriesgado al límite su vida, tras haber entregado todo su dinero para recibir a cambio una orden de expulsión inmediata del país al que acaban de llegar.

En el Welcome cada hora es eterna; cada minuto parece una hora, cada hora, un día; cada día una eternidad. Hay un espacio comunal con sala de estar, juegos para los niños y una gran televisión que sirve para aliviar la espera, la incertidumbre, la falta de opciones. Muchos de los que pasan por allí terminan siendo deportados. Otros buscan alojamientos alternativos mientras aguardan la respuesta oficial a su petición de asilo.

Daouda no estuvo allí mucho tiempo. Decidió aceptar la invitación de su primo, con casa en Madrid. “Y me quedé seis meses en su casa, pero no podía estar allí eternamente. Así que me apunté a clases de castellano en una asociación, y empecé a vender en el top manta, la única alternativa que tenemos los inmigrantes sin papeles”.

Hasta que llegué a España no sabía que si no tienes papeles no puedes trabajar. Nadie en Senegal sabía eso, yo creo.

Daouda Thiam en Madrid

SIN TRABAJO
Al poco tiempo la policía arrestó a Daouda mientras vendía cd´s. Ser mantero está tipificado como delito en nuestro país. Quienes venden copias ilegales de cd´s o dvd´s se enfrentan a penas de prisión y a multas. Además no pueden acogerse al arraigo social.

“Se considera arraigo social al de las personas que llevan tres años en España -explica Daouda, que se sabe al dedillo todas las leyes- pero quienes tienen causas pendientes pueden llevar hasta siete años en el país y no tener papeles. Nos consideran delincuentes.”

Ahora Daouda está en un piso de acogida de CEAR, donde podrá permanecer seis meses. No trabaja, porque no tiene permiso para ello. La organización le da de comer y le paga el bonometro.

“Es un círculo vicioso. Si no vendo, no tengo de qué vivir, pero si vendo y me pillan me arriesgo a no conseguir nunca los papeles. Así que estoy de brazos cruzados”.

LAS PERSONAS Y LOS PAPELES

“Tengo ganas de hacer muchas cosas, quiero trabajar como ebanista, pero no puedo hacer nada por no tener papeles. No quiero perder el tiempo en mi vida y ahora lo estoy perdiendo. Hay gente que piensa que por ser inmigrantes somos discapacitados, que no somos normales, que no podemos hacer nada.

Y yo lo que digo es que las personas son más importantes que los papeles.

“Me duele no poder enviar nada a mi familia. Allí todos pensamos que Europa es perfecta, que es un paraíso, que si sabes un oficio te van a valorar. Es muy difícil explicar que no te dejan trabajar, allí no se entiende.”

“Cuando llegué a España llamé desde un locutorio a mi padre para explicarle dónde estaba, lo que había hecho. No se me olvida esa conversación. Mi padre me contestó esto: “No hagas nada malo. Lleva tu dedicación allá donde estés. Sé como eras en Senegal, no cambies, sigue siendo mismo.” Se pensaba que aquí me iba a convertir en rico, yo creo. No le puedo contar mis dificultades, él piensa que aquí me va bien, yo tomé la decisión de venir y tengo que asumir en soledad las consecuencias”.

Daouda es uno de los miembros fundadores de la Asociación sin papeles de Madrid. Como todos sus integrantes, lleva un carné que dice así:

“El titular de esta tarjeta participa tanto de la actividad social como asociativa de Madrid y tiene arraigo social. En caso de detención se ruega a la autoridad competente que facilite que esta persona se ponga en contacto con miembros de la asociación. Gracias por su colaboración”.

El día que me enseñó ese carné estábamos tomando un café en una plaza céntrica de Madrid. Al cabo de un rato entró una mujer, ví que Daouda la miraba mucho: “¿No sabes quién es?”, me preguntó. Contesté: “Ni idea”. Me susurró al oído, con cierto entusiasmo: “Es la que ha ganado el concurso de televisión Pasapalabra, soy fan de ella, es muy buena, acertaba todo, no sabes lo buena que es”. Para arraigo social, el de Daouda.

Daouda con la ganadora del concurso de televisión

Terminamos abordando a la mujer que, efectivamente, era la ganadora del concurso -obtuvo más de 222.000 euros- y que se mostró encantada de hacerse una foto con nosotros, mientras Daouda le explicaba que había aprendido muchas palabras nuevas en castellano viéndola en la tele.

