El minotauro anda suelto

Hay un Madrid de grandes edificios de oficinas, de hombres de traje y de negocios, donde se tejen los entresijos de las finanzas y el poder. Hay otro Madrid sin corbata, donde se manejan los designios del corazón humano. En uno se controla la banca, el poder político y económico, la composición de los grandes lobbies, la concesión de permisos para entrar en el club de los ricos y poderosos. En el otro las únicas acciones de alto riesgo son los enamoramientos veraniegos, las pasiones primaverales y las tardes creativas a la sombra de un árbol.

En el primero abundan las luces de neón de las oficinas, la rigidez de horarios, los colmillos afilados; en el segundo la amistad se cultiva sin intereses ni euribor en una escala de valores bursátiles con amplio espacio para la solidaridad sin porcentajes.

Pablo Adrián Rodríguez, conocido como el Pampa, pertenece sin duda -y con orgullo- a este último Madrid. Pero no siempre ha vivido aquí.

Pablo Rodríguez durante un homenaje a Mario Benedetti y Mercedes Sosa

Pablo procede de Trenel, un pequeño pueblo de la Pampa. De ahí el origen de su apodo. Como buen soñador, a los 17 años abandonó su ciudad natal para ir a estudiar a Buenos Aires una carrera universitaria en la que abundan los cínicos y los altruistas: Periodismo. Él pertenece a la segunda categoría. Quizá por eso no aguantó mucho en la profesión.

“Salí de la Facultad pensando que los periodistas éramos los amos del universo, pero me decepcioné enseguida con el medio, con los periodistas que cobraban coimas (sobornos), con alguna gente a la que le daba lo mismo todo.”

Pablo ganaba un sueldo digno, con el que podía pagar su casa, hacer regalos a su madre y a su abuela, ir al cine, viajar. Pero se hartó. Su decepción con el periodismo alcanzó cotas altas.

“Y decidí dejarlo todo y venirme a España. Pensé que lo iba a llevar bien, porque ya había tenido un desarraigo anterior al abandonar mi hogar para irme a Buenos Aires, pero ahora digo que aquello más que desarraigo fue desarraiguito. Mi primer año en España fue complicado, cambiar de país, eso sí es un desarraigo. Recuerdo el día en que me quedé sin papeles, a los tres meses de llegar. Pasé a estar en situación ilegal.”

“También me resultó duro tener que romper algunos códigos de conducta: aquí la forma de entenderte y relacionarte con la gente es otra. Es inevitable, siempre comparas. Estás metido ahí con tu desarraigo y piensas a veces: “estos gallegos, qué maleducados”, o “aquí nadie trabaja”, o” ¿por qué me dicen “¿qué hay?” para decirme hola?”.

“Era una época en la que estaba en un hostal en la Gran Vía, recuerdo que el primer día me levanté a las seis de la mañana para comprar el Segunda Mano, me dije: echo un vistazo a los anuncios de piso y a las ocho de la mañana empiezo a llamar por teléfono, y ché, me encuentro que a las seis estaba todo cerrado, y a las ocho aún nadie cogía el teléfono y a las diez ya está la gente tomándose su cañita, y aquello no estaba dentro de mi lógica; qué poco trabaja esta gente, pensaba yo”.

“Con el tiempo te vas adaptando y así comprendí que estas cosas son calidad de vida. Que no tener que levantarte a las seis es calidad de vida.”

“Hay otras cosas que me costó entender. Por ejemplo, la gente me decía: Nos vemos en el bar. En Argentina la gente queda en su casa, todo el mundo invita a la gente a casa, en tu casa, en la mía, y aquí solo en el bar y yo pensaba: No valgo la pena ni para que me inviten a su casa”.

Pablo ha trabajado en España como aparcacoches “sin haber tenido un coche en mi vida”, como teleoperador, como vigilante de seguridad, “quién me iba a decir a mí” o en un piano bar, “lo llamaban así, en una zona rica de Madrid, me ponían a servir con camisa blanca, pajarita negra, y yo hasta entonces solo me había servido a mí mismo.”

“Creo que mi mayor deshonra fue trabajar como detective privado, me sentí mugre, renuncié esa misma tarde. Trabajé también en los autos chocados, estaba ahí 14 horas diarias, de tres de la mañana a ocho de la tarde, no caminaba, quieto todo el día y la cabeza en esas situaciones te camina a pasos agigantados”.

