El minotauro anda suelto

Policía reteniendo a la única persona de raza negra que pasaba por la calle. Madrid, septiembre 2010. (O. R.)

“La emigración es la experiencia que mejor define nuestro tiempo”, John Berger.

Los gobiernos de los países más ricos del mundo practican una política destinada a favorecer a las entidades financieras a base de sacrificar a los ciudadanos.

Esas entidades financieras a su vez ejercen actividades cuyo único fin es enriquecerse aún más, a costa de la economía de los trabajadores e incluso de otros Estados.

La diferencia entre ricos y pobres es cada vez mayor, y la voracidad de los especuladores y multinacionales es insaciable.

Para acumular más riqueza son capaces de provocar desplazamientos de poblaciones, eliminar cultivos locales, usar cereales como combustible, imponer el pago de deudas astronómicas a los países más pobres, obligar al pago de aranceles e impuestos astronómicos para aquellos productos que pueden hacerles competencia, emplear mano de obra barata de usar y tirar y, en definitiva, contribuir al fomento de políticas al servicio del dinero y no de los seres humanos.

Las mercancías circulan libremente, pero las personas no.

Es así como hemos llegado a la situación actual, en la que, como si de una terrorífica película de ciencia ficción se tratara, nos cruzamos a diario en el metro, en la calle, en las plazas, en los locutorios, con redadas policiales discriminatorias en las que los agentes SOLO retienen y SOLO exigen identificarse a aquellas personas que presentan rasgos raciales diferentes a los caucásicos.

Como tantas otras veces, el pasado mes de septiembre dos agentes de la policía nacional -un hombre y una mujer- realizaron un control de identidad en el barrio madrileño de Lavapiés en el que solo solicitaban documentación a los ciudadanos de raza negra que pasaban por allí. Yo salía con mi hija de una guardería. Observé de lejos a aquellos dos agentes, que en ese instante solicitaban sus documentos a un chico del barrio al que conozco de vista. Me acerqué y pregunté suavemente lo siguiente:

-¿Se lo van a llevar?

La contestación que recibí, en estéreo, fue larga y agresiva. Ella me reprochó que me metiera donde nadie me llamaba, mientras que él repitió tres veces que me debería dar vergüenza, “con un bebé en brazos!!!!”. Tratando de disimular cierto temor causado por su reacción sin duda desproporcionada, repliqué en voz baja que como ciudadana tenía derecho a preguntar y les informé de que además era periodista.

-Usted no tiene derecho a nada, fue la respuesta. -Váyase ya. ¿O acaso este hombre es familiar suyo? No, ¿verdad?, añadió el agente a voz en grito con una sonrisa sarcástica.

-No lo es, pero le conozco del barrio y quiero saber si lo van a arrestar.

-Fuera de aquí si no quiere problemas! me gritaron de nuevo. Me alejé unos metros y telefoneé a un amigo abogado para asegurarme del procedimiento adecuado a llevar a cabo en estos casos.

A menudo los inmigrantes sin papeles son conducidos a los CIE´s, centros de internamiento para extranjeros, lugares donde son recluidos y privados de libertad durante un máximo de sesenta días a pesar de no haber cometido delito alguno.

Durante ese periodo se exponen a ser deportados, aunque muchos terminan siendo puestos en libertad, ya que los Estados, aunque no lo admitan en público, no desean deshacerse por completo de una mano de obra barata sin derechos como es la de los inmigrantes sin papeles.

Por eso cuando alguien sin papeles es detenido es conveniente informarse con rapidez del CIE al que es trasladado, para que disponga de un abogado, de una defensa y de un seguimiento lo antes posible por parte de sus familiares y amigos.

También es recomendable telefonear al Defensor del Pueblo, 91 432 79 00, para que la instituciones tengan constancia de lo que pasa y puedan hacer algo cuanto antes.

Aquél día el chico retenido no fue arrestado por no tener papeles. ¿Habría quedado en libertad si no hubiera habido testigos?

Control policial en el metro de Plaza Castilla, noviembre de 2010. (Olga R.)

La pasada semana fui retenida por la policía en una estación de metro de Madrid por haber fotografiado con mi teléfono móvil, a bastante distancia, un control en la que dos agentes estaban pidiendo documentación en función de los rasgos físicos de los transeúntes. Solo paraban a las personas de raza negra o latina; la estigmatización era evidente.

El mensaje público que se lanza con estas operaciones policiales es que una persona es sospechosa por el mero hecho de tener un color de piel determinado.

Me interrogaron en público, me arrebataron el móvil, me pidieron que les mostrara las fotos que había sacado y me ordenaron que las borrara ante la mirada curiosa de algunas personas que pasaban por allí.