Tras ello, proseguimos nuestra conversación.

“No tengo derecho a hacer cursos de desempleado tampoco -me contó Daouda- Hace unos meses una ONG me permitió hacer uno, pero tenía que ser de electricista. Entre los alumnos había españoles, extranjeros con papeles y algunos sin papeles. El curso duraba seis meses. Cuando llevábamos un mes a los sin papeles nos dijeron que no podíamos seguir y nos dieron el título de ayudante de electricista. Yo dije: “pero quiero el de electricista! No puedes, porque no tienes papeles”.

YA’PALANTE

Daouda es bilingüe, habla francés y wolof, idioma que se usa en Senegal y Gambia. Además, domina el castellano. Va a clases todas las semanas en la asociación y en breve colaborará como profesor en el curso de iniciación.

“Si me quedo en España será mi tercer idioma. Si no, quizá lo olvide”, dice riéndose.

Hay una palabra en wolof que significa solidaridad y que se pronuncia así: “Yapalante”. Daouda dice que es como “venga, pa adelante”. Una casualidad hermosa.

“Con solidaridad se avanza, ese es mi lema. La gente olvida rápido. Ojalá que yo salga adelante y no olvide, porque si lo olvido no tendré sentimientos para los demás.La gente que no tiene nada es más generosa, tiene un sentido más desarrollado de la colectividad, sabe compartir. Cuanta más riqueza hay, menos sentimientos. Hay gente a la que no le importa si el vecino está sufriendo, y es porque no entienden qué es sufrir y así nunca sabrán ayudar. Hay que saber actuar en colectividad, acercar a las personas”.

Y concluye: “Cuando estoy solo en casa pienso en mi vida, en mi familia, en mi futuro, a veces me siento muy solo aquí, pienso que nadie me quiere y no puedo dormir, pero luego me acuerdo de que tengo amigos españoles que me apoyan, y eso me da fuerza”.


*Algunos de los nombres que aquí se mencionan han sido modificados a petición expresa de las personas que aparecen en este reportaje.

Hay un local en Madrid donde todas las semanas se reúnen decenas de inmigrantes, integrantes de la Asociación de Sin Papeles de Madrid, una de las primeras organizaciones de España liderada, formada y gestionada en su totalidad por extranjeros sin documentos. Es un espacio pequeño pero agradable, con una mesa, unas cuantas sillas y una pizarra donde los miembros de la asociación apuntan las actividades semanales:

Lunes, asamblea; miércoles y viernes, clases de castellano; jueves, ensayo de teatro y reunión para organizar la manifestación;  lunes, de nuevo asamblea”.

Y una nota: “Los jueves, asesoría jurídica en la ODS” (oficina de derechos sociales).

No suele faltar mucha gente, porque la asociación se ha convertido en el nexo de unión de personas que, de otro modo, estarían completamente solas y no dispondrían de recursos para hacer frente a su indefensión jurídica y social.

LOS PROTAGONISTAS

Hoy es día de encuentro. La cita es a las siete en punto, pero unos cuantos jóvenes llegan antes de tiempo. Se saludan, se abrazan, chocan sus manos en lo alto y sonríen.

-Siempre es bonito encontrarse con amigos, saber que los tienes, explica Basiru, un joven senegalés.

Algunos llegan con camisetas de la asociación, con grandes letras en las que se lee Mbolo Moye Doole, que significa “la unión hace la fuerza” en la lengua wólof, que se habla en Senegal y Gambia principalmente. De la venta de esas camisetas, así como del pago de una cuota mensual, procede buena parte del dinero de la caja de resistencia de la asociación.

-Con ese dinero pagamos las fianzas de los compañeros arrestados por no tener papeles o por vender copias de cds en la calle. Es un colchón de seguridad, indica Daouda, otro de sus miembros.

La asociación nació en 2008 precisamente como reacción al encarcelamiento de varios jóvenes cuyo único delito había sido vender en el top manta. Desde el inicio contó con el respaldo de ciudadanos españoles anónimos y de juristas españoles que consideran absolutamente excesivas las penas impuestas a los manteros, quienes constituyen el eslabón más bajo y desamparado del negocio de la piratería de cds y dvs.

