El minotauro anda suelto

Que alguien intente ayudar a los otros sin buscar a cambio beneficio económico alguno puede resultar actualmente un hecho extravagante, extraño, excepcional; que una persona crea y luche por el principio de la igualdad puede ser considerado naif, pueril, absurdo, tonto; que un hombre o una mujer proteja, ayude y acoja a extranjeros sin papeles puede ser y de hecho es un gesto castigado en Europa con multas de hasta 10.000 euros e incluso con penas de cárcel.

Quienes socorran e intenten salvar la vida de naúfragos inmigrantes en el mar se pueden enfrentar a años de prisión o al secuestro de su propio barco. Cuesta menos pasar de largo, ser indiferente. Vivimos en una época en la que la hospitalidad, en determinados ámbitos, es criminalizada, cuando lo realmente criminal debería ser la indiferencia.

Decía John Berger que aceptar la desigualdad como natural es convertirse en un ser fragmentado, es no concebirse a uno mismo más que como la suma de un conjunto de conocimientos y necesidades.

Sin embargo, el funcionamiento de nuestros países se asienta sobre la asunción de la desigualdad: explotamos materias primas de terceros, aupamos o derrocamos gobiernos de otros en función de nuestros propios intereses, elevamos muros para impedir el paso de inmigrantes y de aquellos productos que hacen competencia a los nuestros, mientras permitimos la libre circulación de mercancías, dinero, armas, divisas, turistas.

Al hilo de esto, recomiendo una lectura: Mamadú va a morir, un ensayo sobre la inmigración en el Mediterráneo, escrito por el periodista italiano Gabriele del Grande y publicado en España por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. En su brillante prólogo el filósofo y escritor Santiago Alba Rico señala que en este mundo actual solo se puede viajar en dos direcciones: o contra los otros o hacia los otros. Reproduzco algunos párrafos:

Por muy variada que nos parezca la oferta de las agencias de viaje y por muy abigarrados y coloridos que se nos ofrezcan los mapas, en este mundo solo se puede viajar en dos direcciones: o contra los otros o hacia ellos. Contra los otros, el así llamado Occidente no deja de organizar expediciones militares y cruceros de lujo, viajes de negocio y rallys espectaculares, operaciones de bolsa y visitas a las Pirámides. El viaje hacia los otros, por el contrario, es sistemáticamente impedido, desacreditado o despreciado.

Bajo el capitalismo globalizador, incompatible con plazas abiertas, asambleas y ágoras, solo hay dos “lugares” antropológicos de inscripción individual: el “pasillo”, utopía ultraliberal de la circulación sin obstáculos, y el “muro”, que revela su fracaso. En el Pasillo giran sin cesar las mercancías, las armas, la información, el dinero, los turistas. En el Muro se quedan enganchados una y otra vez los pobres, los “terroristas”, los inmigrantes. (…)

Contra los otros, vamos blandamente y reclamando gratitud y recibiendo aplausos; hacia los otros se va a trompicones y pidiendo disculpas y recibiendo azotes.

El turista entra en África como los acuerdos comerciales y las directivas europeas, desde el aire y desde lo alto, en avión o crucero de lujo, y se comporta -y es tratado- como si procediese de su alma el valor de sus divisas.

Al inmigrante se le obliga a entrar en Europa a ras de tierra y por agujeros, como las ratas y los insectos, y tiene que hacerse perdonar, con sumisión y bajos salarios, su irreductible condición animal ( y la necesidad que tienen de él).

Bajo el capitalismo globalizador solo hay ya dos posibles desplazamientos en el espacio, en direcciones opuestas y paralelas: el turismo y la emigración. (…)

Los turistas viajan encerrados en confortables lager, clientes de su propia prisión; los inmigrantes, hasta que se les encierra por existir, son libres. (…)

Los turistas visitan; los inmigrantes viajan. Los turistas están siempre llegando a sí mismos; los inmigrantes progresan y arriesgan. (…)

Los turistas, porque tienen papeles, no son “personas”, sino puras personificaciones de un Estado soberano que avala su pasaporte y su moneda; los inmigrantes sin papeles (porque se han desecho de los de origen y no han recibido otros en destino), abandonados por sus Estados infra soberanos, cuerpos completamente a la intemperie, son individuos puros. Los turistas son abstracciones colectivas; los inmigrantes, concreciones individuales.

Los turistas, por eso mismo, son locales, nacionales, para-humanos; los inmigrantes son el hombre desnudo y total. La condición universal que Marx atribuía al proletariado, la encarnan hoy, y por las mismas razones, los inmigrantes.(…)

Que los inmigrantes sean emprendedores, obstinados, aventureros, que sientan nostalgia y tengan raíces garantiza la “selección natural” de nuestra mano de obra semiesclava, asegura en los países de origen la reproducción de un ejército inmigrante de reserva mantenido por las remesas del exterior (sin gastos sociales para los Estados africanos dependientes y corruptos) y conjura el peligro de revoluciones y cambio políticos “desestabilizadores” en el Tercer Mundo. (…)

El resultado es éste: en una dirección hay 160 millones de inmigrantes en todo el mundo que han dejado sus países para levantar casas, recoger cosechas y cuidar ancianos, y nosotros los recibimos a palos. En dirección contraria hay 600 millones de turistas -casi siempre los mismos- que todos los años van a fotografiar fotografías, reforzar dependencias neocoloniales y desbaratar recursos económicos y culturales y exigen y obtienen a cambio reconocimiento y protección. (…)

Viajar hacia los otros o contra ellos es una decisión de la que no dependen solo la vida de miles de africanos, asiáticos y latinoamericanos: de ella depende también nuestra propia dignidad de humanos civilizados; es decir, la supervivencia misma del planeta: de sus rosas, sus pájaros, sus leyes y sus hombres.”

Una lectura muy recomendable.