Te preguntás: a qué vine, estoy a la intemperie. En fin, hay horas de lágrimas…

“Lo de reunir dinero nunca fue mi obsesión. Gente con menor preparación académica que yo viene a España, reúne euros, está tres años solo gastando para comer y para llamar a Argentina los domingos y luego vuelve y se compra una casita en una villa miseria. Pero yo no he venido con un objetivo claro y esto es difícil de entender sobre todo para los de allá.”

Para mí mi gran riqueza son mis cien películas y cd´s y mis libros, no necesito más.

En sus ratos libres Pablo trabaja como asesor jurídico en una Oficina de Derechos Sociales, atendiendo a inmigrantes sin papeles: les ofrece herramientas legales para defenderse. Da charlas y conferencias sobre la situación de la inmigración en España y sobre el centro de internamiento de extranjeros de Aluche.

Conoce los pormenores de la nueva Ley de extranjería, los informes sobre el CIE de Aluche o la Directiva europea sobre inmigración; viene con la herencia de los movimientos sociales argentinos, de la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo, con la conciencia de alguien que conoce y sabe y difunde la importancia de la justicia universal.

Pablo Rodríguez saludando a un amigo

Es difícil saber cómo logra tener tiempo para todo, pero lo cierto es que, además de todo lo anterior, el Pampa participa activamente en las actividades de la Casa del Barrio de Carabanchel: recientemente organizó un homenaje a sus admirados Mario Benedetti y Mercedes Sosa, logró reunir a cantautores, actores, poetas, consiguió que participaran todos los presentes, cantando, recitando, riendo y llorando, porque allí no logró retener las lágrimas nadie. Corre la San Silvestre vallecana todos los años y  juega al fútbol en un equipo local que participa en el campeonato del barrio.

Tiene un blog en el que ofrece claves sobre la situación de los inmigrantes en nuestro país, reflexiona sobre la situación de la política internacional y nacional, e incluso se ríe de sí mismo, con una mezcla de nostalgia e ironía, cuando relata anécdotas de infancia y juventud en su pueblo, con fotos incluidas de aquella época. Destila ternura a raudales.

Desde que consiguió el permiso de residencia -los papeles- solo ha regresado una vez a Argentina. Pensó en quedarse, pero sintió que aún no había llegado el momento.

Volver con la frente marchita… -canturrea- Nunca se descarta, no creo que nadie descarte volver. Hay cosas de la vida cotidiana que he perdido y que extraño enormemente. Desde luego si decido volver será una decisión sentimental. Pero de momento siento que mi ciclo aquí no está cerrado. Siempre me guío por el corazón. Ahora bien, si no visito más es por falta de dinero, no porque no eche de menos…”

El Pampa se lamenta a veces de no poder ejercer el periodismo. Es su espinita clavada. Pero lo cierto es que a muchos nos informa de una ciudad y unas vidas que no conoceríamos de otro modo. De rincones y movimientos sociales que no aparecen en los medios de comunicación. Nos recuerda que la calidad humana mueve montañas y despierta corazones. Como dice en su blog y en su firma electrónica en los e-mails que envía, “El orden de los Estados entiende cada vez menos del desorden de los corazones”.

En una época en la que se abusa de los corsés sociales y actitudes preventivas defensivas -o incluso ofensivas- es de agradecer que alguien vaya por la vida sin escudos ni cinismos, con los brazos abiertos. Lo mejor de todo es que esa actitud es contagiosa. Hagan la prueba.


*Algunos de los nombres que aquí se mencionan han sido modificados a petición expresa de las personas que aparecen en este reportaje.

Hay un local en Madrid donde todas las semanas se reúnen decenas de inmigrantes, integrantes de la Asociación de Sin Papeles de Madrid, una de las primeras organizaciones de España liderada, formada y gestionada en su totalidad por extranjeros sin documentos. Es un espacio pequeño pero agradable, con una mesa, unas cuantas sillas y una pizarra donde los miembros de la asociación apuntan las actividades semanales:

Lunes, asamblea; miércoles y viernes, clases de castellano; jueves, ensayo de teatro y reunión para organizar la manifestación;  lunes, de nuevo asamblea”.

Y una nota: “Los jueves, asesoría jurídica en la ODS” (oficina de derechos sociales).