Junto con otras asociaciones crearon la plataforma Ni un mantero en prisión y lograron impulsar un debate social, hasta tal punto que el Gobierno ha suavizado las penas para que la venta ambulante de copias ilegales no se considere delito si el material que se le incauta al mantero es inferior a los 400 euros.

-Basiru, ¿cuánto puedes ganar al día por la venta de cds?, pregunta en la reunión Alcira Aldín, una española integrante de Ferrocarril Clandestino, que colabora con la asociación de sin papeles y que desde el inicio ha estado involucrada en la campaña contra la despenalización del top manta.

-No sé, depende del día; muy poco. Cuatrocientos euros nunca, no los gano ni al mes, contesta.

-Pero sin embargo el valor comercial de la mercancía que lleva Basiru y todos los demás suele ser siempre superior a cuatrocientos -explica Alcira- Así que en la práctica esta reforma de la normativa no sirve de mucho. Los manteros seguirán yendo a la cárcel. Los más indefensos son los que pagan con penas de prisión mientras el resto se lava las manos. Por eso nuestra campaña sigue adelante, pedimos indultos para el centenar de manteros encarcelados, y pedimos una reforma de la normativa que en la práctica suponga cambios reales.

Siguen llegando miembros de la asociación del local. Algunos comentan que un compañero, Houmad*, acaba de salir de un centro de internamiento para extranjeros, una prisión exclusiva para inmigrantes sin papeles que no han cometido delito alguno pero que aún así son privados de libertad hasta un máximo de sesenta días, solo por no tener documentos.

Al cabo de unos minutos asoma por la puerta el propio Houmad, sonriente, con la mirada cansada. Varios compañeros le rodean, le agasajan, le abrazan, le dan la bienvenida. Él se lleva la mano al corazón en señal de agradecimiento.

-Bueno, venga, vamos a empezar la reunión, dice Daouda.

-No quieren hacer un drama de todo, porque si no cundiría el desánimo -me explica Antonio, un profesor de secundaria que colabora en la asociación dando clases de castellano dos días a la semana- Todo es duro. Las redadas, por ejemplo. Algunos tienen historias terribles, no solo historias que les han ocurrido aquí, sino también en sus países de origen. Pero tienen fuerza, son luchadores.

La mayor parte de los integrantes de la asociación son senegaleses. El primero en tomar la palabra es un joven alto, espigado, elegante. Esconde su mirada bajo la sombra del ala del sombrero que lleva en la cabeza. Habla en wólof. Sus compañeros le escuchan con atención. Cuando termina, otro resume en castellano su intervención, para que los españoles que colaboran en la asociación sepan de qué ha hablado.

-Estamos pensando en organizar nuevas manifestaciones pronto, tenemos que hacernos oír, me susurra un chico que está a mi derecha. Y añade:

Tenemos oficios, y no son el de ser mantero. No nos gusta ser manteros, pero no tenemos otro remedio si queremos sobrevivir.

La asamblea dura más de una hora. En ella se tocan temas como la organización de nuevas movilizaciones, el horario de las clases de castellano o la incorporación de nuevos miembros recién llegados. Se habla también de las últimas redadas que ha habido en la zona; alguien protesta porque una vez más la policía ha pedido la documentación a un grupo de negros por el simple hecho de serlo.

Cuando termina el debate, los alumnos de castellano avanzado, cámara de vídeo en mano, entrevistan a algunos de sus compañeros. Les preguntan cuál es su nombre, su origen, el porqué de su viaje a Europa, su situación actual, sus sueños, sus deseos. Es un ejercicio más para practicar el castellano y conocerse mejor.

Me detengo a hablar con Antonio, el profesor de un instituto de secundaria que da clases de castellano en la asociación.

-Los españoles estamos en segundo plano en esta asociación – explica- Echamos una mano, pero quienes toman las decisiones son ellos. Si no, no sería una asociación de inmigrantes sin papeles, sino una asociación de ayuda a los inmigrantes sin papeles, algo muy diferente.

LOS QUE COLABORAN

Antonio conoció la asociación a través de una compañera de trabajo, María, profesora como él.

-El año anterior yo había tenido un aula de enlace en el instituto, una clase para chicos y chicas inmigrantes que acaban de llegar. Fue una experiencia que me enganchó y que eché de menos cuando terminó. María me habló de esta asociación y a la vuelta del verano nos pusimos manos a la obra. Diseñamos el programa educativo y así empecé.