Hay profesionales del periodismo, fotógrafos comprometidos con su tarea al servicio de la sociedad, que han sido incluso arrestados por fotografiar la realidad, un ejercicio al que tienen derecho. Hemos hablado de ellos en más de una ocasión.

También hay ciudadanos que solo por haber hecho preguntas durante una redada han sido acusados de alterar el orden público.

Los controles de identidad selectivos -en función de los rasgos físicos- sobre población inmigrante son ilegales; la policía solo puede establecer controles de identidad en los casos de indicios de comisión delictiva.

Del mismo modo algunas de las leyes sobre inmigración de la Unión Europea resultan absolutamente amorales y sumamente peligrosas para la convivencia y para el mantenimiento de valores basados en la igualdad y alejados de una xenofobia que cada vez más se introduce en el debate público con mensajes como los lanzados por algunos grupos políticos durante las elecciones catalanas.

Sin embargo, ciertas prácticas están ya institucionalizadas. El pasado mes se llevó a cabo de manera conjunta en toda Europa la operación Hermes, con el objetivo de medir la coordinación entre los Estados ante la inmigración irregular.

Durante siete días se reforzó la vigilancia de las “posibles rutas de entrada, estaciones de tren, autobuses y puertos”.

Son habituales operaciones de estas características cuyo fin es la detención de los sin papeles. Para conseguir esa meta la policía realiza los controles selectivos de documentación en función de los rasgos físicos de los ciudadanos.

No es algo que denunciemos solo los ciudadanos y los afectados. Dos circulares policiales filtradas a los medios de comunicación en 2009 y 2010 avalan las detenciones preventivas de inmigrantes que no lleven documentación en ese momento aunque estén en situación regular. Sin embargo, el Ministerio del Interior sigue sin reconocer esta realidad de fácil comprobación.

Basta con mirar alrededor en la calle, en las plazas, en el metro, en una parada de bus de camino al trabajo. Basta con levantar la vista.


Estos días la Parroquia San Carlos Borromeo (Entrevías, Madrid), celebra las jornadas “África entre nosotros”, con charlas, conferencias y la exposición de fotografía “El Muro del Atlántico”, de Juan Medina, premio World Press Photo 2005, entre otros galardones. El trabajo de este fotoperiodista habla por sí solo. He aquí unos ejemplos:

Horario de la exposición: Todos los días de 10:00 a 13:00 y de 18:00 a 21:00, excepto domingos por la tarde. Hasta el nueve de junio.

Una pareja con su bebé dentro de un vehículo de la Guardia Civil / Juan Medina

Fuerteventura, 2004. Vuelca la barca en la que viajaban 40 personas. Algunas logran agarrarse a los salvavidas lanzado por los equipos de rescate. Murieron once personas. /Juan Medina

La sal y la arena en el rostro de este inmigrante indican la dureza de la travesía que ha realizado / Juan Medina

Una niña llora a puerta del Centro de Internamiento de Aluche, donde está encerrado su padre, a quien las autoridades policiales han asignado el número 2286 / Juan Medina

Playa de Gran Tarajal, Fuerteventura, 5 de mayo de 2006 /Juan Medina

Sidi Suguma, de Mali, llora en una comisaría de Nuadibú, Mauritania. Él y otros 35 inmigrantes fueron interceptados por la policía marroquí en el Sáhara Occidental y transferidos a Nuadibú cuando intentaban llegar a las islas Canarias /Juan Medina


Daouda Thiam en la Facultad de Derecho de la Complutense.

La primera vez que vi a Daouda Thiam fue en el salón de actos de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, en el marco de una rueda de prensa sobre inmigración. La sala estaba llena de público y de medios de comunicación. En la mesa, una catedrática de Derecho Penal, un letrado del Tribunal Constitucional, un representante de Pueblos Unidos y Daouda.

Tuve la suerte de encontrar sitio al lado de Badara, amigo de Daouda y miembro como él de la Asociación de Sin Papeles de Madrid. Eran los dos únicos inmigrantes sin papeles de la sala. Cuando Daouda empezó a hablar Badara se emocionó un poco. Me miró y me dijo orgulloso: “Es amigo mío”. El discurso de Daouda fue contundente. Se hizo un silencio absoluto a medida que iba explicando su postura.

“Soy inmigrante sin papeles y por ello no tengo derecho a nada”, dijo. Habló de racismo, de injusticia, de esperanza. Pidió al gobierno español que garantice los derechos de todos, que actúe contra la discriminación. “Ya es hora de que destapemos el velo del silencio”, señaló. Recibió un aplauso largo. Badara sonreía satisfecho. Los dos jóvenes, uno entre el público, el otro en la tribuna, se miraron con complicidad. No es frecuente que un inmigrante sin papeles tenga oportunidad de hablar en un foro público.

Desde aquél día he quedado varias veces con Daouda y así me ha contado retazos de su vida.