No suele faltar mucha gente, porque la asociación se ha convertido en el nexo de unión de personas que, de otro modo, estarían completamente solas y no dispondrían de recursos para hacer frente a su indefensión jurídica y social.

LOS PROTAGONISTAS

Hoy es día de encuentro. La cita es a las siete en punto, pero unos cuantos jóvenes llegan antes de tiempo. Se saludan, se abrazan, chocan sus manos en lo alto y sonríen.

-Siempre es bonito encontrarse con amigos, saber que los tienes, explica Basiru, un joven senegalés.

Algunos llegan con camisetas de la asociación, con grandes letras en las que se lee Mbolo Moye Doole, que significa “la unión hace la fuerza” en la lengua wólof, que se habla en Senegal y Gambia principalmente. De la venta de esas camisetas, así como del pago de una cuota mensual, procede buena parte del dinero de la caja de resistencia de la asociación.

-Con ese dinero pagamos las fianzas de los compañeros arrestados por no tener papeles o por vender copias de cds en la calle. Es un colchón de seguridad, indica Daouda, otro de sus miembros.

La asociación nació en 2008 precisamente como reacción al encarcelamiento de varios jóvenes cuyo único delito había sido vender en el top manta. Desde el inicio contó con el respaldo de ciudadanos españoles anónimos y de juristas españoles que consideran absolutamente excesivas las penas impuestas a los manteros, quienes constituyen el eslabón más bajo y desamparado del negocio de la piratería de cds y dvs.

Junto con otras asociaciones crearon la plataforma Ni un mantero en prisión y lograron impulsar un debate social, hasta tal punto que el Gobierno ha suavizado las penas para que la venta ambulante de copias ilegales no se considere delito si el material que se le incauta al mantero es inferior a los 400 euros.

-Basiru, ¿cuánto puedes ganar al día por la venta de cds?, pregunta en la reunión Alcira Aldín, una española integrante de Ferrocarril Clandestino, que colabora con la asociación de sin papeles y que desde el inicio ha estado involucrada en la campaña contra la despenalización del top manta.

-No sé, depende del día; muy poco. Cuatrocientos euros nunca, no los gano ni al mes, contesta.

-Pero sin embargo el valor comercial de la mercancía que lleva Basiru y todos los demás suele ser siempre superior a cuatrocientos -explica Alcira- Así que en la práctica esta reforma de la normativa no sirve de mucho. Los manteros seguirán yendo a la cárcel. Los más indefensos son los que pagan con penas de prisión mientras el resto se lava las manos. Por eso nuestra campaña sigue adelante, pedimos indultos para el centenar de manteros encarcelados, y pedimos una reforma de la normativa que en la práctica suponga cambios reales.

Siguen llegando miembros de la asociación del local. Algunos comentan que un compañero, Houmad*, acaba de salir de un centro de internamiento para extranjeros, una prisión exclusiva para inmigrantes sin papeles que no han cometido delito alguno pero que aún así son privados de libertad hasta un máximo de sesenta días, solo por no tener documentos.

Al cabo de unos minutos asoma por la puerta el propio Houmad, sonriente, con la mirada cansada. Varios compañeros le rodean, le agasajan, le abrazan, le dan la bienvenida. Él se lleva la mano al corazón en señal de agradecimiento.

-Bueno, venga, vamos a empezar la reunión, dice Daouda.

-No quieren hacer un drama de todo, porque si no cundiría el desánimo -me explica Antonio, un profesor de secundaria que colabora en la asociación dando clases de castellano dos días a la semana- Todo es duro. Las redadas, por ejemplo. Algunos tienen historias terribles, no solo historias que les han ocurrido aquí, sino también en sus países de origen. Pero tienen fuerza, son luchadores.

La mayor parte de los integrantes de la asociación son senegaleses. El primero en tomar la palabra es un joven alto, espigado, elegante. Esconde su mirada bajo la sombra del ala del sombrero que lleva en la cabeza. Habla en wólof. Sus compañeros le escuchan con atención. Cuando termina, otro resume en castellano su intervención, para que los españoles que colaboran en la asociación sepan de qué ha hablado.

-Estamos pensando en organizar nuevas manifestaciones pronto, tenemos que hacernos oír, me susurra un chico que está a mi derecha. Y añade:

Tenemos oficios, y no son el de ser mantero. No nos gusta ser manteros, pero no tenemos otro remedio si queremos sobrevivir.