Y prosigue:

-Al cabo de un mes me había enamorado por completo. No fue algo racional. Es una actividad que me aporta humanidad, amigos, relaciones humanas, es un trabajo que me satisface y enriquece.

Nuestra sociedad tiene un discurso muy autosuficiente, yo habitaba ese discurso, pero a través de esta experiencia me di cuenta de que que todos tenemos precariedades afectivas, humanas o laborales, y que los demás pueden ayudarnos a completarnos.

La comisión de educación de la asociación ha establecido dos niveles para las clases de castellano. En ellas se leen poemas y cuentos y se pide a los alumnos que relaten historias sobre sus abuelos, sus países, sus familias. Han llegado a alfabetizar a chicos adolescentes.

-El objetivo es que ellos mismos terminen siendo profesores- indica Antonio- De hecho ya hay algunos que imparten clases. Hay que tener en cuenta que tienen una preparación académica bastante buena, porque a pesar de que el tópico es otro, la realidad es que muchos de los inmigrantes que llegan a nuestro país tienen estudios de secundaria, y algunos incluso estudios universitarios.

Antonio habla de manera pausada, reflexiva. Cuando le pregunto de qué modo piensa que se podrían modificar las políticas de inmigración para conseguir sociedades más justas y solidarias, esboza un gesto de duda.

-Eso es muy difícil -contesta- A nivel macro no sé si tengo una respuesta, otras personas sí la tienen, pero mi militancia no es tan larga. Yo te puedo contestar en lo que respecta al nivel micro: Hay que extender el trabajo que estamos haciendo en las ODS (oficinas de derechos sociales), una asesoría jurídica y apoyo asumidas como algo que forma parte de tu tiempo y de tu vida. Hay que hacerle un hueco a tu barrio, potenciar el tejido social que en una ciudad como Madrid apenas existe, porque hay pocos espacios de participación.

EL RESPETO

-Y ahora añado una opinión muy personal -prosigue Antonio- Nosotros, como integrantes de una sociedad, debemos entender que una clave para la convivencia es el respeto de los procesos. Cada persona tiene un proceso, no intentemos apropiarnos de esos procesos, no intentemos diseñarlos, no digamos “hay que ir por aquí o por allá”, creo que lo que tenemos que hacer es compartir esos procesos, los intereses conjuntos, la precariedad, la identidad y su construcción.

Eso es lo que hacen los españoles que colaboran con la asociación de sin papeles. Acompañan y respetan. Los verdaderos protagonistas son los inmigrantes: ellos gestionan la asociación, ellos la lideran, ellos la organizan, ellos la integran. Es un proceso casi pionero en España. El hecho de no tener papeles no les frena. Saben que la unión hace la fuerza, que tienen derechos y derecho a exigirlos. Por ello luchan cada día.


Serie sobre inmigración. Capítulo 1.

“Hace más de un siglo, cientos, incluso miles de hombres y mujeres negros que vivían en régimen de esclavitud en los Estados del Sur de Estados Unidos emprendían un viaje incierto hacia el Norte, hacia Canadá: lejos de la economía de plantaciones y de su sistema esclavista, hacia la libertad. Cientos de hombres y mujeres negros y blancos se organizaron para dar apoyo a ese viaje, formando lo que se conocería como el «ferrocarril clandestino».

Hoy, la tierra de la libertad que por entonces era Canadá para estos hombres y mujeres negros ya no existe, pero, aún así, miles de hombres y mujeres emprenden un viaje todavía más incierto hacia el Norte, dejando atrás formas de opresión y explotación, en ocasiones simplemente en busca de un sueño o de una vida mejor. Decenas de hombres y mujeres queremos darles apoyo en ese viaje, al que tienen derecho como cualquiera.”

Así se presentan los integrantes de Ferrocarril Clandestino, una organización consciente de la grave vulnerabilidad legal y social de los inmigrantes en Europa.

“No nos limitamos a ofrecer apoyo y asistencia social a los inmigrantes -indica Pepe Ema, uno de sus portavoces- Somos algo más”.

Somos una organización política pero planteamos una forma de hacer política basada en la transformación de la vida cotidiana a través de experiencias en común entre diferentes.

De este modo Ferrocarril Clandestino ofrece a los inmigrantes clases de castellano, asesoramiento jurídico y un modo determinado de convivencia social a través de la lucha política.

