El minotauro anda suelto

*Algunos de los nombres que aquí se mencionan han sido modificados a petición expresa de las personas que aparecen en este reportaje.

Hay un local en Madrid donde todas las semanas se reúnen decenas de inmigrantes, integrantes de la Asociación de Sin Papeles de Madrid, una de las primeras organizaciones de España liderada, formada y gestionada en su totalidad por extranjeros sin documentos. Es un espacio pequeño pero agradable, con una mesa, unas cuantas sillas y una pizarra donde los miembros de la asociación apuntan las actividades semanales:

Lunes, asamblea; miércoles y viernes, clases de castellano; jueves, ensayo de teatro y reunión para organizar la manifestación;  lunes, de nuevo asamblea”.

Y una nota: “Los jueves, asesoría jurídica en la ODS” (oficina de derechos sociales).

No suele faltar mucha gente, porque la asociación se ha convertido en el nexo de unión de personas que, de otro modo, estarían completamente solas y no dispondrían de recursos para hacer frente a su indefensión jurídica y social.

LOS PROTAGONISTAS

Hoy es día de encuentro. La cita es a las siete en punto, pero unos cuantos jóvenes llegan antes de tiempo. Se saludan, se abrazan, chocan sus manos en lo alto y sonríen.

-Siempre es bonito encontrarse con amigos, saber que los tienes, explica Basiru, un joven senegalés.

Algunos llegan con camisetas de la asociación, con grandes letras en las que se lee Mbolo Moye Doole, que significa “la unión hace la fuerza” en la lengua wólof, que se habla en Senegal y Gambia principalmente. De la venta de esas camisetas, así como del pago de una cuota mensual, procede buena parte del dinero de la caja de resistencia de la asociación.

-Con ese dinero pagamos las fianzas de los compañeros arrestados por no tener papeles o por vender copias de cds en la calle. Es un colchón de seguridad, indica Daouda, otro de sus miembros.

La asociación nació en 2008 precisamente como reacción al encarcelamiento de varios jóvenes cuyo único delito había sido vender en el top manta. Desde el inicio contó con el respaldo de ciudadanos españoles anónimos y de juristas españoles que consideran absolutamente excesivas las penas impuestas a los manteros, quienes constituyen el eslabón más bajo y desamparado del negocio de la piratería de cds y dvs.

Junto con otras asociaciones crearon la plataforma Ni un mantero en prisión y lograron impulsar un debate social, hasta tal punto que el Gobierno ha suavizado las penas para que la venta ambulante de copias ilegales no se considere delito si el material que se le incauta al mantero es inferior a los 400 euros.

-Basiru, ¿cuánto puedes ganar al día por la venta de cds?, pregunta en la reunión Alcira Aldín, una española integrante de Ferrocarril Clandestino, que colabora con la asociación de sin papeles y que desde el inicio ha estado involucrada en la campaña contra la despenalización del top manta.

-No sé, depende del día; muy poco. Cuatrocientos euros nunca, no los gano ni al mes, contesta.

-Pero sin embargo el valor comercial de la mercancía que lleva Basiru y todos los demás suele ser siempre superior a cuatrocientos -explica Alcira- Así que en la práctica esta reforma de la normativa no sirve de mucho. Los manteros seguirán yendo a la cárcel. Los más indefensos son los que pagan con penas de prisión mientras el resto se lava las manos. Por eso nuestra campaña sigue adelante, pedimos indultos para el centenar de manteros encarcelados, y pedimos una reforma de la normativa que en la práctica suponga cambios reales.

Siguen llegando miembros de la asociación del local. Algunos comentan que un compañero, Houmad*, acaba de salir de un centro de internamiento para extranjeros, una prisión exclusiva para inmigrantes sin papeles que no han cometido delito alguno pero que aún así son privados de libertad hasta un máximo de sesenta días, solo por no tener documentos.

Al cabo de unos minutos asoma por la puerta el propio Houmad, sonriente, con la mirada cansada. Varios compañeros le rodean, le agasajan, le abrazan, le dan la bienvenida. Él se lleva la mano al corazón en señal de agradecimiento.

-Bueno, venga, vamos a empezar la reunión, dice Daouda.

-No quieren hacer un drama de todo, porque si no cundiría el desánimo -me explica Antonio, un profesor de secundaria que colabora en la asociación dando clases de castellano dos días a la semana- Todo es duro. Las redadas, por ejemplo. Algunos tienen historias terribles, no solo historias que les han ocurrido aquí, sino también en sus países de origen. Pero tienen fuerza, son luchadores.

La mayor parte de los integrantes de la asociación son senegaleses. El primero en tomar la palabra es un joven alto, espigado, elegante. Esconde su mirada bajo la sombra del ala del sombrero que lleva en la cabeza. Habla en wólof. Sus compañeros le escuchan con atención. Cuando termina, otro resume en castellano su intervención, para que los españoles que colaboran en la asociación sepan de qué ha hablado.