EL VIAJE

Daouda tiene 25 años y es de Senegal. De Dakar. Allí vivía con su padre y sus hermanos. Su madre murió hace ocho años. “Era una madre para todo el barrio, no solo para nosotros”, me cuenta. “Los domingos preparaba comida para todo el vecindario, y no había niño que no viniera a probarla”.

Daouda tenía su propio taller de ebanistería. No le iba mal, pero tampoco demasiado bien. Cada vez sentía más ganas de irse, de conocer otros mundos. “Desde niño soñaba con viajar”, explica.

Si un senegalés quiere viajar a Europa como turista necesita tener una cuenta bancaria con al menos 10.000 euros para conseguir un visado. Daouda no disponía de semejante cantidad. Así que pospuso la idea de venir a España. Pero en 2006 Senegal alcanzó un acuerdo con el gobierno español para repatriar a un millar de senegaleses y reforzar la vigilancia en las costas. Muchos jóvenes entendieron que aquello dificultaba enormemente sus posibilidades para instalarse en Europa, y concluyeron que debían reaccionar con rapidez antes de que la vigilancia policial aumentara.

“Mi padre no quería que yo me fuera. En aquella época varios vecinos de mi calle murieron en una patera, y los padres del barrio tenían aquello muy presente. Pero en 2007 el control policial aumentó y yo me dije: Si no lo hago ahora puede que ya no pueda hacerlo nunca”.

Así que Daouda se fue de casa diciendo que iba a comprar madera a la costa de Gambia, pero en realidad se desplazó al sur de Senegal.

“Había muchos militares en esa área. Estuve semanas allí hasta que encontré un modo de irme. Pagué mil euros para obtener un hueco en una patera. Salí de allí en 15 de mayo de 2007. Viajábamos 96 personas, cuatro de ellas menores de edad. Tardamos diez días en llegar a las costas españolas. Murieron tres personas en la travesía”.

Daouda se resiste a dar más detalles de aquél viaje. Dice que le resulta doloroso recordarlo.

Es una experiencia límite. Hay un antes y un después de la patera, añade.

Los 93 supervivientes de la travesía llegaron a la Isla de Hierro el 25 de mayo de 2007. Dos días después fueron trasladados por las autoridades a Fuerteventura. Allí Daouda estuvo retenido 38 días en un centro de internamiento para extranjeros, un CIE. Los CIEs son en realidad cárceles exclusivas para inmigrantes encerrados por el simple hecho de no tener papeles.

MADRID

“Después nos soltaron y a mí me trajeron en avión a Madrid, el propio gobierno español nos trae y paga ese viaje, si lo hacen es porque no quieren que nos acumulemos en la isla, o porque quizá sí que necesitan mano de obra joven, no?”.

“En Madrid fui acogido por CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado), me llevaron a un hostal para inmigrantes gestionado por la Cruz Roja”.

Ese hostal se llama Welcome, un nombre que no deja de encerrar una cierta paradoja, no porque los trabajadores de Cruz Roja no pongan la voluntad necesaria para asistir a quienes se alojan allí, sino porque las leyes de nuestro país no dan precisamente la bienvenida a los sin papeles. El Welcome es un lugar al que llegan hombres y mujeres aún en estado de shock tras haber vivido experiencias traumáticas, tras haber arriesgado al límite su vida, tras haber entregado todo su dinero para recibir a cambio una orden de expulsión inmediata del país al que acaban de llegar.

En el Welcome cada hora es eterna; cada minuto parece una hora, cada hora, un día; cada día una eternidad. Hay un espacio comunal con sala de estar, juegos para los niños y una gran televisión que sirve para aliviar la espera, la incertidumbre, la falta de opciones. Muchos de los que pasan por allí terminan siendo deportados. Otros buscan alojamientos alternativos mientras aguardan la respuesta oficial a su petición de asilo.

Daouda no estuvo allí mucho tiempo. Decidió aceptar la invitación de su primo, con casa en Madrid. “Y me quedé seis meses en su casa, pero no podía estar allí eternamente. Así que me apunté a clases de castellano en una asociación, y empecé a vender en el top manta, la única alternativa que tenemos los inmigrantes sin papeles”.

Hasta que llegué a España no sabía que si no tienes papeles no puedes trabajar. Nadie en Senegal sabía eso, yo creo.

Daouda Thiam en Madrid

SIN TRABAJO
Al poco tiempo la policía arrestó a Daouda mientras vendía cd´s. Ser mantero está tipificado como delito en nuestro país. Quienes venden copias ilegales de cd´s o dvd´s se enfrentan a penas de prisión y a multas. Además no pueden acogerse al arraigo social.

“Se considera arraigo social al de las personas que llevan tres años en España -explica Daouda, que se sabe al dedillo todas las leyes- pero quienes tienen causas pendientes pueden llevar hasta siete años en el país y no tener papeles. Nos consideran delincuentes.”