“Para eso en Madrid decidimos montar una red de apoyo con gente dispuesta a comprometerse en la defensa de derechos básicos para todos.  Hicimos cuestionarios con listas de tareas y cada uno indicaba cómo estaba dispuesto a colaborar”- explica Pepe.

PRÁCTICAS RACISTAS

La organización lleva cuatro años documentando y denunciando violaciones de derechos humanos en los centros de internamiento para extranjeros, conocidos como CIE´s, cárceles exclusivas para inmigrantes que no han cometido ningún delito pero a quienes se priva de libertad por el único motivo de no tener papeles.

Ferrocarril Clandestino también analiza las actuaciones policiales en la calle.

“Hay una lógica articulada por la dirección policial, que busca que haya un número alto de personas sin papeles detenidas”.

La policía pide la documentación o detiene guiándose por el color de la piel de las personas. Estamos documentando estas actuaciones, que son racistas.

“La policía es selectiva con criterios discriminatorios. Por ejemplo, suele haber redadas en lugares donde se imparten clases de castellano a extranjeros, en asociaciones de inmigrantes, o en los centros a los que éstos acuden para solicitar su regularización”- añade.

“Se está creando un caldo de cultivo que discrimina a las personas. Es una discriminación que procede de las prácticas institucionales: Se considera personas de segunda clase a quienes no tienen papeles de residencia el regla. Nosotros estamos dispuestos a ser consecuentes con la idea de que todos los que viven y trabajan aquí son de aquí”.

CAMBIAR UN MODELO DOMINANTE

“La gente viene a España muy dispuesta a incorporarse y hacer lo necesario para poder trabajar, pero se encuentran con trabas administrativas tremendas -prosigue Pepe- Nos encontramos con apuestas vitales muy fuertes pero también con situaciones de explotación muy graves.  De este modo se reproduce un modelo social injusto que nos afecta a todos y que muchos queremos cambiar”.

Ferrocarril Clandestino quiere hacer frente a ese modelo social injusto; intentamos cambiar normas, ideas y prácticas dominantes.

Pepe considera que buscar modos de asumir la inmigración puede ser una “oportunidad para revisar en el norte el triunfo de un modelo de vida basado en la acumulación de beneficio económico por encima de todo”.

”Cambiar las condiciones de vida injustas de los inmigrantes es una cuestión que nos afecta a todos, está en juego el modelo de sociedad que queremos ser”.

Ferrocarril Clandestino elaboró hace un tiempo una práctica guía “por la libertad de movimiento” para inmigrantes con una lista de recursos gratuitos de distintas ciudades españolas y con la información legal necesaria para conseguir algunos papeles y, con ellos, el reconocimiento de algunos derechos. Su lectura es muy recomendable para todos.

A través de ella una se pregunta qué mundo es éste en el que el dinero goza de la libertad de movimientos que no tienen las personas; en el que los únicos paraísos, por el momento, son los fiscales. En el que soñar sigue siendo un viaje clandestino.


Un hombre nigeriano murió hace unos días en Suiza cuando estaba siendo deportado junto con otros inmigrantes sin papeles, como informamos hoy en periodismohumano. Sus compañeros han denunciado que la policía le había inmovilizado con tanta fuerza que apenas podía respirar.

En Reino Unido un informe independiente acaba de desvelar que varias personas solicitantes de asilo resultaron heridas graves a causa del trato recibido por las autoridades policiales.

Italia financia centros de internamiento para extranjeros en Libia en los que se practican políticas represivas y torturas y permite la creación de patrullas civiles para ayudar a los agentes a localizar inmigrantes sin papeles. Tanto Italia como España expulsan a extranjeros a países donde se registran habitualmente violaciones de los derechos humanos.

El pasado verano ciento sesenta menores iniciaron una huelga de hambre en un centro de detención en Grecia, donde estaban hacinados en condiciones lamentables.

En países europeos como Francia, Italia o Luxemburgo varios puestos de trabajo en el sector público y privado están vetados por ley a los extranjeros. Todo esto está pasando aquí y ahora.

Concentración en Madrid contra las penas de cárcel para los "manteros", marzo 2010 (Olga Rodríguez)

En Europa se ha instalado una política que criminaliza al inmigrante, al diferente. La nueva ley de inmigración europea, la llamada Directiva de la vergüenza, se basa en la exclusión y no en la integración. Legitima el rechazo al otro.