La asamblea dura más de una hora. En ella se tocan temas como la organización de nuevas movilizaciones, el horario de las clases de castellano o la incorporación de nuevos miembros recién llegados. Se habla también de las últimas redadas que ha habido en la zona; alguien protesta porque una vez más la policía ha pedido la documentación a un grupo de negros por el simple hecho de serlo.

Cuando termina el debate, los alumnos de castellano avanzado, cámara de vídeo en mano, entrevistan a algunos de sus compañeros. Les preguntan cuál es su nombre, su origen, el porqué de su viaje a Europa, su situación actual, sus sueños, sus deseos. Es un ejercicio más para practicar el castellano y conocerse mejor.

Me detengo a hablar con Antonio, el profesor de un instituto de secundaria que da clases de castellano en la asociación.

-Los españoles estamos en segundo plano en esta asociación – explica- Echamos una mano, pero quienes toman las decisiones son ellos. Si no, no sería una asociación de inmigrantes sin papeles, sino una asociación de ayuda a los inmigrantes sin papeles, algo muy diferente.

LOS QUE COLABORAN

Antonio conoció la asociación a través de una compañera de trabajo, María, profesora como él.

-El año anterior yo había tenido un aula de enlace en el instituto, una clase para chicos y chicas inmigrantes que acaban de llegar. Fue una experiencia que me enganchó y que eché de menos cuando terminó. María me habló de esta asociación y a la vuelta del verano nos pusimos manos a la obra. Diseñamos el programa educativo y así empecé.

Y prosigue:

-Al cabo de un mes me había enamorado por completo. No fue algo racional. Es una actividad que me aporta humanidad, amigos, relaciones humanas, es un trabajo que me satisface y enriquece.

Nuestra sociedad tiene un discurso muy autosuficiente, yo habitaba ese discurso, pero a través de esta experiencia me di cuenta de que que todos tenemos precariedades afectivas, humanas o laborales, y que los demás pueden ayudarnos a completarnos.

La comisión de educación de la asociación ha establecido dos niveles para las clases de castellano. En ellas se leen poemas y cuentos y se pide a los alumnos que relaten historias sobre sus abuelos, sus países, sus familias. Han llegado a alfabetizar a chicos adolescentes.

-El objetivo es que ellos mismos terminen siendo profesores- indica Antonio- De hecho ya hay algunos que imparten clases. Hay que tener en cuenta que tienen una preparación académica bastante buena, porque a pesar de que el tópico es otro, la realidad es que muchos de los inmigrantes que llegan a nuestro país tienen estudios de secundaria, y algunos incluso estudios universitarios.

Antonio habla de manera pausada, reflexiva. Cuando le pregunto de qué modo piensa que se podrían modificar las políticas de inmigración para conseguir sociedades más justas y solidarias, esboza un gesto de duda.

-Eso es muy difícil -contesta- A nivel macro no sé si tengo una respuesta, otras personas sí la tienen, pero mi militancia no es tan larga. Yo te puedo contestar en lo que respecta al nivel micro: Hay que extender el trabajo que estamos haciendo en las ODS (oficinas de derechos sociales), una asesoría jurídica y apoyo asumidas como algo que forma parte de tu tiempo y de tu vida. Hay que hacerle un hueco a tu barrio, potenciar el tejido social que en una ciudad como Madrid apenas existe, porque hay pocos espacios de participación.

EL RESPETO

-Y ahora añado una opinión muy personal -prosigue Antonio- Nosotros, como integrantes de una sociedad, debemos entender que una clave para la convivencia es el respeto de los procesos. Cada persona tiene un proceso, no intentemos apropiarnos de esos procesos, no intentemos diseñarlos, no digamos “hay que ir por aquí o por allá”, creo que lo que tenemos que hacer es compartir esos procesos, los intereses conjuntos, la precariedad, la identidad y su construcción.

Eso es lo que hacen los españoles que colaboran con la asociación de sin papeles. Acompañan y respetan. Los verdaderos protagonistas son los inmigrantes: ellos gestionan la asociación, ellos la lideran, ellos la organizan, ellos la integran. Es un proceso casi pionero en España. El hecho de no tener papeles no les frena. Saben que la unión hace la fuerza, que tienen derechos y derecho a exigirlos. Por ello luchan cada día.