El minotauro anda suelto

Un hombre nigeriano murió hace unos días en Suiza cuando estaba siendo deportado junto con otros inmigrantes sin papeles, como informamos hoy en periodismohumano. Sus compañeros han denunciado que la policía le había inmovilizado con tanta fuerza que apenas podía respirar.

En Reino Unido un informe independiente acaba de desvelar que varias personas solicitantes de asilo resultaron heridas graves a causa del trato recibido por las autoridades policiales.

Italia financia centros de internamiento para extranjeros en Libia en los que se practican políticas represivas y torturas y permite la creación de patrullas civiles para ayudar a los agentes a localizar inmigrantes sin papeles. Tanto Italia como España expulsan a extranjeros a países donde se registran habitualmente violaciones de los derechos humanos.

El pasado verano ciento sesenta menores iniciaron una huelga de hambre en un centro de detención en Grecia, donde estaban hacinados en condiciones lamentables.

En países europeos como Francia, Italia o Luxemburgo varios puestos de trabajo en el sector público y privado están vetados por ley a los extranjeros. Todo esto está pasando aquí y ahora.

Concentración en Madrid contra las penas de cárcel para los "manteros", marzo 2010 (Olga Rodríguez)

En Europa se ha instalado una política que criminaliza al inmigrante, al diferente. La nueva ley de inmigración europea, la llamada Directiva de la vergüenza, se basa en la exclusión y no en la integración. Legitima el rechazo al otro.

No tener papeles es una falta administrativa que puede ser castigada con estancias prolongadas en centros de internamiento de extranjeros, los llamados CIEs; su nombre es un eufemismo que oculta lo que realmente son: prisiones. Quienes acogen o empadronan a inmigrantes sin papeles se arriesgan a tener que pagar elevadas multas; algunos políticos hablan de la inmigración como si fuera un mal endémico causante de las desgracias de nuestro continente, y con esa excusa firman acuerdos con terceros países para crear cárceles de inmigrantes fuera de su territorio, levantan muros, llevan sus fronteras hasta Senegal o Mauritania para impedir la salida de cayucos y gastan sumas astronómicas en sistemas de vigilancia fronterizos.

Según la Organización Internacional para las Migraciones los veinticinco países más ricos del mundo dedican entre 25.000 y 30.000 millones de dólares al año en identificar, rechazar y expulsar a las personas sin papeles que llaman a su puerta. Atención a las cifras, porque según el Banco Mundial se necesitarían entre 30.000 y 50.000 millones de dólares para combatir la pobreza siguiendo los objetivos establecidos por Naciones Unidas.

Mientras tanto, los capitales, los productos y las comunicaciones circulan libremente. El dinero, al contrario que las personas, no necesita papeles. Las empresas transnacionales migran a los países del Sur o del Este para beneficiarse de las desigualdades sociales que el sistema imperante fomenta, porque es precisamente en ellas en las que se sostiene. Sin mano de obra barata no se obtendrían beneficios desorbitados; sin la explotación ilimitada de las materias primas propias y ajenas no habría este nivel de riqueza que abre una brecha cada vez mayor entre ricos y pobres.

Las multinacionales importan riqueza de los países de origen de los emigrantes y exportan pobreza, discriminación y degradación ambiental. El poder, los beneficios económicos, la tierra, están por encima de los propios seres humanos y de la salud del planeta.

Es frecuente escuchar argumentos que responsabilizan a los inmigrantes de la falta de plazas en las guarderías y de la saturación de la sanidad pública. La derecha jalea este tipo de pensamiento que exime de toda culpa a la ola de privatizaciones y al abandono del Estado del bienestar. Sin embargo, la realidad es otra: la Sociedad Española de Medicina Comunitaria acaba de hacer público un informe que indica que los inmigrantes van al médico la mitad que la población autóctona. Representan el diez por ciento de la población pero solo el cinco por ciento de los pacientes.

Se ha instalado un lenguaje xenófobo y unas prácticas discriminatorias, pero en el debate público pocos se alarman por ello. Nos creemos, en nuestras cómodas sociedades europeas, adalides de la libertad y la transparencia y no vemos lo que pasa delante de nuestras narices.Afrontémoslo para acabar con ello: Vivimos instalados en el miedo y ese miedo actúa como la excusa para sobrepasar límites morales y legales.
Europa se defiende de la inmigración con medios militares, cierra fronteras a cal y canto y obliga a los migrantes a desviarse por rutas alternativas muy peligrosas en las que 15.000 personas han perdido la vida en los últimos diez años, según cálculos de diversas organizaciones internacionales.

Actualmente hay en nuestro continente europeo doscientos cincuenta centros de internamiento para extranjeros, lo que supone que haya unas treinta y una mil personas detenidas solo por el hecho de no tener papeles. Algunas permanecen hasta dieciocho meses en estas prisiones en las que no son infrecuentes los casos de maltrato físico y discriminación.

De vez en cuando grupos de inmigrantes inician huelgas de hambre para protestar por su situación. Demandan atención pública con la esperanza de que nuestras sociedades se den cuenta de que estamos legitimando la exclusión e incluso formas de semi esclavitud que sufren todos aquellos que trabajan sin papeles, con sueldos muy bajos y sin disfrutar de derechos laborales mínimos.

Hace unas semanas un grupo de inmigrantes del centro de detención de Barcelona se puso en huelga de hambre para condenar la relación que nuestra sociedad establece entre inmigración e inseguridad. También recientemente hubo una protesta en el centro de detención de Aluche, en Madrid, después de que un inmigrante denunciara agresiones físicas por parte de la policía.

Todo esto está pasando aquí y ahora. A la vista de su escasa repercusión podría pensarse que los círculos de poder político y económico tienen interés por perpetuar esta situación. Cuanto más tiempo aplacemos las cuestiones urgentes más difícil será conseguir un mundo menos perverso.