-Estamos pensando en organizar nuevas manifestaciones pronto, tenemos que hacernos oír, me susurra un chico que está a mi derecha. Y añade:

Tenemos oficios, y no son el de ser mantero. No nos gusta ser manteros, pero no tenemos otro remedio si queremos sobrevivir.

La asamblea dura más de una hora. En ella se tocan temas como la organización de nuevas movilizaciones, el horario de las clases de castellano o la incorporación de nuevos miembros recién llegados. Se habla también de las últimas redadas que ha habido en la zona; alguien protesta porque una vez más la policía ha pedido la documentación a un grupo de negros por el simple hecho de serlo.

Cuando termina el debate, los alumnos de castellano avanzado, cámara de vídeo en mano, entrevistan a algunos de sus compañeros. Les preguntan cuál es su nombre, su origen, el porqué de su viaje a Europa, su situación actual, sus sueños, sus deseos. Es un ejercicio más para practicar el castellano y conocerse mejor.

Me detengo a hablar con Antonio, el profesor de un instituto de secundaria que da clases de castellano en la asociación.

-Los españoles estamos en segundo plano en esta asociación – explica- Echamos una mano, pero quienes toman las decisiones son ellos. Si no, no sería una asociación de inmigrantes sin papeles, sino una asociación de ayuda a los inmigrantes sin papeles, algo muy diferente.

LOS QUE COLABORAN

Antonio conoció la asociación a través de una compañera de trabajo, María, profesora como él.

-El año anterior yo había tenido un aula de enlace en el instituto, una clase para chicos y chicas inmigrantes que acaban de llegar. Fue una experiencia que me enganchó y que eché de menos cuando terminó. María me habló de esta asociación y a la vuelta del verano nos pusimos manos a la obra. Diseñamos el programa educativo y así empecé.

Y prosigue:

-Al cabo de un mes me había enamorado por completo. No fue algo racional. Es una actividad que me aporta humanidad, amigos, relaciones humanas, es un trabajo que me satisface y enriquece.

Nuestra sociedad tiene un discurso muy autosuficiente, yo habitaba ese discurso, pero a través de esta experiencia me di cuenta de que que todos tenemos precariedades afectivas, humanas o laborales, y que los demás pueden ayudarnos a completarnos.

La comisión de educación de la asociación ha establecido dos niveles para las clases de castellano. En ellas se leen poemas y cuentos y se pide a los alumnos que relaten historias sobre sus abuelos, sus países, sus familias. Han llegado a alfabetizar a chicos adolescentes.

-El objetivo es que ellos mismos terminen siendo profesores- indica Antonio- De hecho ya hay algunos que imparten clases. Hay que tener en cuenta que tienen una preparación académica bastante buena, porque a pesar de que el tópico es otro, la realidad es que muchos de los inmigrantes que llegan a nuestro país tienen estudios de secundaria, y algunos incluso estudios universitarios.

Antonio habla de manera pausada, reflexiva. Cuando le pregunto de qué modo piensa que se podrían modificar las políticas de inmigración para conseguir sociedades más justas y solidarias, esboza un gesto de duda.

-Eso es muy difícil -contesta- A nivel macro no sé si tengo una respuesta, otras personas sí la tienen, pero mi militancia no es tan larga. Yo te puedo contestar en lo que respecta al nivel micro: Hay que extender el trabajo que estamos haciendo en las ODS (oficinas de derechos sociales), una asesoría jurídica y apoyo asumidas como algo que forma parte de tu tiempo y de tu vida. Hay que hacerle un hueco a tu barrio, potenciar el tejido social que en una ciudad como Madrid apenas existe, porque hay pocos espacios de participación.

EL RESPETO

-Y ahora añado una opinión muy personal -prosigue Antonio- Nosotros, como integrantes de una sociedad, debemos entender que una clave para la convivencia es el respeto de los procesos. Cada persona tiene un proceso, no intentemos apropiarnos de esos procesos, no intentemos diseñarlos, no digamos “hay que ir por aquí o por allá”, creo que lo que tenemos que hacer es compartir esos procesos, los intereses conjuntos, la precariedad, la identidad y su construcción.

Eso es lo que hacen los españoles que colaboran con la asociación de sin papeles. Acompañan y respetan. Los verdaderos protagonistas son los inmigrantes: ellos gestionan la asociación, ellos la lideran, ellos la organizan, ellos la integran. Es un proceso casi pionero en España. El hecho de no tener papeles no les frena. Saben que la unión hace la fuerza, que tienen derechos y derecho a exigirlos. Por ello luchan cada día.