Ahora Daouda está en un piso de acogida de CEAR, donde podrá permanecer seis meses. No trabaja, porque no tiene permiso para ello. La organización le da de comer y le paga el bonometro.

“Es un círculo vicioso. Si no vendo, no tengo de qué vivir, pero si vendo y me pillan me arriesgo a no conseguir nunca los papeles. Así que estoy de brazos cruzados”.

LAS PERSONAS Y LOS PAPELES

“Tengo ganas de hacer muchas cosas, quiero trabajar como ebanista, pero no puedo hacer nada por no tener papeles. No quiero perder el tiempo en mi vida y ahora lo estoy perdiendo. Hay gente que piensa que por ser inmigrantes somos discapacitados, que no somos normales, que no podemos hacer nada.

Y yo lo que digo es que las personas son más importantes que los papeles.

“Me duele no poder enviar nada a mi familia. Allí todos pensamos que Europa es perfecta, que es un paraíso, que si sabes un oficio te van a valorar. Es muy difícil explicar que no te dejan trabajar, allí no se entiende.”

“Cuando llegué a España llamé desde un locutorio a mi padre para explicarle dónde estaba, lo que había hecho. No se me olvida esa conversación. Mi padre me contestó esto: “No hagas nada malo. Lleva tu dedicación allá donde estés. Sé como eras en Senegal, no cambies, sigue siendo mismo.” Se pensaba que aquí me iba a convertir en rico, yo creo. No le puedo contar mis dificultades, él piensa que aquí me va bien, yo tomé la decisión de venir y tengo que asumir en soledad las consecuencias”.

Daouda es uno de los miembros fundadores de la Asociación sin papeles de Madrid. Como todos sus integrantes, lleva un carné que dice así:

“El titular de esta tarjeta participa tanto de la actividad social como asociativa de Madrid y tiene arraigo social. En caso de detención se ruega a la autoridad competente que facilite que esta persona se ponga en contacto con miembros de la asociación. Gracias por su colaboración”.

El día que me enseñó ese carné estábamos tomando un café en una plaza céntrica de Madrid. Al cabo de un rato entró una mujer, ví que Daouda la miraba mucho: “¿No sabes quién es?”, me preguntó. Contesté: “Ni idea”. Me susurró al oído, con cierto entusiasmo: “Es la que ha ganado el concurso de televisión Pasapalabra, soy fan de ella, es muy buena, acertaba todo, no sabes lo buena que es”. Para arraigo social, el de Daouda.

Daouda con la ganadora del concurso de televisión

Terminamos abordando a la mujer que, efectivamente, era la ganadora del concurso -obtuvo más de 222.000 euros- y que se mostró encantada de hacerse una foto con nosotros, mientras Daouda le explicaba que había aprendido muchas palabras nuevas en castellano viéndola en la tele.

Tras ello, proseguimos nuestra conversación.

“No tengo derecho a hacer cursos de desempleado tampoco -me contó Daouda- Hace unos meses una ONG me permitió hacer uno, pero tenía que ser de electricista. Entre los alumnos había españoles, extranjeros con papeles y algunos sin papeles. El curso duraba seis meses. Cuando llevábamos un mes a los sin papeles nos dijeron que no podíamos seguir y nos dieron el título de ayudante de electricista. Yo dije: “pero quiero el de electricista! No puedes, porque no tienes papeles”.

YA’PALANTE

Daouda es bilingüe, habla francés y wolof, idioma que se usa en Senegal y Gambia. Además, domina el castellano. Va a clases todas las semanas en la asociación y en breve colaborará como profesor en el curso de iniciación.

“Si me quedo en España será mi tercer idioma. Si no, quizá lo olvide”, dice riéndose.

Hay una palabra en wolof que significa solidaridad y que se pronuncia así: “Yapalante”. Daouda dice que es como “venga, pa adelante”. Una casualidad hermosa.

“Con solidaridad se avanza, ese es mi lema. La gente olvida rápido. Ojalá que yo salga adelante y no olvide, porque si lo olvido no tendré sentimientos para los demás.La gente que no tiene nada es más generosa, tiene un sentido más desarrollado de la colectividad, sabe compartir. Cuanta más riqueza hay, menos sentimientos. Hay gente a la que no le importa si el vecino está sufriendo, y es porque no entienden qué es sufrir y así nunca sabrán ayudar. Hay que saber actuar en colectividad, acercar a las personas”.

Y concluye: “Cuando estoy solo en casa pienso en mi vida, en mi familia, en mi futuro, a veces me siento muy solo aquí, pienso que nadie me quiere y no puedo dormir, pero luego me acuerdo de que tengo amigos españoles que me apoyan, y eso me da fuerza”.