No tener papeles es una falta administrativa que puede ser castigada con estancias prolongadas en centros de internamiento de extranjeros, los llamados CIEs; su nombre es un eufemismo que oculta lo que realmente son: prisiones. Quienes acogen o empadronan a inmigrantes sin papeles se arriesgan a tener que pagar elevadas multas; algunos políticos hablan de la inmigración como si fuera un mal endémico causante de las desgracias de nuestro continente, y con esa excusa firman acuerdos con terceros países para crear cárceles de inmigrantes fuera de su territorio, levantan muros, llevan sus fronteras hasta Senegal o Mauritania para impedir la salida de cayucos y gastan sumas astronómicas en sistemas de vigilancia fronterizos.

Según la Organización Internacional para las Migraciones los veinticinco países más ricos del mundo dedican entre 25.000 y 30.000 millones de dólares al año en identificar, rechazar y expulsar a las personas sin papeles que llaman a su puerta. Atención a las cifras, porque según el Banco Mundial se necesitarían entre 30.000 y 50.000 millones de dólares para combatir la pobreza siguiendo los objetivos establecidos por Naciones Unidas.

Mientras tanto, los capitales, los productos y las comunicaciones circulan libremente. El dinero, al contrario que las personas, no necesita papeles. Las empresas transnacionales migran a los países del Sur o del Este para beneficiarse de las desigualdades sociales que el sistema imperante fomenta, porque es precisamente en ellas en las que se sostiene. Sin mano de obra barata no se obtendrían beneficios desorbitados; sin la explotación ilimitada de las materias primas propias y ajenas no habría este nivel de riqueza que abre una brecha cada vez mayor entre ricos y pobres.

Las multinacionales importan riqueza de los países de origen de los emigrantes y exportan pobreza, discriminación y degradación ambiental. El poder, los beneficios económicos, la tierra, están por encima de los propios seres humanos y de la salud del planeta.

Es frecuente escuchar argumentos que responsabilizan a los inmigrantes de la falta de plazas en las guarderías y de la saturación de la sanidad pública. La derecha jalea este tipo de pensamiento que exime de toda culpa a la ola de privatizaciones y al abandono del Estado del bienestar. Sin embargo, la realidad es otra: la Sociedad Española de Medicina Comunitaria acaba de hacer público un informe que indica que los inmigrantes van al médico la mitad que la población autóctona. Representan el diez por ciento de la población pero solo el cinco por ciento de los pacientes.

Se ha instalado un lenguaje xenófobo y unas prácticas discriminatorias, pero en el debate público pocos se alarman por ello. Nos creemos, en nuestras cómodas sociedades europeas, adalides de la libertad y la transparencia y no vemos lo que pasa delante de nuestras narices.Afrontémoslo para acabar con ello: Vivimos instalados en el miedo y ese miedo actúa como la excusa para sobrepasar límites morales y legales.
Europa se defiende de la inmigración con medios militares, cierra fronteras a cal y canto y obliga a los migrantes a desviarse por rutas alternativas muy peligrosas en las que 15.000 personas han perdido la vida en los últimos diez años, según cálculos de diversas organizaciones internacionales.

Actualmente hay en nuestro continente europeo doscientos cincuenta centros de internamiento para extranjeros, lo que supone que haya unas treinta y una mil personas detenidas solo por el hecho de no tener papeles. Algunas permanecen hasta dieciocho meses en estas prisiones en las que no son infrecuentes los casos de maltrato físico y discriminación.

De vez en cuando grupos de inmigrantes inician huelgas de hambre para protestar por su situación. Demandan atención pública con la esperanza de que nuestras sociedades se den cuenta de que estamos legitimando la exclusión e incluso formas de semi esclavitud que sufren todos aquellos que trabajan sin papeles, con sueldos muy bajos y sin disfrutar de derechos laborales mínimos.

Hace unas semanas un grupo de inmigrantes del centro de detención de Barcelona se puso en huelga de hambre para condenar la relación que nuestra sociedad establece entre inmigración e inseguridad. También recientemente hubo una protesta en el centro de detención de Aluche, en Madrid, después de que un inmigrante denunciara agresiones físicas por parte de la policía.

Todo esto está pasando aquí y ahora. A la vista de su escasa repercusión podría pensarse que los círculos de poder político y económico tienen interés por perpetuar esta situación. Cuanto más tiempo aplacemos las cuestiones urgentes más difícil será conseguir un mundo menos perverso.